En los albores del poderío español en el siglo XVI, una ambición sin precedentes tomó forma: conquistar el vasto Imperio Ming. Desde Manila, gobernadores, militares y frailes trazaron planes detallados para invadir China, soñando con extender su dominio desde Madrid hasta Pekín. Esta audaz empresa, repleta de intrigas y alianzas, nos invita a explorar un fascinante episodio histórico que pudo cambiar el curso del mundo.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
La Empresa de China: El Ambicioso Plan Español para Conquistar el Imperio Ming en el Siglo XVI
En la segunda mitad del siglo XVI, cuando el Imperio Español se encontraba en la cúspide de su poder global, una idea audaz comenzó a circular entre los círculos coloniales y eclesiásticos de las recién conquistadas Filipinas: la invasión y conquista de China, entonces gobernada por la dinastía Ming. Este proyecto, conocido como la “Empresa de China”, no fue un delirio aislado de un visionario excéntrico, sino una propuesta seria que involucró a gobernadores, militares, frailes y hasta aliados potenciales como los japoneses. Desde Manila, el bastión español en el Pacífico, se imaginó una coalición multinacional capaz de derrocar a uno de los imperios más antiguos y poblados del mundo. La posibilidad de que España extendiera su dominio desde Madrid hasta Pekín plantea una especulación histórica fascinante, pero también obliga a analizar las condiciones que hicieron viable esta idea, los factores que la frustraron y las implicaciones de lo que pudo haber sido uno de los episodios más transformadores de la historia global.
El origen de la Empresa de China se remonta a la consolidación española en las Filipinas tras la expedición de Miguel López de Legazpi en 1565. La conquista de este archipiélago no solo marcó el establecimiento de una cabeza de puente en Asia, sino que también abrió una ventana hacia el comercio y la influencia en el Lejano Oriente. Manila, fundada en 1571, se convirtió rápidamente en un nodo clave del comercio transpacífico, conectando la plata de Nueva España con las sedas, porcelanas y especias de China a través del galeón de Manila. Sin embargo, para algunos, esta relación comercial no era suficiente. Inspirados por las conquistas de México y Perú, donde pequeñas fuerzas de conquistadores habían derrocado imperios con millones de habitantes, ciertos líderes españoles vieron en China una oportunidad para repetir la hazaña. El gobernador Francisco de Sande, quien ocupó el cargo entre 1575 y 1580, fue uno de los principales impulsores de esta visión. En una carta enviada a Felipe II en 1576, Sande argumentó que con apenas 4,000 a 6,000 soldados españoles, apoyados por armamento adecuado y una flota suficiente, sería posible someter al Imperio Ming. Su razonamiento se basaba en informes que describían a China como un gigante desorganizado, con un ejército numeroso pero mal entrenado, una burocracia corrupta y una población desmovilizada, vulnerable a la sublevación.
La estrategia propuesta no dependía únicamente de las fuerzas españolas. Desde Filipinas, Sande y otros planificadores imaginaron una alianza que incluiría a los “indios” filipinos, ya bajo dominio español, y a mercenarios japoneses, especialmente cristianos convertidos por los jesuitas en Kyushu. Esta coalición multinacional se inspiraba en precedentes como la conquista de Tenochtitlán, donde Hernán Cortés había aprovechado rivalidades internas y alianzas con pueblos indígenas para derrotar a los aztecas. En el caso chino, los proponentes creían que podían explotar las tensiones entre el pueblo y los mandarines, los funcionarios locales que, según viajeros y misioneros, eran odiados por su despotismo. Además, la presencia de piratas wokou —bandas de japoneses y chinos que asolaban las costas del Mar de China Meridional— sugería que había descontento suficiente para reclutar aliados locales una vez que la invasión comenzara. El plan preveía un desembarco inicial en las costas del sur de China, posiblemente en Guangdong o Fujian, seguido de una marcha hacia el interior para capturar Pekín y deponer al emperador Wanli, quien reinaba desde 1572. La captura del soberano, como había ocurrido con Moctezuma y Atahualpa, se consideraba el golpe definitivo para desarticular la resistencia.
El respaldo a esta empresa no se limitó a los gobernadores. Frailes y jesuitas desempeñaron un papel crucial en su formulación, aunque sus posturas estaban divididas. Alonso Sánchez, un jesuita influyente en Manila, fue uno de los más fervientes defensores del proyecto. En su “Memorial de la Entrada de China” de 1586, Sánchez detalló no solo la logística militar, sino también los beneficios espirituales y económicos de la conquista. Argumentaba que someter a China permitiría la evangelización masiva de sus millones de habitantes, un objetivo central de la Contrarreforma, y convertiría al país en una fuente de riqueza que fortalecería el imperio de Felipe II frente a sus rivales europeos. Sánchez estimaba que con 10,000 soldados ibéricos, 2,000 japoneses y el apoyo de chinos descontentos, la victoria sería rápida. Incluso se ofreció como espía para preparar el terreno, colaborando con misioneros como Matteo Ricci y Michele Ruggieri, quienes ya estaban en China. Por otro lado, figuras como Alessandro Valignano y Claudio Acquaviva, líderes jesuitas, se opusieron ferozmente, argumentando que una invasión violaba los principios de evangelización pacífica y ponía en riesgo los intereses portugueses en Macao, un enclave vital para el comercio con China.
