En un mundo donde las certezas se desmoronan y las ideas se consumen con rapidez, la filosofía emerge como un faro constante, recordándonos que pensar no es solo un acto, sino un arte. Más allá de su riqueza teórica, es la herramienta que nos salva de caer en el abismo de lo irracional. ¿Qué sería de una sociedad sin preguntas incómodas, sin análisis profundo, sin crítica? Seríamos un eco vacío. La filosofía no solo analiza la realidad: la moldea, la reta, la trasciende. Es, y siempre será, la llama de la razón.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 
Aparte de la importancia que le da su propio contenido, la filosofía tiene un valor muy grande desde el punto de vista práctico. Habitúa al pensamiento a una actitud crítica. Allí donde no existe disciplina filosófica, el pensamiento baja de nivel, se extravía en concepciones arbitrarias, extrañas supersticiones aparecen sin control y el fanatismo florece en todas sus formas, con todas sus estrecheces y con todas sus violencias. En la lucha que la humanidad ha venido librando a través de su historia contra los fantasmas de lo irracional, la filosofía ha tenido la dirección firme con sus penetrantes análisis, con sus exigencias lógicas, con sus imposiciones de claridad y de orden. La filosofía ha sido y será, pues, siempre el supremo baluarte de la razón" («El mundo, el hombre y los valores»; La Paz: Juventud, 1992 [1950], página 10).

Guillermo Francovich

La Filosofía como Baluarte Supremo de la Razón


Desde la perspectiva expuesta por Guillermo Francovich, la filosofía no solo es valiosa por su contenido intrínseco, sino también por su impacto directo y práctico en la formación del pensamiento crítico y en la defensa de la razón frente a las fuerzas de lo irracional. En este contexto, resulta crucial explorar el papel histórico y contemporáneo de la filosofía, destacando su capacidad para estructurar el pensamiento humano y para enfrentar los desafíos derivados de la superstición, el fanatismo y la arbitrariedad. La filosofía, con sus exigencias de claridad, lógica y orden, se erige como una guía inquebrantable en el desarrollo de las civilizaciones, sosteniendo los ideales de la racionalidad frente a las amenazas que, de manera cíclica, intentan socavarlos.

A lo largo de la historia, el pensamiento filosófico ha sido una respuesta natural al caos y a la incertidumbre. Desde las primeras reflexiones presocráticas en la Grecia antigua, donde el hombre buscó dar sentido a su existencia y al cosmos, hasta los grandes sistemas filosóficos de la modernidad, la disciplina ha representado un esfuerzo por comprender y estructurar la realidad. Tales esfuerzos no han sido meramente especulativos. Por el contrario, han tenido un impacto directo en las formas de vida, las instituciones y los valores humanos. La filosofía, como advierte Francovich, constituye un mecanismo disciplinador del pensamiento. Allí donde ésta falta, la arbitrariedad y el dogmatismo encuentran un terreno fértil, produciendo concepciones deformadas de la realidad y prácticas sociales que a menudo desembocan en violencia y opresión.

En este sentido, la capacidad de la filosofía para fomentar una actitud crítica no puede subestimarse. En palabras de Francovich, la falta de una disciplina filosófica permite que el pensamiento se degrade. Esto se manifiesta en múltiples niveles: desde la aceptación irreflexiva de creencias infundadas hasta la propagación de ideologías que justifican actos de barbarie. La historia está repleta de ejemplos de cómo las sociedades han sucumbido a las fuerzas de lo irracional. Desde los tribunales de la Inquisición hasta los regímenes totalitarios del siglo XX, vemos cómo la ausencia de un pensamiento crítico robusto ha permitido que florezca el fanatismo en sus múltiples formas. Estos períodos oscuros subrayan la necesidad de contar con una filosofía que no solo explique, sino que también ilumine y oriente, exponiendo los peligros de las verdades absolutas y las soluciones fáciles.

El pensamiento filosófico, sin embargo, no se limita a señalar los errores del pasado o los peligros del presente. Su aporte más significativo radica en su capacidad para construir alternativas. La filosofía no es simplemente una herramienta destructiva que desarma lo irracional, sino también un proceso creativo que edifica nuevos paradigmas. Pensemos, por ejemplo, en la Ilustración, donde las exigencias de claridad y orden propias de la filosofía condujeron a una transformación radical de las sociedades occidentales. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que guiarían a los movimientos revolucionarios nacieron del esfuerzo filosófico por superar las jerarquías arbitrarias y las tradiciones injustificadas. Este fue un momento en la historia en el que la filosofía demostró su potencial para reformar el mundo, no solo el pensamiento.

Otro aspecto destacado por Francovich es la capacidad de la filosofía para analizar y desentrañar las contradicciones que subyacen en las creencias y prácticas humanas. Este análisis penetrante, que exige lógica y claridad, es una herramienta indispensable en el contexto actual. En un mundo caracterizado por la sobrecarga de información, las noticias falsas y las narrativas polarizantes, la filosofía ofrece un método riguroso para distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo plausible y lo improbable. Más aún, nos enseña a formular preguntas fundamentales sobre los valores que sustentan nuestras sociedades y las decisiones que tomamos en nuestras vidas individuales. Estas preguntas, aunque a menudo incómodas, son esenciales para evitar que caigamos en el conformismo intelectual o moral.

La filosofía, sin embargo, no es una disciplina estática ni cerrada. Su historia demuestra una capacidad inigualable para adaptarse y responder a las necesidades de su tiempo. Así como Sócrates desafió las creencias establecidas de Atenas en su época, los filósofos contemporáneos se enfrentan a cuestiones relacionadas con la inteligencia artificial, el cambio climático y las implicaciones éticas de la biotecnología. Estos desafíos no solo requieren soluciones técnicas, sino también una reflexión profunda sobre sus implicaciones para la humanidad y el planeta. En este contexto, la filosofía reafirma su papel como un baluarte supremo de la razón, capaz de enfrentar incluso las preguntas más complejas y urgentes de nuestro tiempo.

En última instancia, el valor práctico de la filosofía, como bien señala Francovich, reside en su capacidad para disciplinar el pensamiento, promover la claridad y la lógica, y ofrecer una dirección firme frente a lo irracional. Sin embargo, su impacto va más allá de lo inmediato. La filosofía también nos invita a imaginar nuevos horizontes, a cuestionar lo establecido y a perseguir ideales que, aunque inalcanzables, nos guían hacia una existencia más plena y significativa. Es, en este sentido, no solo un baluarte de la razón, sino también una expresión suprema de nuestra humanidad.


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