Entre gente que ama sin saber amar, que confunde apego con conexión y deseo con libertad, se gesta el drama silencioso de la existencia moderna. Freud vio en el amor una estrategia del inconsciente para canalizar pulsiones reprimidas; Fromm, en cambio, lo entendió como un arte vital para escapar de la alienación. En una era de vínculos líquidos y soledades compartidas, ¿sabemos realmente amar? ¿O simplemente buscamos no estar solos sin aprender a estar con otros?


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Fromm vs. Freud: El Amor como el Camino hacia la Libertad Existencial


El psicoanálisis como disciplina ha evolucionado sustancialmente desde sus orígenes freudianos, especialmente en lo concerniente a la comprensión de la naturaleza del amor y su papel en el desarrollo psicológico humano. La divergencia teórica entre Sigmund Freud y Erich Fromm representa no solo una evolución conceptual, sino una auténtica revolución paradigmática en la comprensión de los vínculos humanos. Mientras Freud concebía el amor principalmente como una manifestación sublimada de impulsos libidinales, Fromm desarrolló una visión más humanista y existencial, posicionándolo como una fuerza activa para la libertad y la autorrealización. Esta contraposición teórica no es meramente académica; refleja dos concepciones fundamentalmente distintas sobre la naturaleza humana y las posibilidades de alcanzar la plenitud existencial.

La teoría freudiana, cimentada en el determinismo biológico, situaba al amor dentro del marco conceptual de la energía libidinal. Para Freud, el amor adulto representaba esencialmente una canalización socialmente aceptable de impulsos sexuales reprimidos. Su enfoque psicoanalítico clásico interpretaba la capacidad de amar como el resultado de un desarrollo psicosexual satisfactorio, donde las fijaciones en etapas tempranas podrían comprometer la capacidad del individuo para establecer relaciones maduras. Esta concepción del amor como derivado de pulsiones biológicas primarias estableció un marco teórico donde la capacidad de amar quedaba subordinada a la historia del desarrollo libidinal del sujeto y sus mecanismos de defensa.

En contraste, la psicología humanista de Fromm representó una ruptura significativa con el reduccionismo biológico freudiano. En obras seminales como “El Arte de Amar” (1956), Fromm articuló una visión del amor productivo como una actividad que requiere conocimiento, respeto, responsabilidad y cuidado. Para Fromm, el amor no constituye meramente una respuesta instintiva sublimada, sino una capacidad que debe desarrollarse activamente. Esta conceptualización sitúa al amor como una praxis vital que trasciende la mera satisfacción de necesidades psicológicas primitivas, elevándolo a la categoría de virtud existencial capaz de resolver la paradoja fundamental de la condición humana: la separatidad y el anhelo de conexión.

La alienación ocupa un lugar central en la teoría frommiana, concepto prácticamente ausente en la obra freudiana. Fromm, influenciado por Marx y el existencialismo, entendía la alienación moderna como una condición de desarraigo donde el individuo experimentaba una profunda desconexión consigo mismo, con los otros y con la naturaleza. En este contexto teórico, el amor auténtico emerge como una fuerza capaz de superar la condición de alienación, permitiendo una conexión genuina sin sacrificar la individualidad. Este concepto contrasta significativamente con la visión freudiana, donde el amor representaba esencialmente un compromiso entre los deseos individuales y las exigencias culturales.

La divergencia conceptual entre ambos pensadores se evidencia claramente en su comprensión de la libertad. Para Freud, la civilización necesariamente implica la renuncia a la satisfacción instintiva directa, estableciendo una tensión inevitable entre el individuo y la cultura. El malestar en la cultura emerge precisamente de esta renuncia obligatoria a la satisfacción pulsional inmediata. En la visión freudiana, la libertad queda circunscrita a los estrechos márgenes que permite la renuncia instintual necesaria para la convivencia social, siendo el amor una forma de compensación parcial por dichas renuncias.

Fromm, por el contrario, concibe la libertad positiva como la capacidad de autorrealización creativa, trascendiendo la mera ausencia de coerción externa. En su obra “El Miedo a la Libertad” (1941), Fromm argumenta que la libertad no representa simplemente la eliminación de restricciones externas, sino la realización activa de las potencialidades humanas. En esta concepción, el amor maduro constituye la expresión suprema de la libertad positiva, permitiendo la unión con otros sin sacrificar la individualidad. Este amor productivo representa la antítesis de los mecanismos de escape que Fromm identificó como respuestas patológicas ante la angustia de la libertad: el autoritarismo, el conformismo y la destructividad.

La diferencia fundamental en la conceptualización del narcisismo ejemplifica perfectamente la distancia teórica entre ambos pensadores. Mientras Freud concebía el narcisismo como una etapa necesaria del desarrollo libidinal, donde la libido se dirige hacia el yo antes de poder investir objetos externos, Fromm lo entendía como una patología del carácter que obstaculiza el amor auténtico. El narcisismo patológico, según Fromm, representa una incapacidad para trascender los límites del propio ego, una falla en la orientación productiva hacia el mundo. Esta reconceptualización del narcisismo ilustra cómo Fromm transformó conceptos psicoanalíticos clásicos, dotándolos de dimensiones éticas y existenciales ausentes en la obra freudiana.

El bienestar psicológico adquiere significados contrastantes en ambas teorías. Para Freud, la salud mental representaba esencialmente un compromiso funcional entre las exigencias del ello, el yo y el superyó; una capacidad para sublimar efectivamente las pulsiones primarias en actividades socialmente aceptables. Fromm, en cambio, vincula el bienestar psicológico con la capacidad de desarrollar una orientación productiva hacia el mundo, donde el amor constituye la expresión máxima de dicha productividad. La autenticidad existencial y la superación de la alienación, conceptos ajenos al marco teórico freudiano, se convierten en criterios fundamentales para evaluar la salud psicológica en la teoría frommiana.

Las implicaciones terapéuticas de estas diferencias conceptuales son profundas. Mientras la terapia psicoanalítica freudiana enfatizaba la resolución de conflictos inconscientes y la reorganización de la economía libidinal, el enfoque frommiano se orienta hacia el desarrollo de la capacidad de amar productivamente y superar la alienación. Esta diferencia refleja visiones distintivas sobre los objetivos últimos del desarrollo humano: adaptación funcional versus autorrealización existencial. La terapia, desde la perspectiva frommiana, trasciende la mera eliminación de síntomas para convertirse en un proceso de autodescubrimiento y desarrollo de la capacidad de amar auténticamente.

La contemporaneidad del pensamiento frommiano radica precisamente en su concepción del amor como respuesta existencial a las condiciones de alienación características de la sociedad moderna. En un mundo crecientemente tecnológico y mercantilizado, donde las relaciones humanas frecuentemente se instrumentalizan, la visión frommiana del amor como actividad que trasciende el consumo pasivo ofrece un poderoso antídoto contra la cosificación de los vínculos humanos.

El énfasis de Fromm en el amor como práctica activa, que requiere conocimiento, esfuerzo y disciplina, contrasta radicalmente con las concepciones románticas que lo reducen a un sentimiento pasivo e incontrolable, aproximándose así a una verdadera ética del amor ausente en la teoría freudiana.


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