Entre los nahuas del México antiguo, la muerte no era un final, sino el inicio de un viaje místico que trascendía lo terrenal. Lejos de ser vista con temor, formaba parte de un ciclo cósmico que conectaba a los difuntos con el universo viviente. Su destino no dependía de la moralidad, sino de cómo encontraban la muerte. Desde el frío Mictlán hasta el paradisíaco Tlalocan, cada camino post mortem tenía un propósito divino, reflejando una compleja visión del equilibrio universal y la trascendencia.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

Muerte y toltequidad: los cuatro destinos para los difuntos en la cosmología náhuatl


La concepción de la muerte entre los nahuas del centro de México no era simplemente el fin de la existencia, sino un proceso trascendental, parte de un ciclo cósmico mucho más vasto y complejo. Para estos pueblos, la muerte no representaba una interrupción, sino una transformación dentro del universo viviente, donde el cuerpo y el alma del difunto emprendían un nuevo viaje, condicionado por el tipo de vida que habían llevado, la forma de su muerte y la voluntad de los dioses. Estos conceptos no solo influyeron profundamente en las prácticas religiosas de la época prehispánica, sino que aún permean la cultura contemporánea de México, especialmente en las festividades y ritos en torno al Día de Muertos.

Para comprender los destinos que los difuntos podían esperar según las creencias nahuas, es necesario situar estas ideas dentro de la toltequidad, es decir, la noción de que los pueblos antiguos, especialmente los toltecas, habían alcanzado un elevado grado de sabiduría, y sus conocimientos se transmitieron a las culturas posteriores, como la mexica. En la toltequidad, la vida y la muerte están intrínsecamente conectadas, no solo con la persona que muere, sino con el orden cósmico. La muerte, en este sentido, era un sacrificio que nutría a los dioses, los cuales, a su vez, mantenían el equilibrio del universo.

El destino de los difuntos en la cosmovisión nahua dependía de varios factores, principalmente la forma de morir. Los nahuas concebían cuatro principales destinos post mortem, cada uno relacionado con un nivel cósmico y gobernado por diferentes deidades. Estos destinos no estaban determinados por el comportamiento moral o ético durante la vida, sino más bien por el tipo de muerte y el papel de la persona en el mantenimiento del cosmos. Estos cuatro destinos eran el Mictlán, el Tlalocan, el Omeyocan, y el Chichihuacuauhco.

El Mictlán, el inframundo, era el destino de la mayoría de las personas que morían de manera natural, es decir, por enfermedad o vejez. Este reino estaba gobernado por Mictlantecuhtli y su consorte, Mictecacíhuatl. Se concebía como un lugar frío, oscuro y silencioso, ubicado en el nivel más profundo del cosmos, al que solo se podía acceder tras un largo y arduo viaje de cuatro años. Los difuntos debían atravesar nueve niveles antes de llegar al descanso final, enfrentando peligros y desafíos a lo largo del camino. Este viaje simbólico reflejaba no solo la transición del alma, sino también la visión de la muerte como un proceso continuo de purificación y liberación. La idea de un viaje post mortem era compartida por muchas culturas mesoamericanas y subrayaba la importancia del entierro ritual, donde los objetos funerarios, como las ofrendas de perros Xoloitzcuintles, eran esenciales para ayudar al difunto a cruzar los ríos y otros obstáculos del inframundo.

El segundo destino importante era el Tlalocan, un paraíso terrenal gobernado por Tláloc, el dios de la lluvia y la fertilidad, y su esposa Chalchiuhtlicue, la diosa de las aguas. El Tlalocan era el destino de aquellos que habían muerto por causas relacionadas con el agua, como el ahogamiento, o por enfermedades como la lepra o el reumatismo, que también se consideraban influenciadas por Tláloc. Este lugar era un paraíso lleno de verdor, donde las almas de los difuntos vivían en un estado de bienestar, disfrutando de la abundancia de alimentos y bebida, sin necesidad de realizar trabajos o sacrificios. A diferencia del Mictlán, donde la muerte implicaba un largo y penoso viaje, el Tlalocan ofrecía una forma de vida eterna que estaba directamente asociada con la naturaleza y la fertilidad, y que tenía un profundo simbolismo en la cultura agrícola de los nahuas.

El tercer destino, el Omeyocan, estaba reservado para los guerreros muertos en combate y las mujeres que fallecían durante el parto. Este lugar, también llamado “el lugar de los dos”, estaba bajo el dominio de Huitzilopochtli, el dios del sol y la guerra. En este ámbito celestial, las almas se convertían en aves o mariposas, y tenían el honor de acompañar al sol en su viaje diario a través del cielo. Los guerreros y las mujeres muertas en el parto eran considerados equivalentes, pues ambos habían dado su vida en servicio de la comunidad: los guerreros defendiendo la tierra y las mujeres dando a luz nuevos miembros para la sociedad. Esta visión refleja no solo una concepción de la muerte gloriosa, sino también una integración profunda del sacrificio y la regeneración en el ciclo de la vida. La muerte en combate o en el parto era vista como una continuación de la guerra cósmica entre las fuerzas del sol y la oscuridad, y aquellos que morían en estas circunstancias alcanzaban un estatus casi divino, contribuyendo al renacimiento diario del sol y al mantenimiento del orden universal.

Finalmente, el Chichihuacuauhco era el destino de los niños que morían en la infancia. Este lugar era imaginado como un paraíso donde los bebés fallecidos eran amamantados por un gran árbol cósmico que goteaba leche. Aquí, las almas infantiles aguardaban su regreso a la tierra cuando un nuevo ciclo de creación se iniciara. En este sentido, la muerte de los niños no era vista como definitiva, sino como una pausa en su destino final. Este concepto subraya la importancia de los ciclos en la cosmovisión nahua, donde todo lo que nace eventualmente muere, pero también renace en nuevas formas. Los niños en el Chichihuacuauhco representaban la esperanza de un futuro renacimiento, una creencia que se encuentra aún presente en las ideas modernas sobre la reencarnación y el destino de los inocentes.

Estas concepciones sobre la muerte y los destinos de los difuntos muestran cómo los nahuas entendían la muerte como una parte integral de la vida y del cosmos. La vida no terminaba con la muerte; en cambio, la muerte era una puerta a diferentes formas de existencia, dependiendo de cómo se había vivido y, sobre todo, de cómo se había muerto. La conexión entre la muerte y el mantenimiento del universo era central en esta cosmovisión, y los rituales funerarios, como la cremación, las ofrendas y los entierros ceremoniales, reflejaban un profundo respeto por el papel de los difuntos en el equilibrio cósmico.

La visión de la muerte en la toltequidad sigue viva en muchas formas en la cultura mexicana moderna, especialmente en las celebraciones del Día de Muertos, donde las ofrendas y los altares conectan a los vivos con sus antepasados. Aunque muchas de las prácticas han cambiado con el tiempo y con la influencia del cristianismo, la idea de que la muerte es solo una transición a otro estado de ser, y que los muertos continúan participando en el ciclo de la vida, persiste como una de las creencias más profundas de la cultura mexicana.

La cosmología náhuatl, con sus cuatro destinos para los difuntos, nos ofrece una ventana a un mundo donde la muerte no era temida, sino comprendida y respetada como parte esencial del flujo interminable de la vida y el cosmos.


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