En la corte de Enrique II, el humor rompía esquemas, y Roldán el Pedo, un maestro del flatulismo, era prueba de ello. Con una coreografía inusual de salto, silbido y pedo, este singular artista transformó lo vulgar en arte cortesano, ganándose tierras y el favor real. Más allá de lo cómico, su historia revela cómo la risa, en una época dominada por la política y la religión, ofrecía un respiro esencial. Roldán desafiaba convenciones, recordándonos que hasta lo más básico puede elevarse a espectáculo.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
Roldán el Pedo y el Arte del Entretenimiento en la Corte de Enrique II: Una Mirada Profunda al Humor Medieval
El humor, en todas sus formas, ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad. En la Inglaterra medieval, bajo el reinado del rey Enrique II, un personaje en particular desafió las nociones modernas sobre lo que consideramos entretenimiento: Roldán el Pedo, un flatulista profesional que desempeñaba un papel sorprendentemente respetado en la corte real. La historia de Roldán no es solo una anécdota pintoresca; su vida y su arte ofrecen una ventana única a la cultura y las costumbres sociales de la época, arrojando luz sobre cómo se concebía el entretenimiento y el humor en el siglo XII.
El término “flatulista”, aunque exótico y poco común hoy en día, describe una figura que en su tiempo era tanto fuente de risa como de admiración. Roldán no era un bufón cualquiera, sino un maestro en la ejecución de un arte singular: controlar sus flatulencias para generar reacciones entre el público. En una era en la que la vida cotidiana estaba marcada por la severidad de la religión y el peso de las jerarquías feudales, el papel de los artistas como Roldán era esencial para crear momentos de ligereza y humor. Si bien puede resultar difícil imaginar hoy en día cómo el arte de “tirarse pedos” pudo ser elevado a la categoría de entretenimiento refinado, el éxito de Roldán muestra que el humor más básico también tenía su espacio entre los poderosos.
Uno de los aspectos más fascinantes de la figura de Roldán es la seriedad con la que se tomó su oficio. A diferencia de la visión moderna, que podría considerarlo meramente un bufón, su arte estaba formalmente registrado en documentos oficiales como el Liber Feodorum, o “Libro de los Feudos”. Este registro es particularmente revelador, ya que muestra cómo el rey Enrique II le concedió a Roldán una mansión y tierras en Hemingstone, en Suffolk, a cambio de sus servicios. La condición para mantener este privilegio era simple pero única: Roldán debía presentarse cada año durante la celebración de Navidad en la corte del rey y realizar su famosa actuación, que consistía en un salto, un silbido y un pedo. Esta fórmula, aparentemente trivial, no solo era apreciada, sino que le garantizaba un lugar especial en la vida de la corte.
El hecho de que Roldán recibiera una propiedad a cambio de su destreza como flatulista subraya cómo el arte en la Edad Media estaba vinculado a las jerarquías de poder. Si bien la corte de Enrique II no era ajena a la poesía, la música o el teatro, la actuación de Roldán se destacaba por su capacidad para romper con lo solemne y ofrecer una forma de alivio cómico. Esto también nos habla de la flexibilidad del entretenimiento medieval, que no se limitaba a las manifestaciones “elevadas” del arte, sino que también encontraba valor en lo que hoy consideraríamos vulgar.
El contexto social de la época es crucial para entender por qué un personaje como Roldán podía prosperar. La Edad Media, lejos de ser un periodo monolíticamente austero, era una era de contrastes, en la que las formas más burdas de humor coexistían con la religión y la política. Los festivales y celebraciones en la corte proporcionaban oportunidades para la relajación y el entretenimiento, y los nobles y el rey no eran inmunes a las bromas escatológicas. Roldán, en este sentido, no estaba simplemente ofreciendo una distracción momentánea; su actuación tenía un lugar legítimo en el ciclo de vida cultural de la corte. Su habilidad para sincronizar el cuerpo con el humor —creando una coreografía que combinaba un salto, un silbido y una flatulencia— reflejaba una forma de arte corporal que requería destreza y control. Es en este sentido que podemos hablar de él no como un simple “pedorro”, sino como un artista en su propio derecho.
Sin embargo, más allá de lo cómico, la historia de Roldán también sugiere algo más profundo sobre las dinámicas del poder en la Edad Media. El rey Enrique II, al recompensarlo generosamente, demostraba su capacidad para legitimar formas de entretenimiento que rompían con la norma. La presencia de Roldán en la corte era una forma de manifestar el poder del rey no solo sobre su reino, sino también sobre las convenciones sociales. En la corte de Enrique II, donde la política y la guerra eran constantes, el humor físico de Roldán proporcionaba un respiro del rigor del gobierno. Pero también permitía al rey mostrarse cercano a sus cortesanos, compartiendo con ellos la risa, y legitimando la idea de que incluso los actos más simples, como tirarse un pedo, podían tener un lugar en la vida cortesana.
El caso de Roldán el Pedo invita a una reflexión sobre cómo la historia del entretenimiento ha evolucionado a lo largo del tiempo. Hoy en día, sería impensable que un artista fuera recompensado por semejante actuación en una corte real o que recibiera tierras por su capacidad para sincronizar flatulencias. Sin embargo, en la Inglaterra medieval, este arte tenía un lugar y era apreciado por quienes tenían el poder de moldear la cultura. El hecho de que la actuación de Roldán fuera tan esperada durante la Navidad de la corte habla de una sociedad que no solo valoraba el entretenimiento, sino que lo consideraba una parte esencial del tejido social y político.
Por último, aunque la historia de Roldán pueda parecer un mero episodio curioso, es un recordatorio de cómo los estándares del humor y del entretenimiento son siempre relativos a su tiempo y lugar. Lo que hoy consideramos inapropiado o de mal gusto, en el pasado podía ser una forma elevada de arte que unía a las personas y ofrecía momentos de distensión en medio de las tensiones de la vida diaria. El arte de Roldán, por muy burdo que nos parezca, desempeñaba una función crucial: mostraba que, en la corte medieval, no todo era guerra, religión o política. También había espacio para la risa, incluso la más simple y visceral, lo que revelaba la humanidad compartida entre los gobernantes y los gobernados.
Roldán el Pedo, con su salto, su silbido y su flatulencia, no es solo una anécdota pintoresca de la historia de Inglaterra; es una figura que desafía nuestras nociones modernas de lo que se considera entretenimiento valioso. Su legado, registrado en los anales de la historia, es testimonio de un tiempo en que el humor, en todas sus formas, tenía un lugar en los salones del poder.
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