En las aguas turbulentas del Atlántico, donde la ley y la anarquía se confundían, un nombre infundía terror y admiración por igual: Amaro Pargo. Corsario del Imperio Español, navegó entre la gloria y la infamia, acumulando riquezas, combatiendo enemigos y dejando tras de sí un legado envuelto en misterio. Sus hazañas, registradas en documentos y alimentadas por la leyenda, nos revelan a un hombre que desafió las fronteras de su tiempo, convirtiéndose en un mito inmortal.


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Amaro Pargo: El Corsario Olvidado del Imperio Español


Amaro Rodríguez Felipe y Tejera Machado, conocido como Amaro Pargo, representa una de las figuras más enigmáticas y trascendentales de la historia marítima española. Nacido en San Cristóbal de La Laguna, Tenerife, el 3 de mayo de 1678, este navegante canario ascendió desde sus humildes orígenes hasta convertirse en uno de los corsarios más temidos del Atlántico durante el siglo XVIII. Su nombre, que eventualmente infundiría terror en las embarcaciones enemigas, deriva presuntamente de su semejanza física con el pargo, un pez de ojos saltones común en las aguas canarias, aunque otras versiones sugieren que el apodo proviene de su ferocidad comparable a la de este depredador marino.

La trayectoria de Amaro Pargo se desarrolló en un contexto histórico particularmente complejo para España. La Guerra de Sucesión Española (1701-1713) había debilitado considerablemente el control marítimo del imperio, y las potencias rivales, principalmente Inglaterra y Holanda, intensificaron sus ataques contra las rutas comerciales españolas. En este escenario de vulnerabilidad naval, la Corona española recurrió a una estrategia ampliamente utilizada en la época: la emisión de patentes de corso, documentos oficiales que autorizaban a capitanes privados a atacar embarcaciones enemigas en nombre del rey, reteniendo parte del botín como compensación por sus servicios.

Amaro Pargo obtuvo su patente de corso durante el reinado de Felipe V, primer monarca Borbón de España, estableciendo así una relación directa con la Corona que le distinguiría del pirata común. Esta distinción resulta fundamental para comprender la ambivalencia histórica de su figura: mientras que el pirata operaba al margen de la ley, saqueando indiscriminadamente cualquier embarcación, el corsario actuaba como un agente oficioso del estado, limitando sus ataques a naves de naciones enemigas y respetando, al menos teóricamente, determinados códigos de conducta marítima. No obstante, en la práctica, la línea divisoria entre corsario y pirata solía desdibujarse en alta mar, donde la supervisión estatal resultaba imposible.

Las hazañas navales de Pargo se centraron principalmente en la denominada Carrera de Indias, la ruta comercial que conectaba España con sus colonias americanas. Su nave insignia, “El Ave María”, también conocida como “La Perla de Canarias”, se convirtió en una aparición temida por los navíos mercantes ingleses y holandeses que surcaban el Atlántico. Su táctica preferida consistía en emboscar a los barcos enemigos aprovechando su profundo conocimiento de las corrientes y vientos del océano, así como la excepcional maniobrabilidad de sus embarcaciones, diseñadas específicamente para estas operaciones de asalto rápido y contundente.

Los registros históricos documentan numerosos enfrentamientos entre Pargo y corsarios ingleses de renombre, destacando especialmente sus batallas contra el tristemente célebre Barbanegra. Una de las más legendarias ocurrió en 1718, cuando Pargo interceptó un navío británico cerca de las costas cubanas. Tras un intenso intercambio de cañonazos, el corsario canario abordó la embarcación enemiga y, según las crónicas de la época, enfrentó personalmente al capitán inglés en un duelo de espadas que culminó con la victoria del español. Este tipo de encuentros, narrados con detalles heroicos posiblemente exagerados, contribuyeron a forjar su reputación como un marino excepcional y un combatiente implacable.

La fortuna acumulada por Amaro Pargo a través de sus actividades corsarias alcanzó dimensiones extraordinarias. Los documentos notariales conservados en archivos canarios revelan que llegó a poseer numerosas propiedades en Tenerife, incluyendo haciendas, casas señoriales y extensos terrenos agrícolas. Particularmente significativa fue su mansión en La Laguna, conocida como Casa Lercaro, una imponente edificación que reflejaba su ascenso social y económico. También invirtió considerables sumas en empresas comerciales transatlánticas, diversificando así sus fuentes de ingresos más allá del corso. Esta prosperidad material le permitió ascender en la escala social hasta obtener el reconocimiento formal de su hidalguía, un status impensable para alguien de sus orígenes.

Un aspecto particularmente intrigante de la biografía de Pargo concierne a los tesoros que supuestamente ocultó en diversos puntos de la geografía canaria. Numerosas leyendas, transmitidas oralmente durante generaciones, señalan específicas localizaciones en las costas de Tenerife donde el corsario habría enterrado parte de su botín. La cueva de San Mateo, en Punta del Hidalgo, constituye quizás el emplazamiento más citado en estas narraciones populares. A pesar de las múltiples expediciones organizadas a lo largo de los siglos para localizar estos tesoros, hasta la fecha no se ha encontrado evidencia concluyente de su existencia, lo que ha contribuido a incrementar el halo de misterio que envuelve su figura.

La dimensión espiritual de Amaro Pargo representa uno de los contrastes más llamativos de su personalidad. A pesar de su violenta profesión, mantuvo una profunda religiosidad y estableció una estrecha relación con Sor María de Jesús de León y Delgado, conocida como “La Siervita”, una monja del convento de Santa Catalina de Siena en La Laguna, venerada por sus supuestas facultades místicas. Esta amistad, documentada en correspondencia conservada en archivos eclesiásticos, evidencia la complejidad psicológica del corsario, quien aparentemente buscaba en la fe un contrapeso a la brutalidad inherente a su oficio. Como manifestación tangible de esta devoción, financió generosamente diversas obras religiosas, incluyendo la restauración de iglesias y la adquisición de valiosas piezas de arte sacro.

