Entre las sombras de la historia y la luz de la modernidad, la figura de Blas Infante, “Padre de la Patria Andaluza”, resurge con una dimensión oculta: su conversión al Islam en 1924. Este gesto, silenciado en los anales oficiales, revela una identidad compleja y desafiante. Este ensayo desentraña la conexión profunda de Infante con Al-Ándalus, explorando cómo su adopción del nombre Ahmad Infante desafía las narrativas dominantes y reaviva un legado de convivencia y resistencia cultural.


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Blas Infante: La Dimensión Islámica de un Andalucista Silenciado


Blas Infante Pérez de Vargas, venerado como el “Padre de la Patria Andaluza”, es una figura que encarna las tensiones y contradicciones de la identidad histórica de Andalucía. Su vida y obra, profundamente enraizadas en un idealismo que buscaba redimir a su región de siglos de olvido y marginación, han sido objeto de veneración oficial desde que el Parlamento de Andalucía lo reconoció como tal en 1983. Sin embargo, bajo la superficie de esta narrativa canonizada yace un aspecto de su biografía que permanece envuelto en sombras: su conversión al Islam en 1924 durante un viaje a Marruecos y su adopción del nombre Ahmad Infante. Este episodio, que podría interpretarse como un gesto simbólico o como una convicción religiosa profunda, plantea preguntas inquietantes sobre la construcción de su legado y las razones de su silenciamiento en los anales históricos. ¿Por qué esta faceta de Infante, tan íntimamente ligada a su visión de Al-Ándalus como una identidad viva, ha sido relegada al margen del discurso oficial? ¿Fue su islamismo un acto de resistencia cultural o una fe personal que desafiaba las estructuras de poder de su tiempo?

Infante nació el 5 de julio de 1885 en Casares, Málaga, en un contexto de profunda crisis social y económica en Andalucía. Su formación como notario y su sensibilidad hacia las injusticias de los jornaleros sin tierra lo llevaron a desarrollar una filosofía que combinaba el regionalismo con una crítica feroz al centralismo español. En su obra más emblemática, El Ideal Andaluz (1915), articuló una visión de Andalucía como una nación histórica cuya esencia había sido distorsionada por la conquista castellana de 1492 y las políticas coloniales posteriores. Para Infante, la Reconquista no fue una liberación, sino una ruptura traumática que despojó a los andaluces de su herencia cultural y los condenó a la subordinación. En este marco, Al-Ándalus emergió como un símbolo de esplendor perdido, un periodo de convivencia y progreso que contrastaba con la decadencia que él percibía en su entorno. Sin embargo, su relación con este pasado no era meramente nostálgica; era un proyecto de recuperación activa que encontró su expresión más radical en su viaje a Marruecos en septiembre de 1924.

El periplo a Agmhat, cerca de Marrakech, donde visitó la tumba de Al-Mutamid —el último rey de la taifa de Sevilla—, marcó un punto de inflexión en la vida de Infante. Según el relato de Muhammed Ali Cherif Kettani en Inbia’t al Islam fi Al-Andalus (1992), fue en una pequeña mezquita de esta localidad donde Infante pronunció la shahada, la declaración islámica de fe, ante dos testigos descendientes de moriscos: Omar Dukali y Beni Al-Ahmar. Este acto, que lo convirtió en Ahmad Infante, no puede reducirse a un capricho pasajero. Sus propios escritos revelan la profundidad de esta experiencia: “Hago abluciones en la fuente de la historia”, afirmó, sugiriendo una conexión espiritual con el legado andalusí que trascendía el análisis histórico. Realizó siete vueltas alrededor de la tumba de Al-Mutamid, emulando el ritual de la Kaaba en La Meca, un gesto que él mismo describió como una “peregrinación” impregnada de autenticidad interior. Este simbolismo no era ajeno a su pensamiento; en un manuscrito inédito entregado al poeta Abel Gudra para el Congreso de los Pueblos sin Estado en Delhi (1930), escribió: “¿Qué nos queda del Islam? Nos queda del Islam el sentimiento de poder de Allah y su equilibrio. El Islam no es sólo espiritualidad, es también movimiento”. Estas palabras revelan una concepción del Islam como una fuerza viva, un “conocimiento” que él vinculaba directamente a la experiencia de Al-Ándalus en su época de esplendor.

