En una sociedad donde la mediocridad es la norma, los talentosos se ven obligados a empobrecer sus ideas para complacer a quienes no pueden comprenderlas. Este fenómeno de “idiotización colectiva” no solo degrada el pensamiento crítico, sino que también corrompe los valores esenciales que permiten el progreso. ¿Cómo hemos llegado a un punto donde lo superficial y simple es recompensado, mientras que la verdadera creatividad y talento son suprimidos? Exploremos las raíces y consecuencias de este inquietante proceso social.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
“La Corrupción de los Valores en un Mundo Controlado por Idiotas”
“Era un país curioso, la mayoría de la gente inteligente dependía de un grupo de idiotas, era asombroso observar como este grupo de idiotas supervisaba, controlaba y dirigía, la suerte de los talentosos.
Lo increíble es que el sector de los inteligentes, para contentar a los idiotas, comenzaron a empobrecer sus ideas, porque el grupo de idiotas no las entendían y así poco a poco los talentosos comprendieron que la única manera de progresar en esa comarca era tratar de contentar a los idiotas transformándose poco a poco en idiotas.
La idiotización de la comarca llegó lenta e inexorablemente. Lo curioso es que este proceso no fue percibido por los talentosos, de manera que la idiotización paulatina fue un proceso que algunos contemplaban incluso con alegría. Las ideas cada vez más idiotas de los talentosos producían una enorme aceptación de parte de los idiotas, que premiaban a los talentosos idiotizados con cargos cada vez más prestigiosos”.
Tato Pavlovsky
En una sociedad donde el poder se distribuye de manera inversamente proporcional a la inteligencia, surge un fenómeno desconcertante: los idiotas comienzan a ocupar lugares de control, mientras los inteligentes se ven obligados a seguir sus dictámenes. Este curioso país descrito por Tato Pavlovsky representa una alegoría de la degradación intelectual y moral de una comunidad que, en su afán de sobrevivir, cede ante la mediocridad. En esta comarca, los inteligentes se ven atrapados en un sistema donde las ideas complejas se convierten en un obstáculo, y solo lo simple, lo superficial, lo idiota, tiene cabida y es recompensado.
Este proceso de “idiotización” no ocurre de manera abrupta; es un camino lento y casi invisible, como una marea que sube gradualmente hasta que, sin percatarse, todos están sumergidos. Los inteligentes comienzan a empobrecer sus ideas no por falta de capacidad, sino porque entienden que para ser aceptados y prosperar, deben adaptarse a los parámetros establecidos por los idiotas. La mediocridad se convierte en la norma, y cualquier atisbo de creatividad o pensamiento crítico es visto como una amenaza.
Lo más paradójico de este escenario es que la idiotización es celebrada. Los talentosos, ahora convertidos en idiotas funcionales, reciben premios, reconocimientos y cargos de prestigio por sus ideas cada vez más vacías y carentes de profundidad. La comarca, por tanto, se convierte en un lugar donde la estupidez no solo es la norma, sino que es recompensada. La verdadera inteligencia se diluye en la necesidad de complacer a quienes no pueden comprenderla, y los inteligentes se transforman en sombras de lo que alguna vez fueron, en busca de una aceptación que, en el fondo, los despoja de su esencia.
Este proceso de “idiotización” tiene implicaciones más allá de lo intelectual; es un reflejo de la corrupción de los valores y principios que sostienen a una sociedad. Cuando la mediocridad es celebrada, y la excelencia es castigada, se crea un entorno donde la creatividad, el pensamiento crítico y la innovación se ven sofocados. Los idiotas no buscan desafiar el status quo, sino mantenerlo, pues en él encuentran su razón de ser y su fuente de poder.
Al final, la comarca no solo pierde a sus inteligentes; pierde su capacidad de progresar, de evolucionar y de crecer. La sociedad se estanca, atrapada en un ciclo donde solo se valora lo superficial, lo fácil y lo inofensivo. La idiotización no es solo un proceso de degradación intelectual; es una muerte lenta de la creatividad, de la inspiración y del verdadero sentido del progreso humano.
Y lo más trágico de todo es que esta muerte es celebrada con sonrisas, aplausos y premios, sin que nadie se dé cuenta de que, en realidad, es el fin de una civilización que alguna vez tuvo la capacidad de soñar, de crear y de cambiar el mundo.
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