En la visión de Karl Marx, la historia no es un relato lineal ni un simple registro de eventos, sino un campo de tensión entre el pasado que persiste y las fuerzas que buscan transformarlo. Los individuos actúan dentro de condiciones heredadas que limitan y moldean sus posibilidades, pero también pueden subvertirlas. Esta dialéctica entre tradición y cambio revela cómo el pasado no solo oprime, sino que también puede ser resignificado en la lucha por una nueva realidad.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.
Karl Marx
La dialéctica de la historia y la sombra del pasado en la obra de Karl Marx
Karl Marx, en su reflexión sobre el proceso histórico, plantea una idea fundamental que trasciende la mera descripción de los hechos para adentrarse en la naturaleza misma de la acción humana y su relación con el pasado. La afirmación de que los hombres hacen su propia historia, pero no bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas que les han sido legadas por el pasado, revela una tensión dialéctica entre la agencia humana y el peso de la tradición. Esta tensión no es meramente anecdótica, sino que constituye el núcleo de la comprensión marxista de la historia como un proceso dinámico y conflictivo, en el que las fuerzas del cambio y la continuidad se entrelazan de manera compleja.
En primer lugar, Marx subraya que los individuos no actúan en un vacío histórico, sino que están condicionados por las circunstancias materiales e ideológicas que heredan. Estas circunstancias no son neutrales; por el contrario, están cargadas de significados y estructuras de poder que han sido construidas a lo largo de generaciones. La tradición, entendida como el conjunto de prácticas, ideas y relaciones sociales que han sido transmitidas de una generación a otra, opera como una fuerza que limita y moldea las posibilidades de acción. En este sentido, el pasado no es simplemente un conjunto de eventos que han quedado atrás, sino una presencia activa que influye en el presente. Marx utiliza la metáfora de la “pesadilla” para describir cómo la tradición de las generaciones muertas oprime el cerebro de los vivos. Esta imagen sugiere que el pasado no es algo que pueda ser fácilmente superado o ignorado; por el contrario, se impone sobre la conciencia de los individuos, condicionando sus pensamientos y acciones.
Sin embargo, Marx no concibe esta relación con el pasado como una determinación absoluta. Por el contrario, insiste en que los hombres tienen la capacidad de transformar su realidad, aunque esta transformación siempre se da en el marco de las circunstancias heredadas. Este es un punto crucial en su pensamiento: la historia no es un proceso mecánico o predeterminado, sino el resultado de la interacción entre las condiciones objetivas y la acción subjetiva de los individuos. En este sentido, la historia es un campo de lucha en el que las fuerzas del cambio y la conservación se enfrentan constantemente.
Uno de los aspectos más interesantes de la reflexión de Marx es su análisis de cómo, en momentos de crisis revolucionaria, los actores históricos recurren al pasado para legitimar sus acciones. Este fenómeno, que Marx describe como una especie de “conjuro” de los espíritus del pasado, revela una paradoja fundamental: incluso cuando los individuos buscan romper con el pasado y crear algo nuevo, terminan apelando a él para dar sentido a sus acciones. Así, por ejemplo, la Revolución Francesa de 1789 se presentó como una restauración de los valores de la República Romana, mientras que Napoleón se erigió como heredero del Imperio Romano. De manera similar, la Revolución de 1848 recurrió a los símbolos y consignas de 1789, en un intento de legitimarse a través de la invocación de un pasado revolucionario.
Este recurso al pasado no es simplemente una estrategia retórica o propagandística; por el contrario, refleja una limitación profunda en la capacidad de los individuos para imaginar y construir un futuro radicalmente diferente. Marx compara este fenómeno con el proceso de aprendizaje de un nuevo idioma: al principio, el aprendiz traduce las nuevas palabras a su idioma nativo, y solo gradualmente logra asimilar el espíritu del nuevo idioma y expresarse libremente en él. De manera análoga, los revolucionarios, en su intento de crear algo nuevo, terminan traduciendo sus ideas y aspiraciones al lenguaje del pasado, y solo con el tiempo logran superar esta dependencia y desarrollar formas auténticamente nuevas de pensamiento y acción.
Esta dialéctica entre el pasado y el presente, entre la tradición y la innovación, es central en la concepción marxista de la historia. Marx no ve el pasado como algo que deba ser simplemente rechazado o superado, sino como un elemento que, aunque condiciona la acción humana, también puede ser transformado y reinterpretado. En este sentido, la historia no es un proceso lineal o acumulativo, sino un campo de conflicto en el que las fuerzas del cambio y la continuidad se entrelazan de manera compleja.
Además, esta perspectiva tiene implicaciones profundas para la comprensión de la agencia humana. Marx rechaza tanto la idea de que los individuos son completamente libres para moldear su destino como la noción de que están completamente determinados por las circunstancias históricas. Por el contrario, insiste en que la libertad humana solo puede realizarse en el marco de las condiciones materiales e ideológicas existentes, y que la transformación de estas condiciones es una tarea colectiva que requiere tanto la comprensión del pasado como la imaginación de un futuro diferente.
En este sentido, la reflexión de Marx sobre la relación entre el pasado y el presente no es simplemente una teoría abstracta, sino una herramienta para la acción política. Al entender cómo el pasado condiciona el presente, los individuos pueden desarrollar estrategias más efectivas para transformar su realidad. Esto implica no solo una crítica de las estructuras de poder existentes, sino también una reinterpretación creativa de la tradición, en la que los elementos del pasado sean resignificados y puestos al servicio de un proyecto de emancipación.
En última instancia, la idea de Marx de que los hombres hacen su propia historia, pero no bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, es una invitación a pensar la historia como un proceso abierto y contingente, en el que el pasado y el presente están en constante diálogo. Esta perspectiva no solo enriquece nuestra comprensión de la historia, sino que también nos desafía a imaginar nuevas formas de acción política que sean capaces de superar las limitaciones del pasado sin caer en la ilusión de que podemos empezar desde cero.
En este sentido, la obra de Marx sigue siendo una fuente de inspiración y un desafío para todos aquellos que buscan entender y transformar el mundo en el que vivimos.
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