En la Atenas del siglo V a.C., cuna de la democracia y del pensamiento racional, el filósofo no era un héroe, sino un transgresor. Su búsqueda de verdades profundas desafiaba los pilares religiosos y sociales que sostenían la polis, generando rechazo en un demos que temía el caos detrás de cada pregunta incómoda. En un mundo donde el saber era privilegio de los dioses, cuestionar los mitos no era simple curiosidad, sino un acto de hybris. Así, la filosofía nació enfrentada a la tradición, bajo el peso de su propio riesgo.


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Tan pronto como el pueblo percibe la figura del "pensador" la situación de éste cambia radicalmente, porque la reacción social frente a él es negativa y no tiene más remedio que contar en su actuación con ciertas precauciones defensivas. En el pueblo ateniense continuaba plenamente vivaz la actitud religiosa, y de ella forma parte la convicción de que en el mundo hay secretos que el hombre debe respetar, precisamente porque saberlos es el privilegio de los dioses. Intentar escrutarlos y no creer en los dioses eran, pues, para el ateniense normal, una misma cosa. Cuanto acontece en el cielo es divino y, en consecuencia, la "meteorología", que aspiraba a penetrar el secreto de su origen, constitución y comportamientos, tenía que parecer una ocupación blasfema. La irritación del ?demos' no podía tardar. Y, en efecto, en el último tercio del siglo IV, los tres filósofos que aparecieron destacados en Atenas —Anaxágoras, Protágoras y Sócrates— o fueron expulsados o como este último "liquidado".

Origen y epílogo de la filosofía, y otros ensayos de filosofía,
José Ortega y Gasset.

El Pensador como Antagonista del Pueblo: Filosofía y Hostilidad Social en la Atenas Clásica


El surgimiento de la filosofía en la Atenas clásica no sólo marcó un hito en el desarrollo del pensamiento occidental, sino que también configuró un escenario de tensiones irreconciliables entre el pensador y su sociedad. En su esencia, la filosofía aspiraba a emancipar la mente del hombre, indagando en los fundamentos últimos de la realidad, el conocimiento y la moralidad. Sin embargo, en el contexto ateniense, este afán de búsqueda representó una amenaza directa al tejido religioso, político y cultural que sostenía a la polis. El “pensador”, con su inquietud indagadora, pronto se encontró marginado, acusado de subversión y sacrilegio, condenado por un demos que veía en él una figura antitética a los valores tradicionales. Ortega y Gasset captura este fenómeno con una precisión inquietante: la filosofía, en su intento por comprender lo que hasta entonces se consideraba exclusivo dominio de los dioses, transformaba al pensador en un enemigo del pueblo, una figura que debía ser vigilada, expulsada o destruida. Este ensayo busca explorar, desde una perspectiva histórica y conceptual, las razones de esta hostilidad y las implicaciones que tuvo para el desarrollo de la filosofía, utilizando el caso de Anaxágoras, Protágoras y Sócrates como paradigma de un conflicto universal entre el pensamiento crítico y el orden social establecido.

Para entender la reacción del demos ateniense, es necesario situarse en el marco de una religiosidad profundamente arraigada en la vida pública y privada de la polis. La religión griega, aunque carente de dogmas unificados, operaba como un sistema cultural y moral que ofrecía una explicación mítica del cosmos y una guía normativa para la conducta humana. Este sistema descansaba en la creencia de que ciertos misterios—el origen del universo, los fenómenos celestes, los principios de la vida y la muerte—pertenecían exclusivamente al ámbito de los dioses. Intentar penetrar esos misterios era considerado una transgresión de los límites impuestos por lo divino, una hybris que inevitablemente atraería la ira de los dioses y, por ende, el desastre colectivo. Así, el filósofo que buscaba “desmitologizar” el mundo, transformando los secretos divinos en objetos de especulación racional, se convertía en una amenaza no sólo para la religión, sino también para la estabilidad misma de la comunidad.

Anaxágoras, uno de los primeros filósofos en Atenas, representa un caso paradigmático de este conflicto. Al postular que el Sol no era un dios, sino una masa incandescente, y que la Luna carecía de luz propia, Anaxágoras desafiaba las creencias más fundamentales de sus contemporáneos. Su cosmología, basada en el nous (mente) como principio organizador del universo, intentaba desplazar las narrativas míticas con explicaciones racionales. Pero esta empresa filosófica le valió la acusación de impiedad y su posterior exilio. En este episodio se refleja no sólo el temor del demos a las ideas innovadoras, sino también su incapacidad para separar la búsqueda de conocimiento de la amenaza percibida a los valores tradicionales.

