La figura del filósofo, tal como la retrata Platón en el Teeteto, se define por su inusual distancia respecto a los asuntos cotidianos de la ciudad. Más que ignorancia, esta actitud es una elección deliberada: el filósofo centra su mirada en lo eterno, midiendo el cosmos y explorando verdades universales, lejos de las urgencias políticas y sociales. Esta perspectiva no es un simple aislamiento, sino una búsqueda apasionada de lo trascendente, un viaje intelectual que desafía las distracciones del mundo terrenal y revela una vocación profundamente humana.


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES 
Imágenes DALL-E de OpenAI 
LOS VERDADEROS FILÓSOFOS ignoran desde su juventud el camino que conduce a la plaza pública. Los tribunales, donde se administra justicia, el paraje donde se reúne el Senado y los sitios donde se reúnen las asambleas populares, les son desconocidos. No tienen ojos ni oídos para ver y oír las leyes y decretos que se publican de viva voz o por escrito, y respecto a las facciones e intrigas para llegar a los cargos públicos, a las reuniones secretas, a las comidas y diversiones con los tocadores de flauta, no les viene al pensamiento concurrir a ellas ni aun por sueños. Nace uno de alto o bajo nacimiento en la ciudad, sucede a alguno una desgracia por la mala conducta de sus antepasados, varones o mujeres, y el filósofo no da más razón de estos hechos que del número de gotas de agua que hay en el mar. Ni sabe él mismo que ignora todo esto, porque si se abstiene de enterarse de ello no es por vanidad, sino que, a decir verdad, es porque está presente en la ciudad solo en cuerpo. En cuanto su alma, mirando todos estos objetos como indignos y no haciendo de ellos ningún caso, se pasea por todos los lugares, midiendo, según la expresión de Píndaro, lo que está por bajo y lo que está por cima de la tierra, se eleva hasta los cielos para contemplar allí el curso de los astros, y dirigiendo su mirada escrutadora a todos los seres del universo, no se baja a objetos que están inmediatos a aquella.

Platón,
Teéteto.

La Contemplación Filosófica como Distancia de lo Inmediato


El fragmento extraído del Teeteto de Platón nos ofrece una poderosa representación de la figura del filósofo como un ser que, habitando el espacio de la ciudad, está sin embargo ausente de sus afanes más inmediatos. Este retrato, tan vívido en su separación entre el cuerpo y el alma, señala no solo una crítica implícita a la vida pública y política, sino también una exaltación de la búsqueda del conocimiento puro, de lo trascendental, y del eterno afán por comprender las verdades más elevadas. En este ensayo, nos proponemos explorar el núcleo de esta idea, ampliándola y ubicándola en una discusión más amplia que incluya la filosofía como praxis, el papel del conocimiento abstracto en la vida cotidiana, y el lugar del filósofo en las dinámicas de la sociedad.


La mirada elevada del filósofo: entre lo universal y lo particular


En la descripción platónica, el filósofo es retratado como un ser que, en su devoción a las grandes cuestiones del universo, ignora las menudencias de la vida política y social. Tal distancia no debe ser interpretada, como Platón señala, como una actitud de soberbia o desprecio hacia lo terrenal, sino como una consecuencia natural de la orientación de su espíritu hacia los objetos de mayor relevancia. Para el filósofo, el cosmos —y no la polis— constituye el verdadero escenario de la existencia, un espacio donde la razón puede desplegarse sin las ataduras de las pasiones y las contingencias.

Esta perspectiva encuentra un eco en la noción aristotélica de la theoría, una vida dedicada a la contemplación como el estado más elevado del alma racional. Sin embargo, mientras Aristóteles reconoce la importancia de la vida política como una condición para la plenitud humana, Platón radicaliza su separación entre el dominio de lo sensible y el mundo de las ideas. En su retrato, el filósofo que se pasea “por todos los lugares” del cosmos encarna una ruptura con el horizonte inmediato, pues su mirada escrutadora no puede detenerse en la inmediatez de las leyes, los tribunales o las intrigas políticas.


El precio de la abstracción: entre la soledad y la incomprensión


No obstante, esta orientación hacia lo universal implica costos significativos. El filósofo, según Platón, no solo desconoce la vida política, sino que ni siquiera se da cuenta de que la desconoce. Esto implica una desconexión radical, no solo con los asuntos prácticos de la polis, sino también con los individuos que la habitan. En este sentido, el filósofo aparece como una figura aislada, cuyo compromiso con lo trascendental le lleva a perder de vista las complejidades y sufrimientos que marcan la experiencia humana inmediata.

