Desafiar nuestras propias certezas es un acto de valentía que pocos se atreven a emprender. Nos aferramos a lo conocido como náufragos a un pedazo de madera, ignorando que soltarlo podría llevarnos a descubrir tierra firme. Cambiar no es solo adoptar nuevas ideas, sino enfrentar el vértigo de desmantelar estructuras internas que han dado sentido a nuestra existencia. La verdadera inteligencia no consiste en acumular respuestas, sino en abrazar las preguntas que nos invitan a reconstruirnos sin miedo al vacío.
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Estar dispuesto a cambiar es de personas inteligentes
El cambio es una constante en la existencia humana, y sin embargo, la disposición a aceptar el cambio es una de las habilidades más difíciles de cultivar. Este desafío no radica tanto en la incapacidad de las personas para recibir nuevas ideas, sino en la fuerza con la que las antiguas creencias se aferran a nuestra mente, moldeando y a menudo limitando nuestra percepción de la realidad. Como lo expresó Keynes, el verdadero reto no es adquirir nuevas perspectivas, sino soltar aquellas que, pese a ser obsoletas o falsas, sentimos como inmutables. Esta resistencia tiene sus raíces en nuestro inconsciente, que no solo gobierna nuestra vida, sino que está intrínsecamente vinculado a nuestras creencias, muchas de las cuales han sido internalizadas sin una reflexión consciente.
El inconsciente es el guardián silencioso de nuestra conducta. Las creencias que lo conforman no siempre son el resultado de una búsqueda activa de la verdad; muchas veces, son el fruto de repeticiones, herencias culturales o simples malentendidos aceptados como ciertos. Estas creencias forman la estructura subyacente de nuestra visión del mundo y actúan como filtros que determinan cómo interpretamos nuevas experiencias. Sin embargo, no todo lo que damos por sentado resiste el escrutinio racional. La ciencia, por ejemplo, avanza precisamente cuestionando supuestos previos, desmantelando paradigmas y permitiendo que emerjan nuevas formas de comprender el universo.
Adoptar una actitud de apertura, como la que sugiere la metáfora de la “mente de aprendiz” en la filosofía oriental, no solo requiere curiosidad, sino también humildad. Implica reconocer que el conocimiento es un flujo constante, no un estado fijo. Este principio también tiene raíces en la filosofía occidental. Bertrand Russell, por ejemplo, dedicó gran parte de su vida a explorar cómo las certezas absolutas, ya fueran religiosas, políticas o científicas, podían sofocar el pensamiento crítico y la libertad intelectual. Para él, la inteligencia no residía únicamente en el almacenamiento de información, sino en la capacidad de desafiar las propias premisas, incluso cuando hacerlo resultara incómodo o doloroso.
El desaprendizaje, aunque se perciba como una tarea ardua, es indispensable para que el verdadero aprendizaje tenga lugar. Goethe advertía sabiamente sobre el peligro de aferrarse a lo que hemos aprendido, porque una vez interiorizado, es difícil de desechar. Esta advertencia resuena en la neurociencia moderna, que sugiere que las conexiones sinápticas en el cerebro se fortalecen con la repetición. Lo que se aprende y se refuerza con el tiempo se convierte en una especie de “programación por defecto”. Para modificar estas estructuras, es necesario no solo adquirir nueva información, sino también desmantelar activamente los patrones preexistentes.
La apertura mental no es simplemente una herramienta para el crecimiento personal; también tiene implicaciones sociales y éticas. En un mundo cada vez más interconectado, donde las ideas y las culturas se entrelazan a una velocidad sin precedentes, la capacidad de cambiar, adaptarse y comprender perspectivas distintas se ha vuelto esencial. Las creencias rígidas y las narrativas excluyentes no solo obstaculizan el progreso, sino que también perpetúan divisiones y conflictos. Por ello, cultivar la disposición a cambiar no es solo un acto de inteligencia individual, sino también una contribución al bienestar colectivo.
Una de las barreras más significativas para el cambio es el miedo: miedo a lo desconocido, miedo a la pérdida de identidad y miedo al juicio de los demás. Sin embargo, este miedo no es invencible. La historia está repleta de ejemplos de individuos y sociedades que han superado estas barreras para abrazar transformaciones radicales. Galileo desafió la cosmología aceptada de su época, enfrentándose a la censura y al ostracismo. Las luchas por los derechos civiles, desde el movimiento abolicionista hasta la lucha por los derechos LGBTQ+, han demostrado que las estructuras de opresión pueden ser desmanteladas cuando las personas están dispuestas a cuestionar creencias arraigadas y a imaginar posibilidades alternativas.
Para estar dispuesto a cambiar, se necesita más que un simple deseo de mejorar. Se requiere un compromiso activo con la introspección y la autoevaluación. Este proceso puede ser incómodo, ya que implica enfrentarse a los propios prejuicios, admitir errores y aceptar la posibilidad de que lo que uno considera cierto hoy podría no serlo mañana. No obstante, este acto de humildad es precisamente lo que define a una mente verdaderamente inteligente.
Por último, es importante destacar que el cambio no siempre debe percibirse como un abandono del pasado, sino como una evolución continua. Las ideas y creencias no son estáticas; se transforman y se adaptan en función de las circunstancias y el contexto. Al igual que un río que fluye constantemente, nuestras mentes deben permanecer en movimiento, evitando los estancamientos que podrían sofocar el crecimiento.
En definitiva, estar dispuesto a cambiar es un acto de valentía y sabiduría. Es reconocer que la inteligencia no reside en la acumulación de certezas, sino en la habilidad de navegar las incertidumbres. Es aceptar que el aprendizaje verdadero comienza cuando tenemos la humildad de desaprender, cuando dejamos espacio para lo nuevo y permitimos que nuestras mentes se conviertan en terrenos fértiles para la innovación, la empatía y el progreso.
Solo así, despojándonos de la rigidez y el miedo, podremos aspirar a una vida plenamente consciente y en constante evolución.
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