La relación de Amaro Pargo con la Corona española trascendió el mero vínculo profesional establecido mediante la patente de corso. Los registros históricos confirman que mantuvo una comunicación directa con el rey Felipe V, quien valoraba enormemente sus servicios en la protección de las rutas comerciales españolas. Esta cercanía con el monarca quedó plasmada en diversos privilegios concedidos al corsario, incluyendo exenciones fiscales y la mencionada confirmación oficial de su hidalguía en 1725. Sin embargo, esta relación también implicaba compromisos: Pargo debía rendir cuentas periódicamente sobre sus capturas y entregar a la Corona la quinta parte del valor de los botines obtenidos, según estipulaban las ordenanzas de corso vigentes.

El ocaso de la carrera corsaria de Amaro Pargo coincidió con una etapa de relativa estabilidad en las relaciones internacionales españolas, cuando los tratados firmados tras la Guerra de Sucesión redujeron temporalmente la intensidad de los conflictos marítimos. En sus últimos años, el otrora temible navegante se retiró a sus propiedades en Tenerife, donde se dedicó a la administración de sus negocios y a obras piadosas. Falleció el 4 de octubre de 1747 en su casa de La Laguna, dejando un testamento que revela tanto la magnitud de su patrimonio como sus preocupaciones espirituales, pues destinó considerables sumas a misas por su alma y donaciones a instituciones religiosas.

Contrariamente al destino habitual de piratas y corsarios, cuyos restos solían acabar en el fondo del mar o en anónimas fosas comunes, Amaro Pargo recibió sepultura con todos los honores en el convento de Santo Domingo en La Laguna. Este entierro ceremonioso, propio de un noble respetado, simboliza la excepcionalidad de su trayectoria: un hombre que, partiendo de los márgenes de la legalidad, logró integrarse plenamente en las estructuras de poder y prestigio de su época. En 2013, su tumba fue exhumada con fines científicos, permitiendo realizar estudios forenses que confirmaron datos físicos mencionados en los documentos históricos, como cicatrices de combate y determinadas características anatómicas.

La escasa presencia de Amaro Pargo en la historiografía española tradicional contrasta marcadamente con la glorificación que Inglaterra ha otorgado a figuras comparables como Francis Drake o Henry Morgan. Esta disparidad obedece a múltiples factores que merecen análisis. Primeramente, mientras que la narrativa imperial británica incorporó a sus corsarios como héroes nacionales que debilitaron al enemigo español, la historiografía española ha mostrado tradicionalmente mayor ambivalencia hacia figuras que, como Pargo, operaban en los límites morales y legales de su tiempo, prefiriendo exaltar a exploradores, misioneros o administradores coloniales como representantes del imperio.

Adicionalmente, el declive progresivo del poder naval español durante los siglos XVIII y XIX generó un clima poco propicio para la celebración de hazañas marítimas. Mientras Inglaterra consolidaba su dominio oceánico, España experimentaba dolorosas derrotas navales que desalentaban cualquier narrativa triunfalista sobre el pasado marítimo nacional. La propia naturaleza de la actividad corsaria, oficialmente sancionada pero moralmente cuestionable según evolucionaban los estándares internacionales, contribuyó a que figuras como Pargo fueran gradualmente relegadas a un segundo plano en el relato histórico oficial, permaneciendo vivas principalmente en la memoria popular de regiones específicas como las Islas Canarias.

El resurgimiento contemporáneo del interés por Amaro Pargo responde a diversos factores culturales y académicos. Por una parte, la historiografía moderna ha ampliado sus focos de atención, revalorizando figuras anteriormente marginadas y contextualizando sus acciones en el marco de las complejas dinámicas imperiales de la Edad Moderna. Por otra parte, la creciente importancia del patrimonio histórico como recurso cultural y turístico ha impulsado a regiones como Canarias a recuperar y promocionar sus referentes históricos distintivos. Este renovado interés culminó simbólicamente con la inclusión de Amaro Pargo como personaje jugable en el videojuego “Assassin’s Creed IV: Black Flag”, introduciendo al corsario canario en la cultura popular global del siglo XXI.

La figura de Amaro Pargo permanece envuelta en la dualidad característica de los corsarios históricos: héroe patriótico o criminal marítimo, según la perspectiva adoptada. Esta ambigüedad, lejos de disminuir su relevancia histórica, enriquece su perfil como ejemplo paradigmático de las contradicciones inherentes a la expansión imperial europea. Su trayectoria ilustra vívidamente las complejas interacciones entre el poder estatal y los agentes privados en la consolidación de las rutas comerciales atlánticas, así como la difusa frontera entre legitimidad e ilegitimidad en contextos coloniales donde la aplicación de la ley dependía frecuentemente de conveniencias políticas y económicas.

Amaro Pargo representa un capítulo fascinante y paradójicamente olvidado de la historia marítima española. Su vida encarna las contradicciones de una época en que la violencia naval constituía un instrumento legítimo de política exterior, y su legado perdura en los archivos históricos, en la toponimia canaria y en la memoria colectiva de una sociedad insular moldeada por su relación con el océano. La recuperación crítica de su figura no implica necesariamente una glorificación acrítica de sus acciones, sino una comprensión más matizada del complejo entramado de intereses, lealtades y transgresiones que configuraron el mundo atlántico durante la era de los imperios.

El corsario canario emerge así como un testigo privilegiado de su tiempo: un hombre que navegó hábilmente no solo por las aguas del océano, sino también por las turbulentas corrientes políticas y sociales de una España en transformación.


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