La viabilidad del plan dependía de varios supuestos optimistas sobre las capacidades españolas y las debilidades chinas. Los Tercios, las formaciones militares que habían dominado los campos de batalla europeos durante el siglo XVI, eran el núcleo del poderío español. Veteranos de guerras en Flandes, Italia y el Mediterráneo, estos soldados combinaban picas, arcabuces y una disciplina férrea que los hacía temidos. En Filipinas, aunque su número era reducido —apenas unos cientos en los primeros años—, se habían adaptado a las condiciones tropicales y habían derrotado a piratas chinos como Limahong en 1574, lo que reforzaba la confianza en su superioridad táctica. Los informes de viajeros europeos, como el dominico Juan González de Mendoza en su “Historia del Gran Reino de la China” (1585), pintaban al ejército Ming como una fuerza masiva pero ineficaz, armada con arcos y lanzas obsoletas frente a la pólvora española. Además, la armada Ming, aunque había repelido incursiones portuguesas en el pasado, estaba enfocada en combatir a los wokou y carecía de la cohesión necesaria para enfrentar una invasión coordinada desde Filipinas.
Sin embargo, las apariencias eran engañosas. La dinastía Ming, aunque enfrentaba problemas internos como la corrupción y las rebeliones campesinas, seguía siendo una potencia formidable. En la década de 1570, su población superaba los 100 millones, frente a los 8 millones del Imperio Español, incluyendo sus territorios. Su economía, basada en la agricultura, la seda y el comercio marítimo, era una de las más avanzadas del mundo, y su burocracia, aunque imperfecta, había sostenido un estado centralizado durante siglos. El ejército Ming, con cientos de miles de soldados, podía ser lento y mal equipado en algunos sectores, pero había demostrado su capacidad al derrotar a los mongoles y sofocar levantamientos internos. La armada, por su parte, había modernizado sus juncos con cañones copiados de los europeos, como se vio en los enfrentamientos con los portugueses en Tunmen (1521) y Xicaowan (1522). Subestimar estas fuerzas habría sido un error fatal para cualquier invasor.
El plan también dependía de la logística, un aspecto donde España enfrentaba serios desafíos. Filipinas, a más de 1,000 kilómetros de la costa china, era una colonia joven y precaria en 1580, con una población española de apenas 700 personas y una economía dependiente del comercio con Nueva España. Sostener una invasión requeriría transportar miles de soldados, armas y provisiones a través del Pacífico, una hazaña que el galeón de Manila, diseñado para el comercio, no podía soportar a gran escala. La alianza con Japón, además, era incierta. En 1586, una delegación de Konishi Yukinaga, un daimyo cristiano bajo Toyotomi Hideyoshi, ofreció 6,000 soldados para apoyar a España contra China, Borneo o Siam. Sin embargo, Hideyoshi, quien unificaba Japón tras décadas de guerra civil, tenía sus propios planes expansionistas, como se vería en la invasión de Corea en 1592. Una alianza con España podía ser táctica, pero difícilmente estable.
El punto de inflexión llegó en 1588. Felipe II, presionado por Sánchez y otros, convocó la Junta de la Empresa de China para evaluar el proyecto. Sin embargo, ese mismo año, la Armada Invencible fue destruida por Inglaterra, un desastre que agotó los recursos españoles y desvió la atención hacia Europa. Gómez Pérez das Mariñas, nombrado gobernador de Filipinas en 1589, recibió órdenes explícitas de evitar conflictos con China, priorizando la defensa contra amenazas japonesas y holandesas. La muerte de Sánchez en 1590 y la oposición jesuita sellaron el destino del plan. Más tarde, en la década de 1620, la idea resurgió brevemente con propuestas de conquistar Japón primero y usar sus ejércitos contra China, pero la creciente presencia holandesa en Asia y la debilidad de Manila como base militar frustraron estos sueños.
Imaginemos por un momento que la Empresa hubiera avanzado. Una victoria inicial en las costas chinas, apoyada por revueltas locales, pudo haber desestabilizado al régimen Ming, ya debilitado por crisis internas que culminarían en su caída en 1644 ante los manchúes. Un imperio español transasiático habría reconfigurado el equilibrio global, enfrentando a España con Japón, los holandeses y, eventualmente, los Qing. Pero el costo habría sido inmenso: mantener un territorio tan vasto y poblado, con una cultura milenaria resistente a la asimilación, habría estirado al límite los recursos de la monarquía hispánica. Las Filipinas, apenas sostenibles, pudieron haberse convertido en un lastre en lugar de un trampolín. La historia, sin embargo, tomó otro rumbo, dejando la Empresa de China como un eco de la ambición desmedida de un imperio que, por un instante, soñó con abarcar el mundo entero. ¿Fue una oportunidad perdida o un error evitado? La respuesta sigue abierta, invitando a explorar las complejidades de un pasado que aún resuena en las preguntas del presente.
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