Hugo Pratt, creador de Corto Maltés, desafió la noción elitista que desprecia a la historieta como arte menor. Para él, el valor de una obra radica en su capacidad de resonar con millones, no en el juicio de unos pocos críticos. La historieta, con su narrativa visual poderosa, merece un lugar en el panteón artístico, capaz de emocionar y transformar. Pratt defendió la cultura popular, afirmando que el verdadero arte conecta con el alma de las masas, desafiando las jerarquías tradicionales.
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La Crítica de Hugo Pratt al Elitismo Literario y la Reivindicación del Cómic
GERMÁN CÁCERES: La cultura oficial que usted menciona afirma que la historieta es para la masa.
HUGO PRATT: Quiere decir que para la mentalidad de esa cultura aristocratizante la masa es más estúpida que los cuatro mil lectores de un libro selecto. ¿Es que no hay que escuchar a la masa y sí a la minoría que frecuenta novelas que recibieron el premio Goncourt? Yo prefiero tener a mi favor cinco millones de lectores y no cuatro o cinco críticos literarios que me impugnan porque soy historietista. Me importa un bledo lo que opinan estos sujetos, porque a ellos ¿quién los lee?
Hugo Pratt
(15.6.1927 | 20.8.1995)
Extracto de la entrevista realizada por el escritor Germán Cáceres a Hugo Pratt, Revista Imaginaria.
Hugo Pratt, creador de personajes icónicos como Corto Maltés, expresa una crítica aguda y certera hacia la cultura elitista que subestima a la historieta y, por extensión, a su público. Para Pratt, la historieta no es simplemente un arte menor destinado a las masas, sino una forma de expresión poderosa que puede resonar con millones de personas. Su defensa apasionada del cómic y su rechazo a la validación por parte de una élite literaria refleja una postura desafiante ante la crítica literaria tradicional.
Pratt sostiene que la percepción de que las masas son incapaces de apreciar obras de valor es una falacia creada por una minoría que se arroga el derecho de decidir qué es arte y qué no lo es. En su opinión, esta élite, representada por los críticos literarios y los premios literarios como el Premio Goncourt, se desentiende del verdadero poder de la narrativa visual y de la cultura popular. La historieta tiene la capacidad de llegar a un público mucho más amplio y diverso que muchas obras literarias selectas, lo que, según Pratt, debería considerarse un mérito y no un defecto.
La posición de Pratt también cuestiona la idea de legitimidad cultural. Según él, no son los críticos literarios los que deciden qué tiene valor, sino el público. Al preferir ser leído por millones en lugar de ser reconocido por unos pocos, Pratt subraya la importancia de la popularidad como un indicativo de relevancia cultural. Esta postura pone en tela de juicio las jerarquías culturales tradicionales, que muchas veces desprecian la cultura de masas en favor de un elitismo que Pratt desestima con firmeza.
El rechazo de Pratt a los críticos literarios y su defensa de la historieta como un medio legítimo de expresión artística es también una defensa de la democracia cultural. Sugiere que el valor de una obra no reside en el juicio de unos pocos, sino en su capacidad para conectar con la masa. Este argumento desafía la noción de que solo lo que es apreciado por una minoría ilustrada merece ser considerado arte, abriendo el campo de la historia del arte a formas de expresión que tradicionalmente han sido menospreciadas.
Además, Pratt hace un llamado a escuchar a la masa. Esto no implica una simple aceptación acrítica de la popularidad, sino un reconocimiento de que el gusto popular también tiene valor y que la cultura popular merece un lugar destacado en la sociedad. La postura de Pratt se convierte en una invitación a reconsiderar las nociones de lo que constituye arte y literatura, y a valorar la historieta no solo por su alcance, sino también por su capacidad de comunicar de manera efectiva y poderosa.
En resumen, Hugo Pratt rechaza la idea de que la historieta es un arte menor, destinado únicamente a la masa y despreciado por la élite cultural. En cambio, la defiende como una forma legítima de expresión artística, capaz de resonar con un amplio público y de desafiar las jerarquías culturales establecidas. Su defensa de la cultura popular y su crítica a la cultura elitista subrayan la importancia de valorar las formas de arte que realmente conectan con la sociedad, en lugar de aquellas que son únicamente apreciadas por unos pocos.
La historieta, para Pratt, no solo es digna de ser leída, sino que es una forma de arte que merece ser tomada en serio por su impacto y su capacidad de llegar a millones de personas.
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