Durante décadas, la televisión por cable fue el centro del universo doméstico, una ventana al mundo que dictaba horarios y unía generaciones frente a su brillo. Pero hoy, ese gigante titila con la fragilidad de una vela al viento. El streaming, ágil y voraz, no solo cambió cómo consumimos entretenimiento, sino que reformuló nuestras expectativas. En esta batalla entre lo viejo y lo nuevo, se dibuja una transformación cultural irreversible. Lo que está en juego no es solo un formato, sino nuestra relación con el tiempo y la elección.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

El Crepúsculo de la Televisión por Cable: La Era del Streaming Como Nuevo Paradigma Mediático


El siglo XXI ha sido testigo de transformaciones radicales en la manera en que consumimos información y entretenimiento, pero pocas revoluciones han sido tan profundas como el cambio del modelo televisivo tradicional hacia plataformas de streaming. La televisión por cable, alguna vez el símbolo del progreso y el control sobre la programación, se tambalea al borde de la obsolescencia. Este fenómeno, impulsado por avances tecnológicos, cambios generacionales y un reordenamiento de las prioridades de consumo, marca un giro decisivo en la narrativa de los medios masivos. Lo que alguna vez fue una innovación, la televisión por cable, ahora enfrenta su ocaso bajo la sombra alargada de gigantes como Netflix, YouTube y Amazon Prime.

Las cifras no dejan lugar a dudas: la pérdida de valor de empresas como Paramount y Warner Bros Discovery supera los $15 mil millones en sus divisiones tradicionales. Estas cifras reflejan una crisis estructural más que una tendencia pasajera. Durante décadas, la televisión por cable sostuvo un modelo basado en suscripciones masivas y publicidad, en el que la programación se diseñaba para atraer a audiencias amplias y generar ingresos mediante bloques comerciales. Este modelo, aunque lucrativo en su momento, ahora se enfrenta a un consumidor empoderado que exige personalización, inmediatez y control absoluto sobre lo que ve y cuándo lo ve.

El “cord-cutting”, o corte del cable, es más que un término técnico; es un síntoma de un cambio cultural más amplio. En Estados Unidos, por ejemplo, se estima que más de 30 millones de hogares han cancelado sus suscripciones de cable desde 2015, y esta cifra sigue aumentando exponencialmente. Este fenómeno no se limita a los jóvenes: generaciones mayores, acostumbradas al cable, también están migrando hacia plataformas de streaming, impulsadas por la oferta cada vez más amigable de servicios como Hulu o Disney+. En lugar de pagar paquetes de canales repletos de contenido irrelevante, los consumidores optan por suscripciones que les permiten acceder a lo que realmente desean ver, sin anuncios y en cualquier dispositivo.

La pandemia de COVID-19 aceleró aún más esta transición, demostrando la vulnerabilidad del modelo tradicional. El confinamiento global llevó a un auge en el consumo de streaming, con plataformas reportando cifras récord de suscriptores. Netflix, por ejemplo, sumó más de 36 millones de nuevos usuarios en 2020, mientras que el tiempo promedio de visualización en YouTube se disparó. Esto consolidó la percepción de que el futuro del entretenimiento residía en lo digital. La flexibilidad y la diversidad del contenido de estas plataformas resultaron irresistibles para audiencias en búsqueda de escapismo y conexión durante tiempos de aislamiento.

El impacto económico de este cambio no es menos relevante. Grandes conglomerados como Comcast están reorganizando sus operaciones internas, trasladando canales tradicionales como MSNBC y CNBC a divisiones dedicadas al contenido digital. Esta reestructuración es un reconocimiento implícito de que el modelo de cable ya no es sostenible en el largo plazo. Además, empresas emergentes en el ámbito del streaming han comenzado a desafiar a los titanes establecidos, mostrando que el mercado no solo se está diversificando, sino también democratizando. Servicios regionales y plataformas independientes están ganando terreno al ofrecer programación local y nichos específicos que las grandes corporaciones han pasado por alto.

La evolución del modelo de negocio también ha traído consigo nuevas preguntas y desafíos. Mientras que el cable operaba bajo la premisa de la escasez de opciones, el streaming enfrenta el problema opuesto: una sobreabundancia de contenido. Los consumidores ahora deben navegar entre una miríada de plataformas para encontrar sus programas favoritos, lo que ha llevado a un fenómeno conocido como “fatiga del streaming”. Esta saturación ha abierto una ventana para que actores como YouTube, con su modelo híbrido de contenido gratuito y de pago, capten a una audiencia cansada de acumular suscripciones.

El año 2025 podría convertirse en un hito histórico. Analistas predicen que, para entonces, el número de suscriptores de televisión por cable en mercados clave habrá caído por debajo del umbral necesario para mantener viable este modelo. El declive de la publicidad en televisión lineal también contribuye a su inminente desaparición. En contraste, se espera que la inversión publicitaria en plataformas de streaming alcance los $100 mil millones anuales, consolidando su lugar como la nueva norma.

Sin embargo, la desaparición del cable no es solo una cuestión tecnológica o económica; es también un cambio profundo en cómo la sociedad interactúa con los medios. La televisión por cable representaba un espacio común, un ritual colectivo que unía a las familias frente al televisor. El streaming, aunque más personalizado, fragmenta estas experiencias, creando burbujas de contenido que a menudo aíslan en lugar de conectar. Este cambio, aunque inevitable, plantea preguntas sobre el futuro de la cohesión social y el papel de los medios como unificador cultural.

A medida que la televisión por cable cede su lugar en el escenario mediático, es crucial reflexionar sobre las lecciones de su auge y caída. Su historia es un recordatorio de que ningún modelo, por innovador que parezca, es inmune al cambio. En el corazón de esta transformación está el consumidor, cuya búsqueda de autonomía y calidad ha reescrito las reglas del juego.

La era del streaming no es simplemente una evolución tecnológica; es un nuevo capítulo en la narrativa de nuestra relación con los medios y el entretenimiento. Y, como toda revolución, trae consigo tanto promesas como desafíos.


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