Un ejemplo paradigmático de esta desconexión puede encontrarse en la figura histórica de Sócrates, quien, a pesar de su profunda influencia en el pensamiento de sus contemporáneos, fue acusado de corromper a la juventud y de no reconocer los dioses de la ciudad. Su juicio y condena reflejan las tensiones que surgen cuando la filosofía, con su vocación universalista, entra en conflicto con las expectativas y valores de la comunidad. La incomprensión que enfrentó Sócrates es, en última instancia, un testimonio de las dificultades inherentes a la tarea filosófica: el intento de trascender lo inmediato puede ser percibido como una amenaza para aquellos que están profundamente arraigados en las realidades concretas de la vida cotidiana.


Filosofía y política: un conflicto irresoluble


La tensión entre la vida contemplativa y la participación en la esfera pública es un tema recurrente en la tradición filosófica. Si bien Platón presenta al filósofo como un ser esencialmente apolítico, en obras como la República propone un modelo en el que los filósofos-reyes, precisamente por su conocimiento de las ideas, están mejor capacitados para gobernar. Esta aparente contradicción resalta la ambigüedad de la relación entre filosofía y política: aunque el conocimiento filosófico parece incompatible con las dinámicas del poder, también es visto como una fuente de legitimidad para el liderazgo.

En el contexto moderno, esta tensión se manifiesta en el debate sobre el papel de los intelectuales en la vida pública. La noción del filósofo como un observador distante, ajeno a las contingencias de su tiempo, contrasta con la figura del intelectual comprometido, que utiliza su conocimiento para influir en la sociedad. Pensadores como Hannah Arendt y Michel Foucault han reflexionado sobre este dilema, subrayando la necesidad de equilibrar la reflexión teórica con la acción práctica. Arendt, en particular, advierte contra el peligro de una filosofía que se aísla del mundo, argumentando que la verdadera libertad solo puede alcanzarse en el ámbito público, a través de la interacción con los demás.


El filósofo en la ciudad contemporánea


En la actualidad, el ideal platónico del filósofo como un ser dedicado exclusivamente a la contemplación puede parecer anacrónico, especialmente en un mundo caracterizado por la interconexión y la urgencia de enfrentar problemas globales como el cambio climático, las desigualdades económicas y los conflictos políticos. Sin embargo, la idea de que el filósofo debe adoptar una perspectiva más amplia, trascendiendo las limitaciones de su tiempo y lugar, sigue siendo relevante.

El desafío contemporáneo radica en reconciliar esta visión con la necesidad de participar en las luchas concretas de la humanidad. Un ejemplo notable de esta reconciliación puede encontrarse en figuras como Albert Schweitzer, quien combinó su labor como filósofo y teólogo con un compromiso práctico en la medicina y la ética aplicada. Su concepto de “reverencia por la vida” ejemplifica cómo la filosofía puede informar y guiar acciones que tienen un impacto directo en el bienestar humano.


La contemplación como resistencia


Por último, cabe destacar que la figura del filósofo platónico no solo representa una desconexión con la vida política, sino también una forma de resistencia frente a las presiones y distracciones del mundo. En un sentido, la búsqueda de lo universal puede interpretarse como un acto de rebelión contra la superficialidad y el ruido de lo inmediato. En un mundo saturado de información y urgencias, la capacidad de elevar la mirada y reflexionar sobre las cuestiones más fundamentales de la existencia es, en sí misma, un gesto profundamente subversivo.

Al ignorar las facciones y las intrigas, el filósofo no solo se aleja de la banalidad de la vida política, sino que también afirma la importancia de un espacio interior donde la razón y la imaginación pueden operar sin restricciones. Este espacio, que Platón describe como el ámbito del alma, es esencial para la creación de nuevas formas de pensar y de vivir. Así, lejos de ser una figura irrelevante o desconectada, el filósofo puede ser visto como un guardián de las posibilidades humanas más elevadas.

En última instancia, la figura del filósofo platónico nos invita a cuestionar nuestras propias prioridades y a reflexionar sobre el lugar del conocimiento y la contemplación en nuestras vidas. Al igual que los astros que contempla desde su distancia infinita, su ejemplo nos recuerda que, aunque estamos inmersos en lo inmediato, nuestra verdadera vocación puede encontrarse en lo eterno.


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES 

#Filosofía
#Platón
#Sócrates
#ConocimientoUniversal
#VidaContemplativa
#PensamientoTrascendental
#FilosofíaAntigua
#TeoríaPlatónica
#FilosofíaYPensamiento
#ReflexiónFilosófica
#FilosofíaYPoder
#TradiciónFilosófica


Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.