La pregunta inevitable surge: ¿fue esta conversión un gesto simbólico para honrar la herencia andalusí o una creencia religiosa genuina? La respuesta no es sencilla, y las evidencias son fragmentarias pero sugestivas. En su biblioteca personal se encontraron dos ejemplares del Corán con anotaciones en los márgenes, y en su despacho una inscripción en árabe rezaba: “Hijo mío, te recomiendo el libro de Allah, pues es más valioso que toda ganancia o herencia”. Su legado de manuscritos incluye abundantes textos en árabe sobre temas islámicos, lo que indica un interés que iba más allá de la curiosidad intelectual. Sin embargo, su hija, María de los Ángeles Infante, negó rotundamente esta conversión en entrevistas, calificándola de “mentira como un templo” y enfatizando la admiración de su padre por figuras cristianas como Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Esta contradicción entre las fuentes documentales y el testimonio familiar refleja la complejidad de un hombre que navegaba entre múltiples identidades: cristiano por nacimiento, masón por convicción, y, al menos en un momento de su vida, musulmán por elección.

El silenciamiento de esta dimensión islámica de Infante no puede entenderse sin considerar el contexto histórico y político de España. Durante la Segunda República (1931-1936), sus ideas federalistas y su defensa de la autonomía andaluza lo convirtieron en una figura incómoda para el centralismo madrileño. Su ejecución por las fuerzas franquistas el 11 de agosto de 1936, al inicio de la Guerra Civil, lo transformó en un mártir del regionalismo, pero también facilitó la reelaboración de su legado. El régimen de Franco, obsesionado con una narrativa de unidad nacional católica, vio en el islamismo de Infante una amenaza a su proyecto ideológico. La idealización de Al-Ándalus como un pasado glorioso podía tolerarse como exotismo histórico, pero una conversión real al Islam era intolerable en una España que se definía como baluarte de la cristiandad. Así, los franquistas difamaron su figura, acusándolo de usar una radio para comunicarse con comunistas —una mentira que encubría la verdadera incomodidad que generaba su pensamiento— y relegaron su islamismo a rumores despectivos.

Tras la transición democrática, la recuperación de Infante como símbolo de la autonomía andaluza en el Estatuto de 1981 requirió una nueva forma de censura: la omisión selectiva. El andalucismo oficial, liderado por el PSOE y aceptado por el PP, prefirió destacar su lucha por la justicia social y su diseño de la bandera y el himno regionales, evitando cualquier mención a su conversión que pudiera alienar a una población mayoritariamente católica o alimentar polémicas con sectores conservadores. Este proceso de “sanitización” no fue exclusivo de Infante; figuras como Martin Luther King Jr. han visto sus ideas radicales suavizadas para encajar en narrativas aceptables. En el caso de Infante, el resultado fue una imagen descafeinada que ignoraba la radicalidad de su visión: una Andalucía que no solo recordaba Al-Ándalus, sino que aspiraba a reencarnarlo como un ideal de convivencia y resistencia.

¿Fue Infante el “último andalusí”? Esta metáfora captura la esencia de su proyecto: un hombre que, en pleno siglo XX, buscó revivir una identidad que había sido sepultada por siglos de hegemonía cristiana y centralismo español. Su conversión al Islam, ya fuera simbólica o profundamente sentida, lo posiciona como un puente entre dos mundos: el pasado de Al-Ándalus y el presente de una Andalucía marginada. Sin embargo, su legado no encontró eco masivo en su tiempo ni en el nuestro. El andalucismo contemporáneo carece de la fuerza política de otros nacionalismos como el catalán o el vasco, y las ideas de Infante, aunque reverenciadas, permanecen en gran medida como reliquias de un sueño inacabado. La ocultación de su relación con el Islam no parece ser una conspiración deliberada, sino el resultado de una incomodidad cultural y política que persiste en una España que aún lidia con las heridas de su pasado multicultural.

Blas Infante desafía las categorías simplistas. No fue solo un regionalista, un socialista o un mártir; fue un pensador que vio en el Islam y en Al-Ándalus una clave para redimir a su pueblo. Su conversión en 1924, lejos de ser un detalle anecdótico, ilumina la profundidad de su compromiso con una identidad andaluza que trascendía las fronteras de la fe y la historia oficial. Que esta faceta haya sido silenciada refleja menos una intención maliciosa que una incapacidad colectiva para abrazar la complejidad de un hombre que, en su búsqueda de raíces, se atrevió a desafiar el relato dominante.

Infante no fue el último andalusí en un sentido literal, pero sí en un sentido poético: el eco de un mundo perdido que resonó en su alma y que, a pesar de los esfuerzos por acallarlo, sigue susurrando en los márgenes de la historia.


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