Sumergiéndonos en los recuerdos grabados en los muros de antiguas pirámides y en la tinta de los códices, descubrimos el eco de un juego que trasciende el tiempo y el espacio: el patolli. En el corazón de Mesoamérica, entre las sombras de los templos y el resplandor de los altares, este antiguo pasatiempo emerge como un vínculo entre lo terrenal y lo divino, entre el mero entretenimiento y el ritual sagrado.
Sobre tableros marcados con la huella de los dioses, se despliega un universo de misterio y estrategia, donde cada lanzamiento de frijoles marcados es una danza con el destino. Desde los señores de las ciudades hasta el pueblo llano, el patolli teje hilos de comunidad y devoción, revelando la compleja red de significados que conecta a los antiguos mesoamericanos con el cosmos y con ellos mismos.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
Patolli: El Juego Sagrado de Mesoamérica
El patolli, uno de los juegos más antiguos y reverenciados de Mesoamérica, encapsula no solo la cultura lúdica de los pueblos prehispánicos, sino también su cosmogonía y su percepción del tiempo y el destino. A través del análisis de registros arqueológicos, iconográficos y etnohistóricos, podemos desentrañar la compleja relación entre el juego, la religión y la sociedad en las culturas teotihuacana, tolteca, maya y mexica.
Orígenes y Significado
El patolli se practicaba sobre un tablero formado por un patrón en forma de cruz, que representaba los cuatro puntos cardinales, lo que indicaba su conexión con el cosmos mesoamericano. Este diseño no solo tenía una función lúdica, sino que era un microcosmos que reflejaba la estructura del universo y el ciclo de la vida. El juego estaba intrínsecamente ligado al calendario ritual, funcionando como un medio para entender el paso del tiempo y los ciclos agrícolas.
El Aspecto Sagrado
Fray Diego Durán describió cómo antes de comenzar una partida de patolli, los jugadores realizaban ofrendas de incienso y hacían promesas a los dados, prácticas que evidencian la naturaleza sagrada del juego. Estos rituales eran una petición de favores y protección a los dioses, en especial a Macuilxochitl, deidad de la música, la danza y los juegos, quien era invocado para asegurar la fortuna y la benevolencia divina en el juego.
Dimensiones Sociales
Aunque inicialmente asociado con las élites, como indican las tumbas y los murales donde se representa a nobles jugando patolli, documentos posteriores como el Códice Mendoza muestran que su práctica se había democratizado, convirtiéndose en un pasatiempo popular. Esta transición de lo sagrado y elitista a lo común sugiere un cambio en la percepción social del juego, posiblemente relacionado con cambios políticos y sociales en estas culturas.
El Juego en la Práctica
El tablero de patolli estaba dividido en varias casillas, generalmente 52, el número de años en un ciclo calendárico mesoamericano. Los jugadores lanzaban frijoles marcados (que funcionaban como dados) para determinar sus movimientos por el tablero. Las apuestas eran una parte integral del juego, incluyendo no solo bienes materiales sino también promesas de actos de devoción.
Patolli y el Calendario
El juego también se utilizaba para la enseñanza y la adivinación. Por ejemplo, el patrón de los movimientos y los resultados del juego podían interpretarse como señales divinas. Las fechas específicas mencionadas en el Códice Magliabecch, como “1 caña” o “13 conejo”, no eran arbitrarias sino que aludían a fechas significativas dentro del calendario ritual, lo que subraya la estrecha relación entre juego, tiempo y religión.
Conclusión
El patolli no era solo un juego, era una herramienta de cohesión social, un método de comunicación con lo divino y una expresión de la visión del mundo de los pueblos prehispánicos. Su estudio ofrece valiosas perspectivas sobre cómo estas sociedades entendían el universo y su lugar dentro de él. A través del patolli, los antiguos mesoamericanos no solo se entretenían sino que encontraban sentido y orden en el caos del mundo natural y sobrenatural. Este juego, por tanto, es un testimonio de la rica y compleja vida espiritual y social de las civilizaciones precolombinas y un recordatorio de que el juego, en cualquier cultura, es mucho más que un simple pasatiempo.
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