En El hombre y lo divino (1955), María Zambrano teje una reflexión donde la filosofía y la mística se entrelazan en la búsqueda de sentido. Lo divino no es solo un concepto, sino una presencia que interpela, desestabiliza y transforma al ser humano. En un mundo que ha exiliado lo sagrado, Zambrano invita a recuperar la dimensión trascendente de la existencia. Su obra no es un tratado abstracto, sino un viaje íntimo hacia el misterio, donde razón y poesía dialogan en la frontera de lo inefable.


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El hombre y lo divino en la obra de María Zambrano (1955)


María Zambrano, una de las filósofas españolas más destacadas del siglo XX, aborda en su obra El hombre y lo divino (1955) una reflexión profunda y poética sobre la relación entre el ser humano y aquello que trasciende su existencia inmediata. Este texto, que se sitúa en el cruce entre la filosofía, la literatura y la mística, explora la tensión inherente entre lo humano y lo divino, entre la finitud y la eternidad, entre la razón y el misterio. Zambrano, heredera de la tradición filosófica española que incluye a figuras como Unamuno y Ortega y Gasset, pero también influenciada por el pensamiento griego y la mística cristiana, construye un discurso que busca desentrañar la esencia de lo humano a través de su relación con lo sagrado. Su propuesta no es simplemente una disertación teórica, sino un intento de recuperar la dimensión espiritual del ser humano en un mundo cada vez más secularizado y dominado por la razón instrumental.

En El hombre y lo divino, Zambrano parte de una premisa fundamental: el ser humano es un ser en busca de sentido, un ser que no puede contentarse con la mera materialidad de su existencia. Esta búsqueda de sentido lo lleva a confrontarse con lo divino, entendido no necesariamente como un dios personal o una entidad religiosa específica, sino como aquello que trasciende lo inmediato y lo visible. Lo divino, en este sentido, es lo inefable, lo misterioso, aquello que no puede ser completamente capturado por la razón ni por el lenguaje. Zambrano subraya que esta relación entre el hombre y lo divino no es estática ni unidireccional, sino dinámica y dialéctica. El ser humano no solo busca lo divino, sino que también es buscado por él, en un movimiento recíproco que define su existencia.

Una de las ideas centrales de Zambrano es que lo divino no puede ser reducido a una mera proyección de lo humano. Frente a las interpretaciones antropomórficas de lo sagrado, que ven en los dioses una extensión de las necesidades y deseos humanos, Zambrano propone que lo divino es algo radicalmente otro, algo que irrumpe en la existencia humana y la transforma. Esta irrupción no es siempre pacífica ni consoladora; por el contrario, puede ser violenta y desestabilizadora. Lo divino, en su alteridad, cuestiona y desafía las certezas del ser humano, obligándolo a confrontarse con su propia finitud y con los límites de su comprensión. En este sentido, Zambrano se acerca a la noción de lo sagrado desarrollada por pensadores como Rudolf Otto, quien hablaba de lo numinoso como algo a la vez fascinante y terrible.

Sin embargo, Zambrano no se limita a describir la relación entre el hombre y lo divino en términos de confrontación o tensión. Para ella, esta relación también tiene un carácter creativo y redentor. Lo divino, al interpelar al ser humano, lo saca de su ensimismamiento y lo abre a una dimensión más amplia de la realidad. Esta apertura no es simplemente intelectual, sino existencial: implica una transformación profunda del ser humano, un renacimiento espiritual. Zambrano utiliza la imagen del “homo viator”, el hombre como caminante, para ilustrar esta idea. El ser humano es un peregrino en busca de lo divino, pero esta búsqueda no tiene un destino final ni una meta clara; es un viaje sin término, un constante devenir. En este sentido, lo divino no es un punto de llegada, sino un horizonte que siempre se desplaza y que invita al ser humano a seguir avanzando.

La obra de Zambrano también aborda la cuestión del lenguaje y su capacidad (o incapacidad) para expresar lo divino. Frente a la tradición filosófica occidental, que ha privilegiado la razón y el discurso lógico como herramientas para comprender la realidad, Zambrano propone una aproximación más poética y simbólica. El lenguaje racional, según ella, es insuficiente para capturar la complejidad y la profundidad de lo divino. En su lugar, Zambrano recurre a la metáfora, al símbolo y al mito como formas de expresión más adecuadas para abordar lo inefable. Esta preferencia por lo poético no es un rechazo de la razón, sino un reconocimiento de sus límites. Para Zambrano, la razón y la poesía no son opuestas, sino complementarias: la primera nos permite ordenar y comprender el mundo, mientras que la segunda nos conecta con lo que está más allá de él.

En este contexto, Zambrano rescata la importancia de los mitos y los símbolos religiosos como vehículos para acceder a lo divino. Los mitos, lejos de ser meras ficciones o supersticiones, son expresiones profundas de la experiencia humana de lo sagrado. A través de ellos, el ser humano ha intentado dar sentido a su existencia y a su relación con lo trascendente. Zambrano subraya que los mitos no deben ser interpretados literalmente, sino como claves simbólicas que apuntan hacia una realidad más profunda. En este sentido, su pensamiento se acerca al de autores como Mircea Eliade, quien veía en los mitos una forma de conocimiento sagrado.

Otro aspecto fundamental de El hombre y lo divino es la crítica que Zambrano hace a la modernidad y su tendencia a desacralizar el mundo. Para ella, la secularización no es simplemente un proceso histórico inevitable, sino una pérdida de dimensión espiritual que empobrece la existencia humana. La modernidad, al privilegiar la razón instrumental y el dominio técnico de la naturaleza, ha olvidado la importancia de lo sagrado y ha reducido al ser humano a un mero productor y consumidor. Frente a esta visión reduccionista, Zambrano propone una recuperación de lo divino como una forma de restablecer el equilibrio y la plenitud de la existencia humana. Esta recuperación no implica un retorno ingenuo a las formas tradicionales de religiosidad, sino una reintegración de lo sagrado en la vida cotidiana, una reconciliación entre lo humano y lo divino.

En este sentido, Zambrano se sitúa en una tradición de pensamiento que incluye a autores como Martin Heidegger y Paul Tillich, quienes también criticaron la desacralización del mundo moderno y abogaron por una recuperación de lo sagrado. Sin embargo, Zambrano se distingue por su enfoque más poético y existencial, que privilegia la experiencia personal y la búsqueda interior sobre las construcciones teóricas abstractas. Para ella, lo divino no es un concepto que pueda ser definido o sistematizado, sino una realidad viva que se manifiesta en la experiencia humana de lo misterioso y lo trascendente.

En última instancia, El hombre y lo divino es una invitación a repensar la relación entre el ser humano y lo sagrado en un mundo que parece haber olvidado su importancia. Zambrano nos recuerda que lo divino no es algo ajeno o lejano, sino una dimensión esencial de la existencia humana. Su obra es un llamado a recuperar esta dimensión, no como una forma de escapismo, sino como una manera de profundizar en nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

En un momento histórico marcado por la crisis de sentido y la fragmentación de la experiencia humana, el pensamiento de Zambrano ofrece una perspectiva esperanzadora y transformadora, que nos invita a reencontrarnos con lo sagrado y, a través de él, con nuestra propia humanidad.


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