Imagina que cada uno de nosotros guarda un escarabajo en una caja, un objeto invisible e inaccesible para los demás. ¿Cómo sabemos que nuestras palabras se refieren a lo mismo? Esta paradoja de Wittgenstein desafía nuestra comprensión del lenguaje, la experiencia interna y la comunicación. Si el significado de “dolor” o “conciencia” depende del uso colectivo, ¿cómo aseguramos que compartimos las mismas vivencias?


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El Escarabajo en la Caja de Wittgenstein: La Incertidumbre del Lenguaje y la Subjetividad Humana


La metáfora del “escarabajo en la caja”, presentada por Ludwig Wittgenstein en las Investigaciones Filosóficas (1953), encapsula una de las reflexiones más inquietantes y profundas sobre el lenguaje, la experiencia subjetiva y nuestra capacidad para comunicarnos. En el parágrafo 293, Wittgenstein propone un experimento mental: imaginemos que cada persona tiene una caja que contiene algo que todos llaman “escarabajo”, pero nadie puede mirar dentro de la caja de otro. Algunos podrían tener un insecto, otros una piedra, otros nada, y sin embargo, todos usan la palabra “escarabajo” como si refiriera a lo mismo. La pregunta central es si el significado de la palabra depende del objeto en la caja o del uso colectivo que le damos. Cuando aplicamos esta idea a términos como “dolor” o “conciencia”, que describen estados internos, surge un desafío filosófico fundamental: ¿cómo podemos estar seguros de que nuestras palabras aluden a experiencias idénticas? Este ensayo aborda esta cuestión con rigor académico, integrando perspectivas históricas, contemporáneas y datos novedosos para explorar las complejidades de la subjetividad y el lenguaje.

El contexto de la metáfora se encuentra en la crítica de Wittgenstein al concepto de un lenguaje privado, una noción que él mismo había considerado en su obra temprana, el Tractatus Logico-Philosophicus (1921), donde el lenguaje era un reflejo directo de la realidad. En su filosofía tardía, sin embargo, Wittgenstein rechaza esta correspondencia rígida y propone que el significado emerge del uso dentro de los “juegos de lenguaje”, prácticas sociales que dan sentido a las palabras. En el caso del escarabajo, no importa qué hay en la caja —o si hay algo— siempre que los hablantes acuerden cómo emplear el término. Para “dolor”, esto implica que su significado no depende de la sensación interna en sí, sino de cómo se manifiesta y se comprende en la interacción: un grito, una mueca, una consulta médica. Wittgenstein sostiene que la privacidad de la experiencia no socava el lenguaje; más bien, la hace irrelevante para su funcionamiento.

Esta postura, sin embargo, no resuelve todas las dudas. Si mi “dolor” es un escarabajo que solo yo puedo ver, ¿cómo sé que tu “dolor” es comparable? La sensación de pinchazo que siento al cortarme podría ser, para ti, un ardor o una presión, y nuestras descripciones coincidirían solo superficialmente. Saul Kripke, en su análisis de Wittgenstein (Wittgenstein on Rules and Private Language, 1982), lleva esta idea más lejos al sugerir un escepticismo radical: si el significado depende de reglas y las reglas son interpretables, no hay garantía absoluta de que nuestras experiencias internas estén alineadas. Este argumento no invalida el lenguaje, sino que subraya su dependencia de una comunidad que estabiliza el significado mediante consenso, un proceso falible pero práctico.

La ciencia moderna ofrece un contrapunto fascinante. Investigaciones recientes en neurociencia, como las publicadas en Proceedings of the National Academy of Sciences (2021), han utilizado modelos de aprendizaje automático para mapear patrones cerebrales asociados con el dolor, mostrando que estímulos similares (calor, presión) activan regiones como la corteza cingulada anterior de manera consistente entre individuos. Esto sugiere una base fisiológica compartida que podría anclar nuestras palabras. Sin embargo, la cualidad subjetiva del dolor —el “cómo se siente”— sigue siendo esquiva. Los filósofos de la mente, como Frank Jackson con su experimento mental de “Mary, la científica del color” (1982), argumentan que el conocimiento objetivo no agota la experiencia; saber cómo funciona el dolor no me dice qué sientes tú. El escarabajo permanece encerrado en su caja.

