La correspondencia entre Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa es un diálogo íntimo entre dos titanes de la literatura. En una carta de 1965, Cortázar no solo elogia “La Casa Verde”, sino que desentraña su estructura, comparándola con una sinfonía poética. Este análisis, cargado de admiración y crítica constructiva, no solo refleja la grandeza de Vargas Llosa, sino también el profundo respeto y aguda visión de Cortázar. Este ensayo explora esa carta, revelando cómo un maestro lee a otro.


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El Impacto de la Crítica de Julio Cortázar a “La Casa Verde” de Mario Vargas Llosa: Una Perspectiva Académica


La correspondencia entre grandes escritores no solo revela aspectos personales de su amistad, sino que también nos ofrece un análisis crítico profundo de sus obras. Julio Cortázar, uno de los escritores más influyentes del siglo XX, escribió una carta a su amigo y colega Mario Vargas Llosa después de leer su segunda novela, “La casa verde”. Esta carta no solo expresa la admiración de Cortázar por la obra, sino que también proporciona un análisis detallado y crítico del texto, abordando aspectos técnicos, estructurales y estilísticos de la novela.


Análisis de la Carta


En su carta fechada el 18 de agosto de 1965 en Ginebra, Cortázar comienza expresando su entusiasmo por “La casa verde”. Desde el principio, es evidente que el escritor argentino abordó la lectura con cierto temor, motivado por las altas expectativas que tenía tras leer “La ciudad y los perros”, la primera novela de Vargas Llosa. Este temor, sin embargo, fue rápidamente disipado cuando se sumergió en la narrativa de la nueva obra.

Uno de los aspectos que más destaca Cortázar es la estructura narrativa de la novela. “La casa verde” se caracteriza por la utilización de flashbacks y una ambigüedad temporal que, según Cortázar, exige una atención constante por parte del lector. Este recurso, que podría haber sido confuso en manos de un escritor menos habilidoso, es ejecutado con maestría por Vargas Llosa, logrando crear una “estructura musical” que Cortázar compara con un poema sinfónico. Aquí, la analogía con la música no es accidental, sino que refleja cómo la narrativa se despliega en capas complejas, donde los temas se entrelazan y se repiten, creando un efecto hipnótico en el lector.

Además de la estructura, Cortázar elogia la profundidad de los personajes en “La casa verde”. Menciona en particular a Fushía, Aquilino, Bonifacia, y Lituma como figuras que encarnan la vitalidad y la complejidad humana. Sin embargo, no todos los personajes logran el mismo impacto. Anselmo, quien juega un rol central en la narrativa, es considerado por Cortázar como menos logrado, un personaje que “se siente literario” en lugar de vívido.

Otro aspecto relevante de la crítica de Cortázar es la observación sobre el clima y la atmósfera de la novela. Vargas Llosa logra fusionar la descripción de la naturaleza con la acción de manera que ambas se desarrollan simultáneamente, sin las separaciones tradicionales que a menudo limitan la narrativa. Esta integración de elementos crea un escenario tan real que el lector puede sentir el calor, la sequedad, y las condiciones ambientales en las que se desenvuelven los personajes.


Conclusión


La carta de Julio Cortázar a Mario Vargas Llosa no solo es un testimonio de la amistad entre dos grandes escritores, sino también un ejemplo de cómo la crítica literaria entre pares puede enriquecer la comprensión de una obra. “La casa verde” es elogiada por su innovación técnica, la complejidad de su estructura, y la profundidad de sus personajes, aunque no está exenta de observaciones críticas. Cortázar destaca las virtudes de la novela mientras ofrece sugerencias constructivas, como el cambio del título y la reconsideración del personaje de Anselmo.

Este intercambio epistolar es valioso no solo para los estudiosos de la literatura, sino también para los escritores que buscan entender el proceso creativo y las posibilidades de la narrativa. La carta se mantiene como un documento clave para comprender no solo la obra de Vargas Llosa, sino también el impacto que tuvo en sus contemporáneos, solidificando su posición como una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana.



