En un tranquilo pueblo, una madre ve crecer a su hijo entre juegos y travesuras. Un día, el joven roba un libro, iniciando un camino que nadie esperaba. La madre, en lugar de corregirlo, aplaude su astucia. Este acto desencadena una serie de robos que escalarán con el tiempo. A través de la mirada de este joven y su transformación, esta fábula nos invita a reflexionar sobre el impacto de nuestras acciones y las enseñanzas que transmitimos. ¿Es posible que un simple error no corregido cambie un destino para siempre?
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“De Actos Inocentes a Errores Fatales: La Importancia de la Disciplina Temprana”
Un día, un joven robó un libro a uno de sus compañeros de escuela. Emocionado, corrió a mostrárselo a su madre. En lugar de reprenderlo, ella lo felicitó por su astucia. Animado por la reacción de su madre, el joven decidió ir más lejos. Poco tiempo después, robó una capa y nuevamente se la llevó a su madre, quien de nuevo lo alabó por su “ingenio.”
Con el paso del tiempo, aquel joven se convirtió en un adulto que robaba objetos cada vez más valiosos, hasta que un día fue atrapado en pleno acto. Con las manos atadas, fue llevado para enfrentar su castigo ante la mirada del pueblo.
Su madre, llena de desesperación, lo seguía entre la multitud, lamentándose con gran dolor. Al verla, el ladrón pidió hablar con ella en privado. Los guardias accedieron, y cuando su madre acercó el oído, él le mordió fuertemente la oreja, arrancándole parte de ella.
Sorprendida y herida, la madre gritó:
—¡Eres un hijo cruel y desalmado!
El joven la miró con tristeza y respondió:
—Si me hubieras corregido la primera vez que robé aquel libro, hoy no estaría aquí, condenado a una muerte tan amarga.
Lo que no se corrige en la niñez, crece y se agranda después.
El relato de “El Ladrón y su Madre” es una fábula que, aunque sencilla en su forma, encierra una profunda reflexión sobre la responsabilidad de la crianza y las consecuencias de la falta de límites. Desde los tiempos antiguos, las fábulas han sido un recurso para transmitir enseñanzas morales, y esta en particular subraya una verdad incuestionable: los errores no corregidos en la niñez pueden transformarse en grandes males con el paso del tiempo. La historia muestra cómo la indulgencia y la falta de corrección de una figura de autoridad pueden tener repercusiones devastadoras no solo para el infractor, sino para la sociedad en general.
En la fábula, la madre se convierte, quizás de forma inconsciente, en la primera cómplice de su hijo. Al aplaudir su “astucia”, fomenta un comportamiento que, en lugar de corregirse, se arraiga y crece. Esto abre una reflexión más amplia sobre el papel de los adultos en la formación de los valores y el carácter de los jóvenes. La infancia es una etapa crucial en la que el niño no solo aprende de sus propias acciones, sino que también observa y asimila las reacciones que estas generan en su entorno. Si las malas conductas no se reprenden y, peor aún, se celebran, el niño recibe un mensaje equivocado sobre lo que es aceptable o no en la sociedad. De esta forma, la omisión de un acto correctivo se transforma en una semilla que germina lentamente, hasta convertirse en una enredadera incontrolable.
Este fenómeno no es exclusivo de la fábula, sino que se puede observar en la vida cotidiana. En muchas ocasiones, pequeños actos de desobediencia, deshonestidad o falta de respeto, si no son abordados a tiempo, se transforman en comportamientos más graves. El joven que roba un simple libro, motivado quizá por la curiosidad o la tentación, pronto percibe que sus acciones no solo no son castigadas, sino que son vistas como algo positivo. La falta de una reprimenda inicial, como un pequeño tirón de orejas o una conversación seria, lo empuja a buscar más emoción, a transgredir límites más grandes. De un libro pasa a una capa, y finalmente a robos de mayor envergadura, hasta que su conducta lo lleva a un punto de no retorno. La intervención temprana es esencial, y no necesariamente debe ser punitiva o violenta, sino educativa y orientadora.
Otro aspecto importante de la fábula es el concepto de “responsabilidad compartida”. En este caso, la madre no es solo una espectadora, sino una participante activa en el destino de su hijo. Esto invita a reflexionar sobre el papel de la familia y la comunidad en la formación ética de los jóvenes. Los niños no crecen en un vacío; son moldeados por las acciones y omisiones de quienes los rodean. Cuando un niño recibe elogios por un acto que claramente es incorrecto, se refuerza un sistema de valores que más adelante será difícil de deshacer. De hecho, en muchos estudios psicológicos se ha demostrado que la falta de límites claros durante la infancia contribuye a la formación de personalidades antisociales en la adultez, con tendencia a desafiar normas y a ignorar las consecuencias de sus acciones. Esta idea no es nueva, ya desde Platón en “La República” se mencionaba que la educación moral es una de las claves para el desarrollo de ciudadanos justos.
Por tanto, la responsabilidad no recae solo en el niño, sino en quienes tienen el deber de guiarlo. El relato del ladrón que finalmente muerde la oreja de su madre simboliza, de forma cruda, el resentimiento acumulado hacia quien, en su momento, debió haber sido su brújula moral. La mordida no es simplemente un acto de violencia, sino una metáfora que señala que el verdadero daño lo causó ella misma al no ejercer su rol de madre correctora en los momentos cruciales.
Es fundamental también destacar que la indulgencia no siempre es sinónimo de amor. A menudo, en el afán de proteger a los hijos del sufrimiento o la frustración, los padres tienden a ser permisivos con comportamientos que deberían ser corregidos. Sin embargo, este tipo de indulgencia no los prepara para enfrentar las consecuencias reales de sus acciones en el mundo exterior. La vida adulta es implacable, y lo que no se aprende en el hogar, lo enseña la sociedad de manera mucho más severa y a veces irreversible. La dureza con la que el ladrón es tratado al final de la fábula es un claro reflejo de esto. Mientras la madre pudo haber corregido esos pequeños robos con una simple lección, ahora la justicia impone un castigo mucho más grave y doloroso.
A nivel social, este cuento pone de relieve la importancia de un sistema educativo y familiar que fomente la disciplina y el respeto a las normas desde edades tempranas. Un ambiente permisivo puede generar individuos incapaces de entender los límites, lo cual no solo afecta su vida personal, sino que también tiene repercusiones en el bienestar general de la sociedad. Cuando las instituciones básicas, como la familia, fallan en su tarea de formar a individuos responsables, el costo lo paga toda la comunidad.
Esta reflexión nos lleva a plantearnos preguntas sobre cómo nos relacionamos con los jóvenes en la actualidad. ¿Les damos las herramientas necesarias para distinguir el bien del mal, o les proporcionamos excusas para justificar sus malas acciones? Es común escuchar frases como “son solo cosas de niños” o “ya aprenderá con el tiempo”, pero la realidad es que esos pequeños “errores” pueden ser la antesala de problemas mayores. Las sociedades modernas deben estar atentas a estas señales tempranas y actuar en consecuencia, no con violencia o castigos excesivos, sino con la guía adecuada que fomente una auténtica conciencia ética.
Finalmente, la fábula nos deja con una lección esencial: la educación es un proceso continuo, y lo que no se corrige en la niñez puede crecer y tomar formas insospechadas en la adultez.
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