La indiferencia es un veneno silencioso que corroe los lazos comunitarios, convirtiendo el sufrimiento ajeno en una sombra invisible. Cuando el miedo o la comodidad nos llevan a ignorar al vulnerable, tejemos con nuestras manos la tragedia del arrepentimiento tardío. Esta reflexión nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿cuántas veces hemos dejado atrás a quienes más nos necesitaban? En esta historia, la exclusión no solo condena a la víctima, sino que marca para siempre a quienes la abandonaron.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 
La serpiente mordió a la gallina, y con el veneno ardiendo en su cuerpo, buscó refugio en su gallinero. 

Pero las demás gallinas prefirieron expulsarla para que el veneno no se propagara.

La gallina salió cojeando, llorando de dolor. No por la mordida, sino por el abandono y el desprecio de su propia familia en el momento en que más los necesitaba.

Así se fue... ardiendo de fiebre, arrastrando una de sus patas, vulnerable a las noches frías.

Con cada paso, una lágrima caía.

Las gallinas en el gallinero la vieron alejarse, observando cómo desaparecía en el horizonte. Algunas decían entre sí:

— Que se vaya... Morirá lejos de nosotras.

Y cuando la gallina finalmente se desvaneció en la inmensidad del horizonte, todas estaban seguras de que había fallecido.
Algunas incluso miraban al cielo, esperando ver buitres volando.
Pasó el tiempo.

Mucho después, un colibrí llegó al gallinero y anunció:

— ¡Su hermana está viva! Vive en una cueva muy lejos de aquí.

Se recuperó, pero perdió una pata por la mordida de la serpiente.
Le cuesta encontrar comida y necesita su ayuda.

Hubo un silencio. Luego comenzaron las excusas:

— No puedo ir, estoy poniendo huevos...

— No puedo ir, estoy buscando maíz...

— No puedo ir, tengo que cuidar a mis pollitos...

Así, una por una, todas rechazaron la petición. El colibrí regresó a la cueva sin ayuda.

Pasó el tiempo nuevamente.

Mucho después, el colibrí volvió, pero esta vez con una noticia dolorosa:

— Su hermana ha fallecido... Murió sola en la cueva... No hay quien la entierre ni quien la llore.

En ese instante, un peso cayó sobre todas. Un profundo lamento llenó el gallinero.

Quienes ponían huevos, pararon.

Quienes buscaban maíz, dejaron las semillas.

Quienes cuidaban polluelos, los olvidaron por un momento.

El arrepentimiento dolía más que cualquier veneno. ¿Por qué no fuimos antes?, se preguntaban.

Y sin medir la distancia ni el esfuerzo, todas partieron hacia la cueva, llorando y lamentándose. Ahora sí tenían un motivo para verla, pero ya era tarde.

Al llegar a la cueva, no encontraron a la gallina... Solo hallaron una carta que decía:

"En la vida, muchas veces las personas no cruzan la calle para ayudarte cuando estás vivo, pero cruzan el mundo para enterrarte cuando mueres.

Y la mayoría de las lágrimas en los funerales no son de dolor, sino de remordimiento y arrepentimiento."

Anónimo
El Peso del Arrepentimiento: Una Reflexión sobre la Indiferencia y la Responsabilidad Colectiva

La historia de la gallina abandonada por su propia comunidad tras ser mordida por una serpiente no es solo un relato conmovedor, sino una metáfora profunda y universal sobre la naturaleza humana, la indiferencia y las consecuencias del abandono en momentos de vulnerabilidad. Este episodio, aparentemente sencillo, encapsula una serie de dilemas éticos y emocionales que trascienden el ámbito de lo individual para adentrarse en lo colectivo. A través de la figura de la gallina, se exploran temas como la responsabilidad moral, la fragilidad de los vínculos comunitarios y el arrepentimiento como una fuerza que emerge demasiado tarde, cuando ya no hay posibilidad de reparación. La narrativa, cargada de simbolismo, invita a reflexionar sobre cómo las sociedades, e incluso las comunidades más pequeñas, enfrentan las crisis de sus miembros y cómo la inacción puede convertirse en una forma de complicidad silenciosa.

