¿Cómo estar seguros de que lo que pensamos es verdadero? Desde la curiosidad de la infancia hasta las grandes discusiones filosóficas, la interrogante sobre cómo distinguimos la realidad de la imaginación sigue cautivando mentes de todas las épocas. Lejos de limitarse a teorías abstractas, este debate está presente en las elecciones cotidianas, los avances científicos y la forma en que confiamos en nuestro propio juicio.Con cada paso que damos, ¿acaso existe un suelo firme o habitamos conjeturas?


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

El problema del conocimiento en la historia, la actualidad y sus nuevas fronteras


El problema del conocimiento ha ocupado un lugar central en la reflexión filosófica desde los albores del pensamiento occidental. Se trata de una cuestión que no solo atañe a la filosofía, sino que atraviesa disciplinas como la psicología, la sociología, la ciencia cognitiva, la inteligencia artificial e incluso la economía conductual. En términos generales, se pregunta de qué modo podemos distinguir el verdadero saber de las simples conjeturas, cuáles son los criterios para legitimar una creencia como conocimiento y en qué medida es posible alcanzar certezas confiables en un mundo donde la información (y la desinformación) fluyen a gran velocidad.


     1. Herencia clásica y transformaciones medievales

En la Grecia clásica, Platón propuso su célebre definición de conocimiento como “creencia verdadera justificada”. Sin embargo, en el Teeteto deja entrever que no basta con que una creencia sea verdadera y esté justificada; hay algo más que debe ocurrir para que podamos hablar de un saber genuino. La dificultad para precisar este “algo más” explica por qué la definición de Platón ha sido, hasta hoy, objeto de numerosos matices y cuestionamientos. Por su lado, Aristóteles sentó las bases de la lógica formal y la observación empírica sistemática, reconociendo la importancia de la experiencia sensorial a la vez que establecía principios racionales para explicar la realidad.

Durante la Edad Media, el conocimiento se halló muy vinculado a la teología, y el problema epistemológico se enfocó a menudo en la conciliación entre razón y revelación. Tomás de Aquino, por ejemplo, sostenía que la verdad última provenía de Dios, aunque la razón humana podía acceder a la misma en un grado limitado. Este contexto configuró un panorama intelectual en el que las cuestiones metafísicas y las epistemológicas se entrelazaban con interpretaciones de la Escritura, derivando en sistemas filosófico-teológicos de gran complejidad.


     2. Del racionalismo al empirismo: una nueva era de la duda

La modernidad, marcada por el surgimiento de la ciencia experimental y por la secularización progresiva del pensamiento, impulsó un giro radical en la forma de abordar el problema del conocimiento. Descartes, con su duda metódica, abrió camino a la búsqueda de un fundamento absolutamente indudable, llegando al cogito (“pienso, luego existo”) como verdad primera. Para los racionalistas cartesianos, existen ideas innatas o principios a priori que permiten entender la realidad con independencia de los sentidos, considerados fuentes de posibles engaños.

En la otra cara de la moneda, el empirismo se desarrolló en las Islas Británicas con pensadores como John Locke, George Berkeley y David Hume. Locke sostenía que la mente es una “tabula rasa” al nacer y que todas las ideas proceden de la experiencia, mientras que Hume profundizó en el escepticismo sobre la causalidad, afirmando que no existe un lazo lógico que demuestre con certeza la conexión entre causa y efecto, sino solo un hábito psicológico de esperar que el futuro se asemeje al pasado. Estas posturas marcaron los cimientos de la epistemología contemporánea y siguen repercutiendo en cómo concebimos la validez de las inferencias científicas.


     3. La gran síntesis kantiana y las nuevas preguntas

El filósofo alemán Immanuel Kant buscó conciliar las visiones racionalista y empirista. Para Kant, la experiencia sensible es incuestionable, pero la razón aporta estructuras (espacio, tiempo, categorías) sin las cuales dicha experiencia carecería de coherencia. De esta manera, afirmó que el conocimiento se gesta en la interacción entre la sensibilidad y el entendimiento. Su distinción entre fenómeno (la realidad tal como la aprehendemos) y númeno (la realidad en sí misma, incognoscible) mostró la imposibilidad de un acceso absoluto a las cosas.

Esta visión propició una redefinición de la pregunta “¿qué podemos conocer?” y condujo a reflexiones posteriores sobre los límites de la razón. Filósofos como Fichte, Schelling o Hegel expandieron el idealismo alemán, mientras en paralelo, la ciencia moderna evolucionaba a pasos agigantados con la creciente formalización matemática y la expansión de la experimentación controlada.


     4. Siglos XIX y XX: auge científico, positivismo y cuestionamientos

El siglo XIX vivió la euforia del positivismo, una corriente que confiaba en la observación empírica y el método científico como vías privilegiadas de acceso a la verdad. El Comte propuso una “ciencia de lo social” que se basara en métodos semejantes a los de la física o la química. Sin embargo, hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, la filosofía analítica y el pragmatismo norteamericano empezarían a relativizar esta fe ciega en la capacidad de la ciencia para alcanzar conocimientos incuestionables.

Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey defendieron la utilidad práctica como criterio para evaluar las teorías, sosteniendo que las ideas son verdaderas en la medida en que funcionen y resuelvan problemas concretos. Mientras tanto, Ludwig Wittgenstein y la corriente analítica situaron la cuestión del conocimiento en el ámbito del lenguaje, analizando cómo el significado de las palabras condiciona lo que podemos y no podemos decir con sentido sobre el mundo.


