Entre las olas de la literatura clásica, se alza una obra que desafía todas las leyes de la lógica y la credibilidad: La Historia verdadera de Luciano de Samósata. Con su audaz mezcla de fantasía desbordante y sátira mordaz, este relato no solo fue un precursor de la ciencia ficción, sino también una crítica a la credulidad humana. A través de un viaje hacia lo absurdo, Luciano invita a reflexionar sobre los límites entre la realidad y la ficción, entre lo posible y lo imaginado.


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La “Historia verdadera” de Luciano de Samósata


En los márgenes de la literatura grecolatina, donde la revolución sofística del siglo II agitó las aguas de una cultura que parecía agotarse en la imitación de los antiguos modelos, surge una figura cuya originalidad y mordaz ingenio continúan fascinando a los lectores contemporáneos: Luciano de Samósata. Nacido alrededor del año 125 d.C. en la provincia romana de Siria, en la ciudad que hoy corresponde a la turca Samsat, Luciano representa el paradigma del intelectual cosmopolita de la Segunda Sofística, cuya obra trasciende las fronteras lingüísticas, culturales y genéricas para ofrecernos una mirada satírica e irreverente sobre la sociedad de su tiempo.

Entre el amplio corpus de escritos que nos ha legado este brillante sirio helenizado —alrededor de ochenta obras, aunque la autenticidad de algunas continúa siendo objeto de debate filológico—, destaca con luz propia la “Historia verdadera” (Ἀληθῆ διηγήματα), texto que constituye no solo uno de los hitos fundacionales de la literatura fantástica occidental, sino también una sagaz parodia de los relatos de viajes y una profunda reflexión metaficcional sobre los límites entre verdad y ficción, entre historia y fabulación.

La “Historia verdadera” se presenta desde su propio título como una paradoja provocativa, un oxímoron intencional que Luciano se apresura a desmontar en su prefacio: “Escribo, pues, sobre cosas que ni vi ni experimenté ni escuché de otros; que no existen en absoluto ni pueden existir por naturaleza. Por esto, quienes me lean no deben creerlas de ningún modo”. Esta declaración programática, que constituye quizás la primera afirmación explícita de ficcionalidad literaria en la tradición occidental, establece el peculiar pacto de lectura que Luciano propone a su audiencia: una invitación a suspender la incredulidad y a embarcarse en un viaje hacia lo imposible, con plena conciencia de su naturaleza fabulosa.

La estructura narrativa de la “Historia verdadera” adopta la forma de un periplo marítimo, siguiendo la estela de la “Odisea” homérica y de toda una tradición de relatos de viajes extraordinarios que incluye figuras como Ctesias, Jambulo y, muy especialmente, Antónimo Diógenes, cuya obra perdida “Las maravillas más allá de Thule” parece haber sido uno de los blancos principales de la parodia lucianesca. El narrador —identificado con el propio Luciano— emprende junto a cincuenta compañeros una travesía más allá de las Columnas de Hércules, impulsado por “el deseo de conocer los confines del océano y qué pueblos habitan en la otra orilla”. Una tormenta de proporciones cósmicas arrastra su nave durante siete días y siete noches, hasta depositarla en una isla enigmática donde un río fluye con vino en lugar de agua y peces con forma humana habitan sus profundidades.

Este primer episodio establece el tono de irrefrenable inventiva que caracterizará toda la narración. En rápida sucesión, los viajeros son transportados a la Luna por un torbellino, donde presencian una guerra interplanetaria entre selenitas y heliotas por la colonización de Venus; descienden al interior de una ballena gigantesca, donde encuentran un microcosmos habitado por extrañas criaturas; visitan la Isla de los Bienaventurados, donde conversan con Homero y otros héroes del pasado; y atraviesan el océano de leche hasta alcanzar la Isla del Queso. La acumulación vertiginosa de maravillas, la deliberada hipérbole y la constante transgresión de las leyes físicas crean un universo narrativo que desafía cualquier pretensión de verosimilitud.

El análisis filológico de la “Historia verdadera” ha permitido identificar numerosas fuentes y referencias intertextuales que enriquecen la lectura de este texto poliédrico. La influencia homérica resulta evidente no solo en la estructura general del relato como un viaje de exploración marítima, sino también en episodios concretos que remiten directamente a pasajes de la “Odisea”. Así, la estancia en el vientre de la ballena evoca claramente el encuentro de Ulises con el cíclope Polifemo, mientras que la visita a la Isla de los Bienaventurados reelabora las descripciones de los Campos Elíseos. Sin embargo, Luciano no se limita a imitar estos modelos, sino que los transforma y subvierte mediante la exageración, la distorsión paródica y la introducción de elementos anacrónicos.