En primer lugar, la reacción de las gallinas ante la situación de su compañera herida revela un mecanismo de autopreservación que, aunque comprensible desde una perspectiva biológica o instintiva, resulta moralmente cuestionable. La decisión de expulsar a la gallina del gallinero para evitar la propagación del veneno puede interpretarse como un acto de supervivencia colectiva, pero también como una manifestación de egoísmo y falta de empatía. Este comportamiento refleja una tendencia humana recurrente: la de priorizar el bienestar propio o del grupo inmediato sobre el de aquellos que se perciben como una carga o una amenaza. Sin embargo, lo que comienza como una medida pragmática se transforma en un acto de deshumanización—o, en este caso, de desanimalización—, donde el individuo sufriente es visto no como un ser digno de compasión, sino como un problema a ser eliminado. Esta dinámica no es exclusiva de las comunidades animales; en la historia humana, numerosos ejemplos—desde la exclusión de los enfermos en tiempos de pandemia hasta el abandono de los más vulnerables en contextos de crisis—muestran cómo el miedo y la conveniencia pueden erosionar los lazos de solidaridad.

El dolor de la gallina no radica únicamente en la herida física, sino en el abandono emocional y social que experimenta. Este aspecto del relato subraya la importancia de los vínculos afectivos y el apoyo comunitario en momentos de adversidad. La gallina, al ser expulsada, no solo pierde un refugio físico, sino también un espacio de pertenencia y reconocimiento. Su llanto no es por el veneno que corre por sus venas, sino por la traición de quienes consideraba su familia. Este desgarro emocional es quizás más devastador que cualquier dolor físico, ya que socava la confianza en los demás y en la posibilidad de recibir ayuda cuando más se necesita. En este sentido, la historia funciona como una crítica mordaz a las sociedades que, en nombre del progreso, la eficiencia o la seguridad, descuidan los valores fundamentales de la compasión y la reciprocidad. La gallina, en su soledad, se convierte en un símbolo de todos aquellos que han sido marginados, ignorados o abandonados por sus comunidades, ya sea por enfermedad, pobreza, discapacidad o cualquier otra forma de vulnerabilidad.

El regreso del colibrí con noticias de la gallina sobreviviente introduce un momento de potencial redención para la comunidad del gallinero. Sin embargo, la respuesta de las gallinas—llena de excusas y justificaciones—evidencia una incapacidad para asumir responsabilidad por sus acciones pasadas. Cada excusa, ya sea la necesidad de poner huevos, buscar maíz o cuidar a los polluelos, refleja una priorización de lo inmediato y lo cotidiano sobre lo éticamente imperativo. Este comportamiento no es ajeno a las sociedades humanas, donde las demandas del día a día suelen opacar las obligaciones morales hacia los demás. La incapacidad de las gallinas para actuar en este momento crucial no solo prolonga el sufrimiento de su compañera, sino que también sella su destino trágico. Este pasaje del relato ilustra cómo la indiferencia y la procrastinación moral pueden tener consecuencias irreversibles, transformando una oportunidad de reparación en una carga de culpa permanente.

La muerte de la gallina y el posterior arrepentimiento de las gallinas constituyen el clímax emocional y ético de la historia. El lamento colectivo que sigue a la noticia de su fallecimiento no es solo una expresión de dolor, sino también un reconocimiento tardío de su propia complicidad en la tragedia. El arrepentimiento, en este contexto, se convierte en una fuerza devastadora, ya que emerge cuando ya no hay posibilidad de enmendar el error. Las gallinas, que antes no encontraron tiempo ni disposición para ayudar a su compañera, ahora dejan de lado sus tareas cotidianas y emprenden un viaje simbólico hacia la cueva. Este acto, aunque cargado de intenciones, resulta intrínsecamente vacío, ya que la gallina ya no está allí para recibir su ayuda o su perdón. La carta que encuentran en la cueva—un epílogo amargo y lleno de sabiduría—resume la ironía trágica de la situación: las lágrimas derramadas en los funerales no son tanto por el difunto, sino por el remordimiento de no haber actuado cuando aún había tiempo.

En última instancia, la historia de la gallina y su comunidad es una parábola sobre las consecuencias de la indiferencia y la importancia de la responsabilidad colectiva. A través de sus personajes y eventos, el relato nos confronta con preguntas incómodas pero necesarias: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestro bienestar inmediato por el de los demás? ¿Cómo equilibramos las demandas de la vida cotidiana con las obligaciones éticas hacia quienes sufren? Y, quizás lo más importante, ¿cómo evitamos que el arrepentimiento se convierta en el motor de nuestras acciones, en lugar de la compasión y la solidaridad? Estas preguntas, aunque planteadas en el contexto de un cuento aparentemente simple, resuenan con una fuerza extraordinaria en el mundo real, donde las decisiones individuales y colectivas tienen el poder de salvar o condenar vidas. La gallina, en su soledad y sufrimiento, nos recuerda que la verdadera medida de una comunidad no está en su capacidad para expulsar a los vulnerables, sino en su disposición para acogerlos, protegerlos y, sobre todo, no abandonarlos cuando más lo necesitan.


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