En un mundo donde la celebridad del autor eclipsa la esencia de su creación, William Faulkner nos desafía a mirar más allá de la firma en la portada. Su visión subversiva nos invita a reconsiderar la verdadera inmortalidad en la literatura: no la del nombre, sino la de la historia que palpita en cada página. En su reflexión, Faulkner destierra la importancia del creador, revelando que la auténtica novedad en el arte reside no en la invención, sino en la forma de relatar lo eterno.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

El Arte que Trasciende al Artista: Reflexiones de William Faulkner


Si yo no hubiese existido, alguien me habría escrito: Hemingway, Dostoyevski, todos nosotros. La prueba está en que hay como tres candidatos a la autoría de las obras de Shakespeare. Pero lo que importa son ‘Hamlet’ y ‘El sueño de una noche de verano’, no quién las escribió, sin el hecho de que alguien lo hizo. El artista no tiene ninguna importancia. Sólo lo que crea es importante, puesto que no hay nada nuevo que contar. Shakespeare, Balzac, Homero, todos han escrito sobre las mismas cosas y si hubiesen vivido mil o dos mil años más, los editores no habrían necesitado a nadie desde entonces.”

William Faulkner.



La cita de William Faulkner ofrece una profunda reflexión sobre la naturaleza del arte, la creación literaria y la figura del artista. Al declarar que “el artista no tiene ninguna importancia”, Faulkner introduce una noción provocadora que cuestiona la centralidad de la figura del creador en el proceso artístico, enfocándose en cambio en la obra en sí misma y en la universalidad de los temas que esta aborda.

Faulkner comienza su reflexión planteando una idea radical: si él no hubiera existido, alguien más habría escrito lo que él escribió. Esta afirmación no solo subraya la humildad del autor respecto a su propia obra, sino que también evoca la noción de que las ideas y las historias existen en un plano casi independiente del individuo que las escribe. La idea de que las grandes obras de la literatura podrían haber sido escritas por cualquier otro escritor talentoso es un reconocimiento de la inevitabilidad de ciertas ideas y narrativas en la historia humana. Al mencionar a Hemingway y Dostoyevski, Faulkner se alinea con otros gigantes de la literatura que, como él, han explorado temas universales que resuenan a lo largo del tiempo.

La referencia a los “tres candidatos a la autoría de las obras de Shakespeare” refuerza su argumento. La cuestión de quién escribió las obras de Shakespeare ha sido objeto de debate durante siglos, pero Faulkner señala que, en última instancia, lo importante no es quién las escribió, sino que las obras existen y continúan teniendo un impacto en el mundo. Esta postura destaca la obra de arte como una entidad autónoma, que trasciende a su creador y adquiere una vida propia en la conciencia colectiva. En este sentido, Faulkner argumenta que la identidad del artista es irrelevante en comparación con la obra creada. Es la creación la que perdura, la que sigue resonando y afectando a las generaciones futuras, sin importar el nombre del autor que aparece en la portada.

La declaración “no hay nada nuevo que contar” introduce una idea clave en la reflexión de Faulkner: la repetición y la reescritura en la literatura. Faulkner sugiere que todos los grandes escritores, desde Shakespeare hasta Homero, han tratado los mismos temas fundamentales: amor, muerte, poder, traición, redención. Estos temas universales son los pilares sobre los que se construye la literatura, y cada nuevo autor no hace más que reinterpretar y recontar estas historias ancestrales. La innovación en la literatura, por tanto, no reside en la invención de nuevos temas, sino en la forma en que estos temas son explorados y expresados. Faulkner parece insinuar que la verdadera originalidad no radica en la novedad temática, sino en la singularidad de la voz del escritor y en la manera en que aborda estos temas perennes.

Al afirmar que si Shakespeare, Balzac y Homero hubiesen vivido mil o dos mil años más, los editores no habrían necesitado a nadie más, Faulkner propone una visión de la literatura como un ciclo continuo de exploración de las mismas verdades universales. Este comentario, aunque hiperbólico, refuerza la idea de que la literatura no se trata de inventar nuevas historias, sino de encontrar nuevas formas de contar las mismas historias. Los grandes autores, según Faulkner, son aquellos que logran capturar la esencia de la experiencia humana en sus escritos, y lo hacen de tal manera que sus obras se vuelven atemporales y relevantes para todas las generaciones.

Sin embargo, es importante considerar que la afirmación de Faulkner sobre la irrelevancia del artista también puede interpretarse como una crítica a la comercialización y la idolatría de la figura del autor en la cultura contemporánea. En un mundo donde los autores se han convertido en celebridades y donde el nombre de un escritor a menudo se promociona más que su obra, Faulkner nos recuerda que el verdadero valor del arte no reside en el artista, sino en lo que este crea. La obra es lo que trasciende, lo que tiene el poder de transformar y de perdurar, mucho más allá de la vida del creador.

Por último, esta reflexión de Faulkner puede verse como un llamado a los lectores y críticos a centrar su atención en el contenido y la calidad de las obras literarias, en lugar de en los autores que las produjeron. En un mundo cada vez más obsesionado con la fama y el prestigio, Faulkner nos invita a volver a lo esencial: el arte en sí mismo, su capacidad para conmover, para desafiar y para iluminar las verdades más profundas de la condición humana. La obra de arte, según Faulkner, es un vehículo para expresar lo inefable, y su verdadero valor radica en su capacidad para conectar con el lector en un nivel profundo y atemporal.

En Suma, Faulkner ofrece una visión del arte y la literatura que trasciende las fronteras del tiempo y la individualidad, enfocándose en la obra en lugar del autor, y destacando la naturaleza universal y repetitiva de los temas literarios. Esta perspectiva no solo redefine el rol del artista, sino que también subraya la importancia de la obra como un ente independiente, capaz de resonar a lo largo de los siglos, mucho después de que su creador haya desaparecido.


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