En el bullicio de una sociedad que glorifica la ambición y la conquista, pocas veces nos detenemos a cuestionar el precio oculto de este afán: una mente atrapada en las cadenas del “yo”. ¿Qué sucede cuando el pensamiento, en lugar de liberarnos, se convierte en el arquitecto de nuestras divisiones y sufrimientos? J. Krishnamurti nos invita a explorar una revolución radical, no política ni ideológica, sino profundamente interior, donde el verdadero cambio no reside en reformar la sociedad, sino en trascenderla desde el corazón de nuestra conciencia.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

El Yo como Obstáculo: Reflexiones sobre la Libertad y la Transformación Interior”


Pensar es esencial. Pero cuando la mente está ocupada con la codicia, con la envidia, con todo el proceso del “yo, entonces es evidente que todo el proceso está corrompido, y toda sociedad basada en ese pensamiento degenera inevitablemente. El pensar en el cual se cultiva el “yo” como virtud, como respetabilidad, como conformidad, llega a ser un impedimento para descubrir lo que es real.  Por eso es importante que se realice en la mente una revolución religiosa, y eso sólo puede producirse cuando vosotros y yo ya no pertenecemos a la sociedad. Esto no quiere decir que nos pongamos un taparrabos y nos retiremos a un albergue.  Significa separarse  por completo, interiormente, de todo  afán adquisitivo. Significa no ser codicioso, ambicioso, no perseguir el poder, de modo que no haya un “yo” convirtiéndose en algo, ya sea mundano o espiritual. La mayor parte de nosotros escucha con una mente ya preparada o cargada de pre-conceptos, o bien escuchamos para encontrar un argumento polémico, y muy pocos escuchan con atención, con libertad; pero es sólo cuando inquirimos libremente , sin estar atados a ninguna creencia,  que la mente puede hallar la verdad en cualquier problema.

"La Crisis del Hombre", J.Krishnamurti.

La Revolución Interior: El Pensamiento, el “Yo” y la Verdad


Pensar, esa capacidad única del ser humano, es el eje central de nuestra existencia. Es el motor que impulsa nuestra relación con el mundo, con los demás y con nosotros mismos. Sin embargo, como señala J. Krishnamurti, pensar también puede ser una trampa, una herramienta que, cuando se utiliza desde la distorsión del ego, corrompe no sólo a la mente individual, sino a toda la estructura social. En este sentido, es crucial analizar cómo el pensamiento alimentado por el “yo” genera una sociedad en constante degeneración, y cómo una revolución interior puede abrir el camino hacia una comprensión más profunda de la verdad. Este ensayo se adentra en el significado de dicha revolución, cuestionando las nociones tradicionales de respeto, virtud y conformidad, para explorar la posibilidad de un cambio radical en nuestra manera de relacionarnos con el pensamiento, el deseo y la realidad.

La sociedad contemporánea está fundamentada en una estructura de pensamiento orientada hacia el afán adquisitivo. Esto no se limita al ámbito material, sino que también incluye la búsqueda de prestigio, reconocimiento y poder. Este tipo de pensamiento perpetúa la fragmentación, porque se centra en el “yo”, ese núcleo ilusorio que separa al individuo de los demás y del mundo. La codicia y la envidia son manifestaciones evidentes de esta dinámica, pero el problema radica más profundamente en la forma en que el pensamiento refuerza continuamente la idea de un “yo” que necesita convertirse en algo. En este proceso, la mente queda atrapada en una espiral interminable de comparaciones, logros y fracasos, alejándose de lo que Krishnamurti llama “lo real”.

El pensamiento, cuando está motivado por el ego, se convierte en una herramienta de división. Divide al individuo de su entorno, lo enfrenta a otros y, paradójicamente, lo aliena incluso de sí mismo. La sociedad, basada en esta estructura de pensamiento, valida y celebra estas divisiones al promover valores como la competitividad, la ambición y la acumulación, considerándolos indicadores de éxito y virtud. Pero, como Krishnamurti señala, una sociedad construida sobre estas premisas está condenada a degenerar, porque perpetúa la explotación, la violencia y el conflicto. El pensamiento centrado en el ego no puede producir una sociedad justa ni una mente verdaderamente libre.