La “conciencia” plantea un enigma aún mayor. A diferencia del dolor, que tiene expresiones observables, la conciencia es un estado interno sin marcadores externos unívocos. ¿Qué significa que tú y yo “estemos conscientes”? En 2023, un estudio del Instituto de Tecnología de California exploró la conciencia mediante electroencefalogramas en tiempo real, identificando correlatos neuronales que distinguen el estado de vigilia del sueño. Aunque estos datos objetivan ciertos aspectos, no abordan los “qualia” —la textura subjetiva de estar consciente—, un concepto defendido por David Chalmers en su distinción entre el “problema fácil” y el “problema difícil” de la conciencia (The Conscious Mind, 1996). Si mi escarabajo de la conciencia es un flujo de pensamientos y sensaciones, ¿es el tuyo igual? Wittgenstein diría que la pregunta es ociosa: “conciencia” funciona porque compartimos un juego de lenguaje, no porque accedamos a lo mismo.

La literatura y el arte han intentado capturar esta brecha. En Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, los personajes a menudo enfrentan la incomunicabilidad de sus mundos internos, un eco del dilema wittgensteiniano. En el arte contemporáneo, obras como The Artist is Present (2010) de Marina Abramović, donde los participantes se miran en silencio, subrayan la tensión entre la conexión aparente y la impenetrabilidad de la experiencia ajena. Estas expresiones artísticas no resuelven el problema, pero lo hacen palpable, invitándonos a reflexionar sobre los límites de nuestras palabras.

Desde un punto de vista ético, el escarabajo plantea dilemas prácticos. Si no puedo verificar tu dolor, ¿cómo justifico mi empatía o mi deber de aliviarlo? La filósofa Elaine Scarry, en The Body in Pain (1985), sostiene que el dolor resiste el lenguaje, pero su expresión (gritos, lágrimas) nos obliga a reconocerlo como real en los demás. En medicina, las escalas de dolor subjetivo, adoptadas globalmente desde los años 90, son un intento de puente: confiamos en que “8 de 10” significa algo similar para todos, aunque nunca lo sabremos con certeza. Esta confianza es un acto de fe social, no una certeza ontológica.

La psicología evolutiva aporta otra capa. Steven Pinker, en The Language Instinct (1994), argumenta que el lenguaje evolucionó para coordinar acciones, no para transmitir experiencias internas con precisión. Que podamos hablar de “dolor” o “conciencia” refleja una adaptación funcional, no una ventana a las cajas de los demás. Sin embargo, avances en inteligencia artificial, como los modelos de lenguaje generativo de 2025, complican esta narrativa. Si una IA puede simular descripciones de dolor sin sentirlo, ¿qué dice eso sobre nuestro propio uso de las palabras? ¿Es mi “escarabajo” tan real como creo, o solo una construcción lingüística?

Wittgenstein no busca resolver esta incertidumbre, sino disolverla. Para él, la obsesión por el contenido de la caja es un error categorial; el lenguaje no necesita acceder a lo privado para tener sentido. Sin embargo, el eco de la duda persiste en la filosofía contemporánea. Donald Davidson, en su teoría de la interpretación radical, sugiere que asumimos una similitud básica entre nuestras mentes para que la comunicación sea posible, una “caridad interpretativa” que sostiene el edificio del lenguaje. Pero esta asunción no elimina la posibilidad de que mi “rojo” sea tu “verde”, mi “tristeza” tu “calma”, ocultos tras palabras idénticas.

El escarabajo en la caja, entonces, no es solo una metáfora, sino un desafío vivo. Nos confronta con la fragilidad y la maravilla del lenguaje: une nuestras soledades sin disolverlas, teje una red de significados que nunca veremos del todo. Cada vez que digo “siento dolor” o “estoy consciente”, lanzo un hilo hacia ti, pero mi escarabajo sigue danzando en su caja, invisible, irreductible. Y en esa danza, entre lo que puedo decir y lo que no puedo saber, se dibuja el contorno de nuestra humanidad: frágil, compartida, eternamente enigmática.


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