En el corazón de Seúl, una tradición singular florece cada invierno: ancianos de Jeongdong-gil se unen para tejer mantas y bufandas, no para seres humanos, sino para los árboles que embellecen sus calles. Este acto, que trasciende el mero arte del yarn bombing, simboliza una profunda conexión con la naturaleza y el respeto por la vida que nos rodea. Mientras las temperaturas descienden, estas manos laboriosas reviven tanto el tejido como la cultura, creando una sinfonía de calidez y cuidado en un entorno urbano, recordándonos que cada hilo entrelazado cuenta una historia de amor por el entorno natural.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

Cultura y Creatividad: El Arte del Yarn Bombing en Corea del Sur”


La relación entre la naturaleza y la cultura humana ha sido un eje central en muchas civilizaciones a lo largo de la historia, y en Corea del Sur, esta conexión se ha manifestado de formas únicas y profundamente simbólicas. Desde la antigüedad, los árboles han sido venerados como entidades sagradas, percibidos no solo como plantas terrenales, sino como seres con una energía espiritual que debe ser cuidada y protegida. En el contexto de una sociedad donde las cuatro estaciones se experimentan con gran intensidad, el invierno surcoreano no solo afecta a las personas, sino también a los seres naturales que comparten el espacio con ellas, como los árboles.

En este escenario, una tradición particularmente conmovedora ha emergido en la comunidad de adultos mayores de Jeongdong-gil, una de las calles históricas más emblemáticas de Seúl. Cada invierno, cuando las temperaturas bajan drásticamente, estas personas mayores toman sus agujas de tejer y comienzan a confeccionar mantas, bufandas y abrigos tejidos a mano, destinados no a humanos, sino a los árboles que adornan las calles. Este acto, más que una simple costumbre, es una expresión profunda de respeto hacia la naturaleza y de interconexión entre los seres vivos.

El fenómeno conocido como “bombardeo de lana” o “yarn bombing”, aunque tiene sus raíces en el arte callejero contemporáneo a nivel global, ha adquirido en Corea del Sur un sentido mucho más profundo. Originalmente, el yarn bombing buscaba personalizar espacios urbanos que se percibían como estériles o demasiado fríos, añadiendo un toque de color y suavidad a las duras líneas de las ciudades modernas. Sin embargo, en Corea del Sur, esta práctica ha evolucionado hacia algo más: no solo se trata de embellecer el entorno, sino de proteger activamente a los árboles del frío y, al mismo tiempo, revitalizar las tradiciones culturales que rodean el tejido y el croché, artes que habían comenzado a desaparecer en una sociedad cada vez más industrializada.

El invierno en Corea del Sur es especialmente duro, con temperaturas que descienden por debajo de los cero grados Celsius. Estos inviernos prolongados y helados pueden afectar gravemente a los árboles, debilitando sus estructuras y haciéndolos más susceptibles a enfermedades. Los abrigos tejidos que los ancianos colocan alrededor de los troncos no solo tienen un valor estético, sino que también ofrecen una capa de protección contra el frío extremo. El acto de tejer, que en muchas culturas se asocia con el cuidado y el calor, aquí adquiere un nuevo significado, convirtiéndose en un acto de salvaguardia hacia la naturaleza.

Este tipo de iniciativas también tiene un impacto profundo en las comunidades. Las personas mayores que participan en la elaboración de estas mantas para árboles no solo están preservando una tradición manual, sino que también están encontrando una forma de mantenerse activas y conectadas con la sociedad. En un mundo donde el envejecimiento poblacional es una preocupación creciente, esta práctica crea un espacio donde los ancianos pueden contribuir de manera significativa, tanto en términos culturales como ecológicos. Tejer para los árboles es, en esencia, una forma de revitalizar no solo el entorno, sino también a los propios tejedores, quienes encuentran en esta actividad un propósito y un sentido de pertenencia.

Además de la protección física que ofrecen las mantas, en Corea del Sur también se ha desarrollado un método médico particular para tratar a los árboles enfermos durante las estaciones más frías. Cuando un árbol muestra signos de debilidad o enfermedad, los expertos locales recurren a la práctica de inyectarles sueros a través de bidones plásticos conectados a sus troncos. Este procedimiento permite que los árboles “beban” estos nutrientes a lo largo del tiempo, lo que les ayuda a recuperarse y a fortalecer sus sistemas antes de la llegada de la primavera y el verano. Es un proceso que, al igual que las mantas tejidas, subraya el compromiso que la sociedad surcoreana tiene con el bienestar de su entorno natural.

En un mundo donde las grandes ciudades a menudo se perciben como lugares hostiles y deshumanizados, esta tradición surcoreana nos recuerda que las urbes no tienen por qué ser antagónicas a la naturaleza. La práctica de tejer para los árboles no solo humaniza el paisaje urbano, sino que también destaca la importancia de mantener una relación simbiótica entre los humanos y el mundo natural. Al envolver los árboles en abrigos de lana, los ancianos de Jeongdong-gil nos enseñan que la protección de la naturaleza no tiene que ser una tarea fría y técnica, sino que puede estar impregnada de calidez humana, creatividad y tradición.

Finalmente, esta práctica es un testimonio de la resiliencia tanto de los árboles como de las personas. Los inviernos duros pueden amenazar con congelar tanto a la naturaleza como al espíritu humano, pero a través de gestos de cuidado y conexión, como los abrigos tejidos, se demuestra que es posible superar las adversidades. Los árboles, una vez debilitados, se revisten de color y calor, mientras que las personas, especialmente los ancianos, encuentran en este acto una fuente de energía, propósito y renovación cultural.

Así, la tradición coreana de tejer para los árboles durante el invierno no es solo un gesto de protección hacia la naturaleza, sino también una manifestación del profundo respeto que la cultura tiene por las formas de vida que comparten su entorno. Al mismo tiempo, esta costumbre resucita prácticas ancestrales como el tejido y refuerza la idea de que, incluso en el entorno más moderno y tecnificado, es posible mantener vivas las tradiciones que conectan a las personas con su historia y con la tierra que habitan.


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