La literatura es un eco de lo inefable, un lenguaje que no busca explicar, sino invocar. ¿Qué ocurre cuando una novela nos confunde hasta el éxtasis? Benjamín Labatut sugiere que el arte literario, lejos de alumbrar con certezas, espesa la realidad para revelar lo invisible. Leer se convierte entonces en un ritual de descubrimiento, un acto donde las palabras, al velar el misterio, nos sumergen en una inteligencia colectiva que trasciende al individuo. ¿Es esta oscuridad la verdadera luz del arte? Aventurémonos a descubrirlo.
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"La literatura es una inteligencia participativa, un impulso similar a la espiritualidad, en el sentido de que lo que uno busca con ella es participar del misterio, no racionalizarlo ni disminuirlo. El arte vela la verdad, no la expone como la ciencia o la filosofía. Por eso la mayoría de los grandes maestros, como Bergman o Kurosawa, oscurecen las cosas. Tal es el poco poder del arte, de la literatura, espesar las cosas para que uno pueda ver lo invisible. Una buena novela debería dejarte confundido, desbordado, en éxtasis."
–Benjamín Labatut
La literatura como velo de lo invisible: una exploración del arte y su relación con el misterio
La literatura, en su más sublime expresión, no busca esclarecer los misterios del mundo; más bien, los abraza, los oscurece, y permite que quienes se acercan a ella puedan vislumbrar lo invisible. Esta premisa, planteada con lucidez por Benjamín Labatut, desafía nuestra percepción de la literatura como un mero vehículo de conocimiento racional. En su lugar, posiciona a las obras literarias como experiencias transformadoras que convocan al lector a participar en una inteligencia colectiva, a sumergirse en la densidad del misterio y a experimentar lo humano desde una perspectiva visceral y espiritual.
La literatura como acto participativo
La idea de que la literatura es una “inteligencia participativa” redefine su función en nuestras vidas. No es una herramienta para solucionar enigmas ni para imponer verdades absolutas, como podría hacerlo la ciencia. La literatura, en su esencia, crea un espacio donde autor y lector convergen en una interpretación compartida, incompleta y plural del mundo. Es en esta colaboración donde reside su riqueza: el lector no se enfrenta a una obra cerrada, sino a un texto vivo que se expande en su subjetividad. Como escribió Roland Barthes, “el autor muere para que el lector nazca”. Cada lectura es, entonces, un acto de recreación, un diálogo entre la voz del escritor y la interpretación del lector.
En este sentido, la literatura se aproxima a lo que la filosofía fenomenológica describe como “intencionalidad”, una relación activa entre el sujeto y el objeto. Leer no es un acto pasivo; es un ejercicio de descubrimiento, donde cada palabra, cada silencio, esconde significados latentes que solo emergen en el acto de participar con el texto.
Espesando lo invisible: el arte como velo
El arte, según Labatut, no expone, sino que vela. Este velamiento, lejos de ser una limitación, es su mayor fortaleza. En la opacidad de una obra literaria, el lector encuentra la posibilidad de contemplar aquello que no puede ser expresado directamente. Aquí radica la diferencia esencial entre el arte y otras formas de conocimiento, como la ciencia o la filosofía, que buscan claridad y precisión. La literatura, como dijo Kafka, actúa como un “hacha para el mar helado dentro de nosotros”. Es menos un faro que ilumina y más una sombra que intensifica el contraste entre lo visible y lo invisible.
Ejemplos paradigmáticos de esta idea se encuentran en la obra de autores como Franz Kafka y Virginia Woolf. En El proceso, Kafka crea una narrativa densa y laberíntica donde la justicia, el poder y la culpa se diluyen en un mar de incertidumbres. Woolf, en La señora Dalloway, no busca delinear la realidad de sus personajes, sino ahondar en las corrientes subterráneas de su conciencia. Ambos autores utilizan el lenguaje no para explicar, sino para espesar, para envolver al lector en un universo donde lo visible es apenas un reflejo de lo invisible.
Literatura y espiritualidad: un puente hacia lo inefable
La comparación que Labatut establece entre la literatura y la espiritualidad merece especial atención. Ambas prácticas comparten un objetivo común: conectar al ser humano con lo trascendental. Sin embargo, mientras que la espiritualidad a menudo se asocia con una búsqueda de sentido o iluminación, la literatura es más humilde en sus aspiraciones. No promete respuestas, sino experiencias; no garantiza certezas, sino ambigüedades.
En este contexto, la literatura puede considerarse una forma secular de trascendencia. Autores como Jorge Luis Borges y Haruki Murakami han explorado esta dimensión espiritual del arte narrativo. Borges, con su obsesión por los laberintos, los espejos y el infinito, construye ficciones que confrontan al lector con preguntas metafísicas que nunca encuentran resolución. Murakami, por su parte, crea mundos donde lo real y lo fantástico se entrelazan, invitando al lector a aceptar la coexistencia de múltiples dimensiones de la realidad.
La confusión como éxtasis
Una “buena novela”, en palabras de Labatut, “debería dejarte confundido, desbordado, en éxtasis”. Esta afirmación desafía las expectativas tradicionales del lector moderno, que a menudo busca en la literatura claridad y resolución. La confusión, en este sentido, no es un defecto, sino una virtud. Es un estado que nos obliga a cuestionar nuestras percepciones, a abandonar nuestras certezas y a abrirnos a nuevas posibilidades.
La experiencia del éxtasis literario no es meramente intelectual; es profundamente emocional y física. Las novelas de Marcel Proust, por ejemplo, logran capturar este efecto. En En busca del tiempo perdido, Proust no solo narra la vida de sus personajes, sino que recrea las texturas, los sabores y los sonidos de su mundo interior. El lector, sumergido en este flujo de sensaciones, no encuentra respuestas, sino una intensificación de su propia sensibilidad.
El poder transformador de la literatura
El “poco poder” del arte, como lo describe Labatut, es paradójicamente su mayor fuerza. Aunque no tiene la capacidad de cambiar el mundo en un sentido tangible, puede transformar a quienes lo experimentan. La literatura, como la espiritualidad, tiene el poder de reconfigurar nuestra percepción de la realidad, de expandir nuestra conciencia y de conectarnos con lo que nos trasciende.
La psicología contemporánea ha empezado a explorar este efecto transformador de la literatura. Estudios en el campo de la biblioterapia sugieren que leer ficción puede mejorar nuestra empatía y nuestra capacidad para comprender las emociones ajenas. Este hallazgo resuena con la idea de que la literatura no solo participa en una inteligencia colectiva, sino que también la nutre y la amplifica.
Conclusión: el misterio como horizonte
La literatura, en última instancia, es una invitación a habitar el misterio. En un mundo obsesionado con la claridad y el progreso, su capacidad para espesar las cosas, para velar lo invisible, es un acto de resistencia y una celebración de lo humano. Como decía Italo Calvino, “la literatura es necesaria para mostrar que las cosas que podemos imaginar, sentir y entender son infinitas”.
Benjamín Labatut nos recuerda que el verdadero valor de la literatura no reside en su capacidad para resolver enigmas, sino en su habilidad para crearlos. Leer es, entonces, un acto de participación en lo desconocido, una forma de espiritualidad que no busca respuestas, sino preguntas. Es en esta confusión, este desbordamiento, donde encontramos el éxtasis: una conexión profunda y transformadora con lo que nos hace humanos.
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