La verdadera revolución, entonces, no es política ni social en el sentido convencional; es una revolución religiosa en el sentido más profundo del término. Pero esta revolución no implica adherirse a dogmas, credos o instituciones religiosas. De hecho, implica una completa independencia interior de toda estructura ideológica. Esto requiere una ruptura radical con el paradigma del pensamiento orientado hacia el “yo”. No se trata de retirarse físicamente de la sociedad, como aclara Krishnamurti, sino de separarse internamente de los valores que la sostienen. Esta separación interior no es un acto de rebeldía superficial, sino una transformación profunda que surge de la comprensión directa de la naturaleza del pensamiento y del ego.

Esta revolución comienza con la capacidad de observar el pensamiento sin identificarse con él. Es decir, mirar cómo surge el deseo, cómo opera la envidia, cómo el pensamiento fabrica la idea de un “yo” separado, y hacerlo sin juicio ni resistencia. Esta observación requiere una atención plena, una mente libre de prejuicios y creencias. Es aquí donde se encuentra el verdadero desafío: la mayoría de nosotros escucha, observa o piensa con una mente condicionada por la cultura, la educación y las experiencias pasadas. Escuchamos no para comprender, sino para confirmar lo que ya creemos, o para refutar lo que nos incomoda. Esta actitud no permite el descubrimiento; sólo perpetúa la repetición de lo conocido.

En cambio, una mente verdaderamente libre es capaz de inquirir sin estar atada a ninguna conclusión previa. Este estado de libertad no es un logro que pueda obtenerse mediante el esfuerzo o la voluntad; es el resultado natural de una comprensión profunda de cómo el pensamiento opera. Cuando la mente comprende que el “yo” no es más que una construcción del pensamiento, deja de perseguir metas basadas en esa ilusión. Esta comprensión no significa anular el pensamiento, sino transformarlo: el pensamiento, liberado del ego, se convierte en una herramienta para explorar y relacionarse con el mundo, en lugar de ser un instrumento de división.

El impacto de esta revolución interior va más allá del individuo. Cuando uno deja de estar motivado por la codicia, la ambición o el deseo de poder, sus relaciones con los demás cambian radicalmente. Surge una cualidad de atención y compasión que no está basada en ideales, sino en una percepción directa de la interconexión de todas las cosas. Esta transformación, aunque comienza en el individuo, tiene implicaciones sociales profundas. Una sociedad compuesta por individuos libres del ego sería una sociedad sin explotación, sin violencia, sin conflictos basados en la comparación y la acumulación.

El obstáculo principal para esta transformación es la resistencia del propio pensamiento. El ego, al ser una construcción del pensamiento, teme su propia disolución. Por ello, busca constantemente reafirmarse, ya sea a través del logro material, el prestigio espiritual o la adherencia a ideologías. Incluso la búsqueda de la iluminación puede convertirse en una trampa del ego, cuando se persigue como un objetivo a alcanzar. Esto subraya la importancia de una atención constante, una vigilancia sobre cómo opera el pensamiento en cada momento. Sólo cuando la mente está completamente atenta, sin distracciones ni escapatorias, puede percibir la verdad directamente.

La verdad, en este contexto, no es una idea ni una creencia; es algo que sólo puede ser descubierto en el momento presente, cuando la mente está libre de todo condicionamiento. Esta libertad no es el resultado de una práctica o disciplina, sino de una comprensión inmediata de lo que es. Como señala Krishnamurti, la verdad no puede ser encontrada a través del esfuerzo, porque cualquier esfuerzo está motivado por el deseo, y el deseo es una proyección del ego. La verdad sólo puede ser percibida por una mente que esté completamente quieta, en un estado de atención plena.

En última instancia, la revolución interior de la que habla Krishnamurti no es un ideal lejano ni un logro reservado para unos pocos. Es una posibilidad siempre presente, accesible para cualquiera que esté dispuesto a mirar profundamente en la naturaleza de su propio pensamiento. Esta revolución no requiere abandonar la sociedad, sino trascenderla internamente, liberándose de los valores y creencias que perpetúan la división y el conflicto. Al hacerlo, no sólo transformamos nuestra relación con nosotros mismos, sino también con el mundo, creando la posibilidad de una sociedad basada en la comprensión, la compasión y la verdad.

El pensamiento, cuando está libre del “yo”, deja de ser un impedimento para descubrir lo real y se convierte en un puente hacia una existencia más plena, más auténtica. La verdadera libertad no reside en el acto de elegir entre opciones predefinidas, sino en liberarse de la necesidad misma de elección, porque la mente, en su estado natural, es claridad y totalidad. En esta claridad, la verdad no es algo que se busca, sino algo que simplemente se revela. Y es en esta revelación donde comienza y culmina la auténtica revolución religiosa.


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