Por su parte, Protágoras enfrentó la hostilidad del demos al cuestionar la base epistemológica de las creencias religiosas. Su famoso dictum, “El hombre es la medida de todas las cosas”, relativizaba la verdad, sugiriendo que los juicios humanos, y no los mandatos divinos, eran el fundamento último de la realidad. Además, su agnosticismo declarado respecto a la existencia de los dioses (“De los dioses no puedo saber si existen o no”) fue considerado un ataque directo al orden sagrado. Las copias de su obra fueron quemadas en Atenas, y él mismo tuvo que huir para evitar la persecución. Protágoras ejemplifica cómo la filosofía, al desplazar el foco de lo trascendente hacia lo humano, socavaba la estructura jerárquica que sostenía a la polis y, en consecuencia, desataba la ira del pueblo.

Sin embargo, el caso más emblemático de esta tensión entre el pensador y la sociedad fue el de Sócrates, cuya condena a muerte en el 399 a.C. simboliza la culminación del conflicto entre la filosofía y el demos. Sócrates no sólo cuestionaba las creencias tradicionales, sino que, a través de su método dialéctico, ponía en entredicho las certezas de sus interlocutores, exponiendo la ignorancia que subyacía a las opiniones comúnmente aceptadas. Acusado de corromper a la juventud y de introducir nuevos dioses, Sócrates fue percibido como un peligro para la cohesión social y la estabilidad política de Atenas. Su negativa a retractarse o exiliarse, eligiendo en cambio beber la cicuta, constituye un acto de resistencia filosófica que subraya la incompatibilidad entre la búsqueda de la verdad y las demandas del orden establecido.

Esta hostilidad hacia los pensadores no era, sin embargo, exclusiva de Atenas ni de la filosofía griega. La figura del “intelectual” como antagonista de la sociedad ha reaparecido a lo largo de la historia, desde Giordano Bruno, quemado en la hoguera por sus ideas cosmológicas en la Europa renacentista, hasta los disidentes perseguidos en regímenes totalitarios del siglo XX. En todos estos casos, la dinámica subyacente es la misma: el pensador, al cuestionar las bases de la autoridad y proponer una visión alternativa de la realidad, amenaza la estructura de poder que define la identidad colectiva de una sociedad.

Sin embargo, sería un error interpretar este conflicto únicamente como un enfrentamiento entre la razón y la superstición. La hostilidad del demos hacia el filósofo también puede entenderse como una reacción defensiva frente a la incertidumbre y el caos que las ideas nuevas inevitablemente generan. Las sociedades humanas, al igual que los individuos, buscan estabilidad y coherencia en sus sistemas de creencias. La filosofía, con su capacidad para desmontar certezas y abrir preguntas sin respuesta, introduce una forma de desestabilización que muchos perciben como intolerable. En este sentido, la marginación del pensador es, en última instancia, un reflejo del miedo colectivo a lo desconocido, un miedo que se resiste a la transformación y que prefiere preservar el orden establecido, aun a costa del progreso intelectual.

A pesar de las resistencias y persecuciones, la filosofía logró sobrevivir y prosperar, precisamente porque el conflicto entre el pensador y la sociedad es también una fuente de dinamismo y renovación cultural. El legado de Anaxágoras, Protágoras y Sócrates no radica sólo en sus ideas específicas, sino en la actitud de cuestionamiento radical que encarnaron. Al negarse a aceptar los límites impuestos por la tradición, estos pensadores inauguraron una forma de pensamiento que, aunque constantemente amenazada, ha demostrado ser esencial para el desarrollo de la humanidad.

El caso ateniense, por tanto, no es sólo una anécdota histórica, sino una lección perpetua sobre el precio de la verdad y el valor del pensamiento crítico. La figura del pensador seguirá siendo vista, en muchos contextos, como un antagonista peligroso, pero también como un agente imprescindible de cambio. Y es precisamente en esa tensión, en ese choque entre el deseo de estabilidad y la necesidad de transformación, donde reside la esencia misma de la filosofía y su capacidad para iluminar los caminos inexplorados de la existencia humana.


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