Otros textos que reverberan en la trama de la “Historia verdadera” incluyen los fragmentos conservados de las “Maravillas de la India” de Ctesias, las descripciones paradoxográficas de Megástenes, los relatos utópicos de Teopompo y Hecateo de Abdera, y diversas obras de la tradición cínica. La erudición de Luciano le permite entrelazar estas referencias en un tapiz intertextual de extraordinaria riqueza, donde cada episodio fantástico funciona simultáneamente como un ejercicio de virtuosismo literario y como una refutación implícita de la credulidad excesiva que caracterizaba a muchos relatos etnográficos y paradoxográficos de la Antigüedad.

La dimensión paródica de la “Historia verdadera” no se agota, sin embargo, en la simple burla de los relatos de viajes fabulosos. La sátira lucianesca apunta también hacia cuestiones más amplias relacionadas con la autoridad del discurso histórico y filosófico. Al presentar deliberadamente como falsa una narración titulada “verdadera”, Luciano problematiza la relación entre verdad y ficción, entre testimonio y fabulación, que resultaba crucial en la historiografía antigua. La afirmación de Heródoto de que escribía basándose en lo que “había visto, oído o leído” es sistemáticamente subvertida por un narrador que confiesa abiertamente inventar aquello que ni ha visto, ni ha experimentado, ni ha escuchado de otros.

El carácter metaficcional de la obra se intensifica en aquellos pasajes donde Luciano incluye referencias a otros autores de relatos fabulosos, a quienes acusa indirectamente de presentar como verdaderas narraciones tan inverosímiles como la suya propia. En este sentido, la “Historia verdadera” puede leerse como una reflexión sobre los mecanismos retóricos mediante los cuales un texto construye su propia credibilidad, sobre las estrategias discursivas que permiten presentar lo imposible como real y lo ficticio como verdadero.

La dimensión cosmológica de la “Historia verdadera” merece particular atención, especialmente en lo que respecta al célebre episodio del viaje a la Luna. La descripción del mundo lunar como un universo paralelo habitado por seres fantásticos —hombres que cabalgan sobre buitres gigantes, seres que sudan leche en lugar de sudor, individuos que se abren el vientre para utilizarlo como bolsa— constituye uno de los primeros ejemplos de lo que hoy llamaríamos ciencia ficción. La guerra interplanetaria entre selenitas y heliotas, con sus ejércitos compuestos por soldados híbridos y sus tecnologías imposibles, anticipa tópicos que serían explorados siglos después por autores como Cyrano de Bergerac, Jonathan Swift o H.G. Wells.

Sin embargo, tras la exuberante imaginación de estas escenas se oculta una reflexión filosófica más profunda sobre el relativismo cultural y epistemológico. Al describir costumbres y sociedades radicalmente diferentes de las conocidas en el mundo mediterráneo, Luciano invita implícitamente a sus lectores a cuestionar la universalidad de las normas y convenciones de su propia cultura. La mirada extrañada que el narrador proyecta sobre estos mundos alienígenas refleja, como en un espejo deformante, la arbitrariedad de muchas prácticas consideradas “naturales” en la sociedad grecorromana.

La recepción de la “Historia verdadera” a lo largo de los siglos ilustra su extraordinaria capacidad para dialogar con sensibilidades estéticas e intelectuales muy alejadas de su contexto original. Aunque el texto no parece haber gozado de especial popularidad en la Antigüedad tardía —apenas existen referencias a él en autores posteriores a Luciano—, su redescubrimiento durante el Renacimiento desencadenó un renovado interés por la literatura fantástica y satírica. La primera traducción latina, realizada por Lilius Tifernas en 1470, fue seguida por versiones en las principales lenguas europeas, facilitando su incorporación al canon literario occidental.

La influencia de la “Historia verdadera” resulta especialmente visible en obras como “Gargantúa y Pantagruel” de François Rabelais, “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift, “El barón de Münchhausen” de Rudolf Erich Raspe y, ya en el siglo XX, en los relatos de Jorge Luis Borges, Italo Calvino y Stanisław Lem. El propio Swift reconoció explícitamente su deuda con Luciano, a quien consideraba un maestro en el arte de “contar la mayor mentira posible y persuadir al lector para que la crea”. La combinación lucianesca de fantasía desbordante, aguda ironía y reflexión metaficcional resonaría profundamente en la literatura moderna y posmoderna, convirtiéndolo en un precursor inesperado de algunas de sus corrientes más innovadoras.