     5. Los aportes de la epistemología contemporánea

En la filosofía del siglo XX y lo que va del XXI, encontramos una ampliación del panorama epistemológico. Thomas Kuhn, en La estructura de las revoluciones científicas, propuso una visión histórica de la ciencia en términos de paradigmas sucesivos, delineando cómo las comunidades científicas pueden cambiar de manera radical sus supuestos básicos ante anomalías que no encajan en el modelo vigente. Karl Popper, por su parte, defendió la falsabilidad como criterio demarcador de lo científico: una teoría es valiosa cuando se abre a la posibilidad de ser refutada ante la aparición de nuevos datos.

El debate también involucró a autores como W.V.O. Quine, quien en “Dos dogmas del empirismo” cuestionó la distinción entre verdades analíticas y sintéticas, abogando por una visión holística del conocimiento científico. Ya en la segunda mitad del siglo XX surgió una corriente llamada “epistemología naturalizada”, en la que, por ejemplo, Alvin Goldman y otros expertos defendieron la aplicación de herramientas empíricas y de la psicología cognitiva para explicar cómo se forma, se justifica o se desecha el conocimiento en la práctica real.


     6. Retos de la sociedad digital y nuevas dimensiones del saber

La proliferación de internet y redes sociales, sumada a la facilidad de producir y difundir información en formatos de diverso rigor, ha transformado drásticamente el panorama del conocimiento. Por un lado, existe una disponibilidad sin precedentes de recursos académicos y no académicos; por otro, la diseminación de noticias falsas o teorías conspirativas pone de relieve la fragilidad de los criterios de validación que utilizamos cotidianamente. Investigaciones en ciencias sociales y cognitivas han evidenciado cómo los sesgos de confirmación y la polarización grupal facilitan la adhesión a creencias carentes de sustento.

En este contexto, la necesidad de pensar críticamente y de reevaluar los medios de justificación se hace más apremiante. La epistemología social, una rama de la filosofía que analiza las dinámicas colectivas de la producción de conocimiento, adquiere renovada importancia. Se investiga la fiabilidad de testigos, la credibilidad de expertos y la influencia de la tecnología en la manera en que se forman consensos o disensos acerca de lo que se considera verdadero.


     7. Inteligencia artificial y el enigma de la comprensión

La inteligencia artificial, especialmente a partir de la irrupción de algoritmos de aprendizaje profundo, vuelve a poner sobre la mesa preguntas de gran calado epistemológico: ¿puede un sistema informático “conocer” algo, o solo manipula símbolos y patrones estadísticos sin comprensión real? Debates como los propuestos por John Searle con su “habitación china” apuntan a la diferencia entre procesar información y tener conciencia de su significado. Otros autores más optimistas sugieren que, en la medida en que el conocimiento humano emerge de redes neuronales biológicas, podría replicarse de manera análoga en redes neuronales digitales de suficiente complejidad.

Al mismo tiempo, la denominada “caja negra” de las redes neuronales —que dificulta la interpretación de sus procesos de toma de decisiones— ha despertado discusiones sobre transparencia y responsabilidad, pues se precisa entender los criterios de la IA cuando se aplica en ámbitos sensibles como la medicina, la justicia o la seguridad pública. Estas reflexiones amplían las fronteras del problema del conocimiento y demandan la colaboración de filósofos, ingenieros, científicos cognitivos y juristas.


     8. Horizontes abiertos y nuevas estrategias de investigación

En la actualidad, existe un interés renovado por la perspectiva interdisciplinaria. La llamada “ciencia de la información” bebe de la teoría de la computación, la lingüística, la estadística, la lógica y la filosofía para examinar cómo se organiza y valida el conocimiento en entornos humanos y digitales. Contribuciones desde la neurociencia revelan cómo el cerebro construye modelos internos de la realidad, y la psicología cognitiva aporta datos sobre la forma en que procesamos evidencia, sucumbimos a sesgos o modificamos nuestras creencias ante estímulos externos.

Asimismo, los estudios sobre la replicabilidad de los resultados científicos —en particular, la llamada “crisis de replicación” en áreas como la psicología y la medicina— han intensificado el escrutinio epistemológico. Se debate si los métodos tradicionales de validación (revisión por pares, replicación, meta-análisis) son suficientes o si se requieren protocolos más rigurosos y transparentes (como el preregistro de hipótesis y la publicación de datos en abierto). Así, la ética de la investigación y la epistemología se entrelazan para promover un modelo de ciencia confiable y socialmente responsable.

Son múltiples, por tanto, las aristas que expanden la vieja pregunta “¿qué podemos conocer?” hacia enfoques que abarcan la dimensión social, tecnológica, política e incluso emocional de la generación de saberes. En esta confluencia de perspectivas, se va delineando un campo epistemológico que no renuncia a la herencia clásica, pero que también se ve obligado a reformularse ante los continuos cambios de la cultura global, la creciente complejidad de la ciencia y las posibilidades —o riesgos— que las tecnologías emergentes plantean para la humanidad.

La exploración de estas cuestiones no se detiene en un solo espacio disciplinario, sino que atraviesa foros académicos, debates políticos y escenarios educativos, donde se configuran los criterios que determinan qué entendemos por conocimiento, cómo lo producimos, cómo lo compartimos y con qué garantías podemos confiar en él. De esta manera, se mantiene viva la llama de un interrogante filosófico fundamental y perenne, alimentada por nuevas problemáticas y métodos de indagación que invitan a seguir profundizando en la construcción, revisión y preservación del saber humano.


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