En 1973, El Exorcista no solo aterrorizó al público; moldeó creencias, reavivó dogmas y reveló cómo el cine puede ser más que entretenimiento: una poderosa herramienta de influencia cultural. En una época de caos social, esta obra no solo enfrentó al espectador con el mal sobrenatural, sino que lo llevó a reflexionar sobre su fe, sus miedos y la fragilidad de sus certezas. ¿Es el terror un reflejo de nuestros demonios internos o una narrativa diseñada para controlarnos? Aquí exploramos sus profundidades.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
Cine y Propaganda: Reflexiones sobre lo que nos cuentan las películas
Estrenada en 1973, El exorcista no es solo una de las películas más icónicas de la historia del cine de terror, sino un espejo cultural que refleja las tensiones sociales, religiosas y políticas de su época. Dirigida por William Friedkin y basada en la novela de William Peter Blatty, esta obra trasciende el simple relato de posesión demoníaca para convertirse en un vehículo cargado de significados explícitos e implícitos que invitan a una profunda reflexión sobre el cine como herramienta de transmisión ideológica.
En el contexto de su lanzamiento, Estados Unidos atravesaba un periodo de crisis sin precedentes. La Guerra de Vietnam, el escándalo del Watergate y el desencanto generalizado hacia las instituciones sembraban un clima de incertidumbre. Este caos social coincidía con una transformación cultural en la que los valores tradicionales eran desafiados por movimientos de liberación sexual y cambios en los roles de género, lo que colocaba a la religión, y especialmente al cristianismo, en el centro del debate. El exorcista, en este entorno, funcionó como un refugio ideológico, presentando una narrativa en la que el bien y el mal estaban claramente delineados y donde la fe, personificada en los sacerdotes católicos, surgía como una fuerza esencial para restablecer el orden.
La historia superficialmente presenta un relato de horror: una niña, Regan, poseída por un demonio, y dos sacerdotes que arriesgan sus vidas para liberar su alma a través de un exorcismo. Sin embargo, en su núcleo, la película opera en múltiples niveles. El mensaje explícito recalca la idea de que la verdadera lucha contra el mal no es meramente física, sino espiritual, y que la fe es el único escudo ante las fuerzas oscuras. Este mensaje, aunque poderoso, está diseñado para reafirmar valores religiosos tradicionales, algo que resulta particularmente relevante en una época donde dichos valores se encontraban en declive.
Sin embargo, lo que convierte a El exorcista en una obra profundamente interesante es su capacidad para entrelazar mensajes implícitos que, al ser analizados, revelan un propósito ideológico mucho más amplio. Uno de los elementos más destacados es el regreso al catolicismo como guía moral. En un momento en que las religiones tradicionales enfrentaban cuestionamientos, la película refuerza la figura de la Iglesia Católica como la única institución capaz de enfrentar el mal absoluto. Este posicionamiento no es accidental; más bien, es un intento deliberado de reinstaurar la relevancia del catolicismo en un mundo que comenzaba a mirar hacia otras formas de espiritualidad o incluso hacia un rechazo absoluto de la religión organizada.
Además, la representación del mal como algo externo, encarnado en la posesión demoníaca, desvía la atención de las causas humanas y sistémicas del sufrimiento. En un periodo de convulsión política y social, donde el origen del caos bien podría estar vinculado a las decisiones de gobiernos, instituciones y estructuras de poder, El exorcista opta por una narrativa más cómoda, externalizando el mal en una figura sobrenatural. Esto, lejos de ser inocente, opera como un mecanismo de control, que invita al espectador a buscar soluciones en lo divino en lugar de cuestionar las estructuras sociales y políticas de la realidad.
Otro aspecto relevante es la centralidad de los héroes masculinos como salvadores sacrificados. Aunque Chris, la madre de Regan, tiene un papel activo, es en los sacerdotes, particularmente en el padre Karras, en quienes recae la responsabilidad de salvar a la niña. Esta construcción no solo refuerza una narrativa patriarcal donde el hombre asume el rol de protector, sino que también sugiere que la redención y el sacrificio son valores exclusivamente masculinos.
El impacto de El exorcista en la sociedad fue monumental. Su estreno generó un fenómeno cultural que trascendió la pantalla, convirtiéndose en un tema de conversación global. El terror visceral que provocaba en los espectadores no solo revitalizó el interés por lo espiritual y lo sobrenatural, sino que también estableció un estándar para el género de terror en las décadas siguientes. Sin embargo, el verdadero alcance de su influencia reside en su capacidad para reafirmar dogmas religiosos y consolidar la idea de que solo instituciones tradicionales como la Iglesia pueden ofrecer consuelo y orden frente a lo desconocido.
Desde una perspectiva contemporánea, la relevancia de El exorcista sigue siendo significativa, aunque también se presta a una crítica más profunda sobre el papel del cine en la construcción de discursos ideológicos. En una época donde los discursos religiosos y culturales están más fragmentados, esta película es un recordatorio de cómo el cine no solo refleja los miedos de una sociedad, sino que también actúa como un agente activo en la formación de esos miedos. Su narrativa implícita, que refuerza la dependencia en instituciones tradicionales y desvía el cuestionamiento social hacia lo sobrenatural, es un ejemplo claro de cómo las películas pueden funcionar como propaganda sutil.
Así, El exorcista no debe analizarse únicamente como una obra maestra del cine de terror, sino como un fenómeno cultural y político que utilizó el lenguaje del miedo para influir en las percepciones colectivas. Su capacidad para manipular emociones y reafirmar valores específicos es un testimonio del poder del cine como herramienta ideológica. Al observarla desde la distancia histórica, podemos cuestionar no solo qué nos aterrorizó en ese momento, sino qué se nos estaba intentando decir y, quizás más importante, qué se estaba omitiendo.
El exorcista nos recuerda que cada película es un diálogo con su tiempo, y en ese diálogo, a menudo se esconden los verdaderos miedos, esperanzas e intenciones de una sociedad.
“El mal nunca ha sido tan real. La fe nunca ha sido tan necesaria. Una lucha entre lo sagrado y lo profano que cambiará para siempre el cine y tus pesadillas. Esta no es solo una película… es una experiencia que te poseerá.”
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