Ginebra, 18 de agosto de 1965

Querido Mario:

LA CARTA DE CORTÁZAR A VARGAS LLOSA


A esta máquina le faltan todos los acentos; los iré poniendo a mano cuando relea esta carta, pero perdonarás que se me salten algunos. Por paquete certificado te devuelvo la novela, y espero que recibas las dos cosas sin demora. He dejado pasar una semana después de la lectura de tu libro, porque no quería escribirte bajo el arrebato de entusiasmo que me provocó La casa verde. Y sin embargo, ahora que voy a decirte algunas cosas sin pensarlas demasiado, dejando que la máquina vuele casi a su gusto, siento que el entusiasmo no solamente no ha disminuido sino que se ha afirmado, se ha vuelto ya eso que todo novelista quiere para su obra: recuerdo, memoria segura y firme. Quisiera decirte, ante todo, que una de las horas más gratas que me reserva el futuro será la relectura de tu libro cuando esté impreso, cuando no haya que luchar con esa «a» partida en dos que tiene tu condenada máquina (tirala a la calle desde el piso 14, hará un ruido extraordinario y Patricia se divertirá mucho, y a la mañana siguiente encontrarás todos los pedacitos en la calle y será estupendo, sin contar la estupefacción de los vecinos, puesto que en Francia las-máquinas-de-escribir-no-se-tiran-por-la-ventana).

Sí, leer tu libro impreso va a ser una gran maravilla, porque volveré a vivir el largo viaje de Fushía y Aquilino, que me parece la viga maestra del edificio, o mejor, el hilo conductor de todo el tapiz, como en los diagramas geográficos la línea del nivel del mar parece regir todas las curvas ascendentes y descendentes, las montañas y las fosas submarinas. Y volveré a encontrarme con Bonifacia y con Lituma, con Nieves y con Lalita, para mí los personajes más vivos y logrados de la novela después de Fushía o junto con él. Fijate que así, soltándote unas primeras impresiones casi pasionales, te estoy dando ya una opinión sobre el libro; pero me parece necesario decirte, antes de seguir, alguna cosa sobre la totalidad del libro. Bueno, Mario Vargas Llosa. Ahora te voy a decir toda la verdad: empecé a leer tu novela muerto de miedo. Porque tanto había admirado La ciudad y los perros (que secretamente sigue siendo para mí «Los impostores») que tenía un casi inconfesado temor de que tu segunda novela me pareciera inferior y que llegara la hora de tener que decírtelo (pues te lo hubiera dicho, creo que nos conocemos). A las diez páginas encendí un cigarrillo, me recosté a gusto en el sillón, y todo el miedo se me fue de golpe, y lo reemplazó de nuevo esa misma sensación de maravilla que me había causado mi primer encuentro con Alberto, con el Jaguar, con Gamboa. A la altura de los primeros diálogos de Bonifacia con las monjitas ya estaba yo totalmente dominado por tu enorme capacidad narrativa, por eso que tenés y que te hace diferente y mejor que todos los otros novelistas latinoamericanos vivientes; por esa fuerza y ese lujo novelesco y ese dominio de la materia que inmediatamente pone a cualquier lector sensible en un estado muy próximo a la hipnosis (y eso no significa pérdida de lucidez, sino paso a una otra forma de lucidez, que es el milagro de toda gran novela, de un Lowry o un Joyce Cary o un Dostoievski, y no te pongas colorado, peruanito, que yo no elogio así nomás a nadie, aunque sea un amigo muy querido).

**A todo esto, Aurora se había apoderado del primer cuadernillo y me seguía de cerca, de modo que terminamos casi al mismo tiempo el libro y pudimos hablar mucho y criticar todo lo que encontrábamos criticable, y controlarnos mutuamente para evitar las ingenuidades o los entusiasmos excesivos o momentáneos. Para mí fue una gran alegría que mi mujer sintiera exactamente lo mismo que yo, porque es una crítica severa y tiene sobre mí la ventaja de que es más desapasionada y toma sus distancias y juzga objetivamente. Cuando sentí que ella reaccionaba igual que yo, las pocas dudas


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