Desde los albores de la humanidad, una fuerza invisible nos arrastra: el ego. No importa cuántos filósofos se levanten, ni cuántos avances logramos, el conflicto sigue ahí, latente, como un eco de nuestros primeros días sobre la tierra. ¿Por qué, tras siglos de sabiduría y progreso, seguimos esclavos de nuestras pasiones? Tal vez Schopenhauer y Platón lo sabían: el alma humana está enredada en una guerra perpetua, donde la razón es solo un susurro frente al rugido de nuestros deseos más primitivos.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
De Séneca a Harari: La Lucha Incesante entre Razón y Pasión
Desde tiempos inmemoriales, la naturaleza humana ha sido objeto de profundas reflexiones filosóficas. Las enseñanzas de Séneca, Marco Aurelio y Unamuno nos ofrecen una visión rica sobre la existencia y el comportamiento del ser humano. Sin embargo, por mucho que intentemos asimilar estas sabias lecciones, nos encontramos una y otra vez en conflicto, tanto en nuestras relaciones personales como en las colectivas. La causa de este constante enfrentamiento no es otra que el ego, esa fuerza invisible pero omnipresente que nos arrastra hacia el deseo de controlar nuestro entorno y a los demás. Esta pulsión interna, identificada por Schopenhauer como la Voluntad, es la raíz de muchos de nuestros problemas, pues nos impulsa a imponer nuestras perspectivas y exigencias sobre el mundo, en lugar de aceptar la realidad tal como es.
El ego, entendido como una manifestación de la Voluntad, se convierte en un obstáculo casi insalvable en las interacciones humanas. No es raro observar cómo, a pesar de los avances filosóficos y éticos de nuestra civilización, el ego sigue siendo la causa de disputas. Este patrón, que parece repetirse desde tiempos neolíticos, sugiere que la lucha entre nuestra parte racional y nuestras pasiones es un conflicto inherente a la condición humana. Platón, en su mito del carro alado, describe de forma precisa esta dinámica. Nuestra alma está compuesta por un auriga racional que intenta controlar dos caballos: uno blanco, que representa la voluntad y el valor, y uno negro, que simboliza las pasiones y el deseo. El problema surge cuando el caballo negro, terco y descontrolado, toma el mando, arrastrándonos hacia comportamientos egoístas y destructivos. Este modelo platónico refleja nuestra incapacidad, a lo largo de la historia, para domar nuestras pasiones y trascender nuestras limitaciones.
A lo largo de los siglos, los seres humanos han desarrollado sofisticadas estructuras sociales, religiosas y políticas para intentar controlar estas fuerzas internas. Sin embargo, tal como nos recuerda Yuval Noah Harari en su obra Sapiens. De animales a dioses, los avances tecnológicos y culturales no han sido suficientes para superar completamente nuestra naturaleza animal. Harari traza un recorrido fascinante por la evolución del ser humano, desde nuestros orígenes como simples animales hasta nuestro intento por convertirnos en seres divinos. Sin embargo, como él mismo señala, aunque hemos logrado hazañas extraordinarias, seguimos anclados en muchos de nuestros instintos más primitivos.
El siglo XXI nos muestra un panorama de contrastes. Por un lado, hemos alcanzado hitos innegables en el ámbito de la ciencia, la tecnología y la comunicación. Hoy, el acceso al conocimiento es prácticamente ilimitado, y los avances en inteligencia artificial y biotecnología nos acercan más que nunca a la posibilidad de trascender nuestras limitaciones biológicas. Sin embargo, pese a estos logros, seguimos sucumbiendo a los mismos impulsos egoístas que nos han acompañado desde el inicio de nuestra especie. En la esfera política, por ejemplo, las tensiones entre naciones, el auge del populismo y la polarización son pruebas evidentes de que el ego colectivo sigue siendo un obstáculo para el progreso. Las redes sociales, lejos de ayudarnos a conectar de manera profunda, a menudo se convierten en plataformas para la autoexaltación, donde la validación externa se convierte en una necesidad insaciable.
La visión de Harari sobre nuestra evolución revela un aspecto fundamental: a pesar de todos los avances, los humanos seguimos siendo criaturas profundamente influenciadas por nuestras emociones y deseos más básicos. En este sentido, la teoría de la evolución nos ofrece una explicación clave. Como especie, estamos programados para competir por recursos y por estatus, impulsados por el deseo de sobrevivir y reproducirnos. Estos impulsos, aunque adaptativos en nuestros primeros días como cazadores-recolectores, hoy se manifiestan de manera problemática en un mundo globalizado y tecnológico. El capitalismo moderno, por ejemplo, se alimenta de este deseo insaciable por acumular más y más, una clara manifestación de la Voluntad schopenhaueriana.
Además, el mito del progreso ilimitado, que nos promete un futuro de abundancia y perfección, refuerza esta idea de que podemos superar nuestras limitaciones humanas. Sin embargo, la realidad demuestra que, aunque hemos alcanzado un poder sin precedentes sobre el mundo natural, seguimos siendo prisioneros de nuestras propias debilidades internas. El cambio climático, la destrucción de ecosistemas y la creciente desigualdad global son solo algunas de las pruebas de que no hemos aprendido a manejar nuestra capacidad destructiva. La ironía es evidente: cuanto más avanzamos, más nos enfrentamos a las consecuencias de nuestras propias acciones.
La visión de Platón y Schopenhauer sobre la lucha interna del ser humano entre razón y pasión cobra más relevancia que nunca. Aunque hemos construido sociedades sofisticadas, y hemos alcanzado logros tecnológicos que parecerían acercarnos a un estado divino, seguimos luchando con nuestras propias sombras. El ego, en todas sus formas, sigue siendo el principal motor de muchos de nuestros conflictos, tanto a nivel personal como colectivo. La psicología moderna, con su enfoque en la autoestima y el empoderamiento, ha intentado ofrecer soluciones a este dilema, pero a menudo estas mismas corrientes refuerzan el narcisismo y la búsqueda de validación externa.
En este contexto, es crucial preguntarnos si realmente podemos trascender nuestra naturaleza humana. ¿Es posible que algún día logremos domar el caballo negro de nuestras pasiones y convertirnos en los dioses que anhelamos ser? O, por el contrario, ¿seguiremos siendo criaturas atrapadas en el ciclo eterno de deseo y frustración? Las respuestas a estas preguntas aún no están claras, pero lo que es evidente es que el camino hacia una humanidad más equilibrada pasa por el reconocimiento de nuestras limitaciones y por la aceptación de que, aunque hemos recorrido un largo camino desde nuestros días como animales, aún nos queda mucho por aprender antes de llegar a ser verdaderamente divinos.
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