En 1736, Londres vivió días de pánico absoluto. Un brillante científico, discípulo del gran Isaac Newton, había hecho una predicción aterradora: un cometa colisionaría con la Tierra, poniendo fin al mundo. William Whiston, conocido por su audaz fusión entre ciencia y religión, combinaba cálculos astronómicos con lecturas bíblicas, convencido de que las catástrofes celestes eran instrumentos del juicio divino. ¿Cómo llegó un genio a provocar tal miedo? Esta es la historia de su apocalíptica predicción.


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El Fin del Mundo de William Whiston


William Whiston, nacido el 9 de diciembre de 1667, es una figura que, a pesar de su lugar prominente en la historia científica como discípulo de Isaac Newton, es recordado también por sus opiniones religiosas radicales y por una predicción del fin del mundo que causó pánico en la Inglaterra del siglo XVIII. Matemático, teólogo y físico, Whiston fue un hombre de enorme erudición que buscaba conciliar sus profundos conocimientos científicos con sus creencias religiosas, pero su afán por entrelazar estos dos mundos lo llevó a ser criticado y, eventualmente, marginado. A lo largo de su vida, Whiston no solo desafió la doctrina ortodoxa cristiana de su tiempo, sino que además buscó explicar eventos bíblicos, como el Diluvio Universal, mediante fenómenos astronómicos, lo que lo convirtió en un precursor en la interpretación científica de relatos religiosos.

Uno de los eventos más recordados asociados a Whiston fue su predicción del fin del mundo en 1736. Su predicción, basada en una lectura minuciosa de los textos bíblicos y en cálculos astronómicos, reflejaba su convicción de que los cometas jugaban un papel clave en las catástrofes terrestres. Whiston estaba profundamente influenciado por el trabajo de su mentor, Isaac Newton, con quien compartía una creencia fervorosa en la idea de que el universo estaba gobernado por leyes precisas que podían ser desentrañadas mediante el uso del razonamiento lógico y matemático. Sin embargo, a diferencia de Newton, quien era más reservado en cuanto a sus creencias teológicas y profecías, Whiston no tuvo reparos en unir abiertamente ciencia y religión. En su obra de 1696, A New Theory of the Earth, Whiston había propuesto que el Diluvio Universal había sido causado por el paso cercano de un cometa que habría alterado la órbita de la Tierra, provocando una serie de desastres naturales.

La predicción que Whiston hizo en 1736 iba más allá de los meros cálculos teóricos; fue una afirmación categórica de que un cometa colisionaría con la Tierra el 16 de octubre de ese año, provocando el fin del mundo. Para el público de la época, el pánico fue inmediato. En una sociedad que comenzaba a confiar cada vez más en las explicaciones científicas del mundo que la rodeaba, las palabras de una figura tan prestigiosa como Whiston no podían ser tomadas a la ligera. El miedo se extendió entre la población de Londres, y muchas personas, convencidas de que el juicio final estaba cerca, comenzaron a prepararse para su inminente destrucción.

El anuncio de Whiston estaba profundamente ligado a su interpretación de los escritos bíblicos. Whiston era un cristiano devoto, pero sus creencias teológicas diferían significativamente de las de la ortodoxia cristiana de su tiempo. Se oponía a la doctrina de la Trinidad, una postura que lo llevó a ser expulsado de su cátedra en la Universidad de Cambridge en 1710. No obstante, sus creencias religiosas no le impedían apoyarse en la ciencia para intentar justificar sus afirmaciones. De hecho, el cometa que Whiston predijo sería el causante del fin del mundo era, para él, una manifestación del poder divino en el universo. A través de sus cálculos y observaciones astronómicas, Whiston creía haber descubierto un patrón en los movimientos de los cuerpos celestes que se alineaba con las profecías bíblicas.

A medida que la fecha del 16 de octubre de 1736 se acercaba, la ansiedad en Londres aumentaba. La predicción de Whiston no fue un hecho aislado en la cultura europea del siglo XVIII, ya que las ideas apocalípticas y las profecías sobre el fin del mundo tenían una gran acogida en una sociedad que aún se encontraba profundamente marcada por la religión. Sin embargo, lo que hacía que la predicción de Whiston fuera más preocupante era su reputación como científico. La combinación de sus conocimientos astronómicos y su fervor religioso le otorgaban una autoridad que resultaba difícil de desestimar.

El temor se extendió tanto que las autoridades religiosas se vieron obligadas a intervenir. El Arzobispo de Canterbury, William Wake, emitió una declaración pública con el objetivo de calmar a la población. En ella, desmentía categóricamente la predicción de Whiston y aseguraba a los ciudadanos que no existía ningún peligro inminente. Esta intervención ayudó a mitigar en parte el pánico, aunque muchas personas seguían temiendo que el desastre pudiera ocurrir. La predicción de Whiston, sin embargo, resultó ser errónea, y el 16 de octubre de 1736 pasó sin que ningún cometa se estrellara contra la Tierra. El fracaso de su predicción no solo desacreditó a Whiston a los ojos del público, sino que también contribuyó a que su influencia en la sociedad británica comenzara a disminuir.

A pesar de este episodio, es importante reconocer que Whiston continuó haciendo contribuciones significativas tanto a la ciencia como a la teología. A lo largo de su vida, mantuvo su interés en la teoría de la catástrofe cometaria, sosteniendo que los cometas desempeñaban un papel esencial en los eventos catastróficos de la Tierra, incluyendo no solo el Diluvio Universal, sino también otras calamidades mencionadas en los textos sagrados. Aunque sus teorías no lograron imponerse en el pensamiento científico de la época, y hoy en día se consideran obsoletas, Whiston fue uno de los primeros en intentar dar una explicación científica a fenómenos que, hasta entonces, se habían interpretado exclusivamente desde una perspectiva religiosa.

La historia de William Whiston es un recordatorio de los peligros de fusionar sin cautela la ciencia y la religión, pero también destaca la valentía de un hombre dispuesto a desafiar las creencias establecidas en su búsqueda de la verdad. Aunque su predicción del fin del mundo fue desacertada, su legado como científico y teólogo perdura. Whiston ayudó a popularizar las ideas de Newton, defendió el uso de la razón en el estudio de la naturaleza, y, a pesar de sus errores, dejó una marca indeleble en la historia del pensamiento científico y religioso.

El caso de Whiston ilustra también el poder de la ciencia en la sociedad moderna, especialmente cuando se utiliza para justificar creencias profundamente arraigadas. En su tiempo, la frontera entre la ciencia y la religión era mucho más permeable de lo que es hoy, y figuras como Whiston se movían en ese espacio liminal, intentando reconciliar dos visiones del mundo que a menudo parecían irreconciliables. Aunque la predicción del fin del mundo en 1736 no se cumplió, el miedo y la ansiedad que generó en la población de Londres demuestran el profundo impacto que pueden tener las afirmaciones científicas, especialmente cuando se presentan como inevitables y cataclísmicas.

William Whiston, con su mezcla única de erudición científica y devoción religiosa, representa un momento clave en la historia de la ciencia y la religión. Su legado, a pesar de estar manchado por predicciones fallidas, es un testimonio del constante esfuerzo del ser humano por entender el universo que lo rodea, y de la persistente tentación de encontrar en los cielos señales de su propio destino.


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