Desde la perspectiva de los estudios literarios contemporáneos, la “Historia verdadera” adquiere una relevancia particular como texto que problematiza las categorías genéricas establecidas y explora los límites de la representación ficcional. La deliberada hibridación de géneros que Luciano practica —mezclando elementos de la épica, la historiografía, la paradoxografía y el diálogo filosófico— anticipa estrategias narrativas que serían consideradas revolucionarias en épocas muy posteriores. Su autoconciencia como artefacto literario, su reflexividad metaficcional y su juego constante con las expectativas del lector lo sitúan en una posición sorprendentemente cercana a ciertas preocupaciones de la literatura posmoderna.

La teoría de la recepción propuesta por Hans Robert Jauss nos permite comprender mejor la peculiar temporalidad de textos como la “Historia verdadera”, cuyo potencial innovador puede permanecer latente durante siglos antes de ser plenamente actualizado en nuevos contextos históricos y culturales. En este sentido, el aparente anacronismo que supone vincular a Luciano con autores modernos como Borges o Calvino revela, en realidad, afinidades profundas en su concepción de la literatura como espacio de libertad imaginativa y como laboratorio para la exploración de paradojas lógicas y filosóficas.

El componente utópico y distópico de la “Historia verdadera” también ha atraído la atención de la crítica reciente. La descripción de sociedades alternativas —como la que habita en el interior de la ballena o la que puebla la Luna— puede leerse simultáneamente como una parodia de las utopías filosóficas (desde la República platónica hasta la Ciudad del Sol de Jambulo) y como un experimento imaginativo que anticipa obras como “Utopía” de Tomás Moro o “La Nueva Atlántida” de Francis Bacon. La figura del viajero que regresa para contar maravillas inverosímiles se convertiría, gracias en parte a Luciano, en un topos recurrente del pensamiento utópico occidental.

La dimensión lingüística de la “Historia verdadera” merece también consideración detallada. Luciano escribe en un ático depurado y elegante, deliberadamente arcaizante, que contrasta con la extravagancia de los contenidos narrados. Esta tensión entre forma clásica y contenido revolucionario crea un efecto de extrañamiento que potencia la dimensión paródica del texto. Además, el autor despliega un virtuosismo léxico extraordinario al inventar nombres para criaturas y lugares que no existen en ningún diccionario: neologismos como hippogypes (caballos-buitres), nephalocentauri (centauros nubosos) o lychnopolis (ciudad de las lámparas) desafían la capacidad del lenguaje para representar realidades inéditas.

En el plano narratológico, la “Historia verdadera” ofrece una estructura compleja que combina la progresión lineal del viaje con una organización episódica que permite la acumulación indefinida de aventuras. El narrador en primera persona, identificado implícitamente con el propio Luciano, funciona como un testigo poco fiable que socava su propia credibilidad desde el prefacio, creando una peculiar complicidad con el lector basada en el reconocimiento compartido del carácter ficticio de lo narrado. Este distanciamiento irónico respecto a la propia narración constituye una de las aportaciones más originales de Luciano a la técnica literaria.

La interpretación filosófica de la “Historia verdadera” sigue suscitando debates entre los especialistas. Algunos han querido ver en ella principalmente una obra lúdica, un ejercicio de virtuosismo retórico sin más pretensiones que el entretenimiento erudito. Otros, sin embargo, han destacado su dimensión epistemológica, leyéndola como una crítica radical de las pretensiones de verdad absolutas y como una exploración de los límites del conocimiento humano. La influencia del escepticismo pirrónico y del cinismo en el pensamiento de Luciano sugiere que, tras la aparente frivolidad de su fabulación, subyace una interrogación profunda sobre la posibilidad misma de distinguir entre verdad y mentira, entre conocimiento y opinión.

La “Historia verdadera” de Luciano de Samósata representa, en definitiva, uno de los experimentos literarios más audaces y originales de la Antigüedad clásica. Su deliberada transgresión de las fronteras entre géneros, su reflexividad metaficcional y su exuberante fantasía la convierten en precursora de tradiciones literarias que solo alcanzarían pleno desarrollo siglos después de su composición. Al proponernos un viaje hacia lo imposible, Luciano nos invita paradójicamente a reflexionar sobre los límites de nuestra propia realidad y sobre los mecanismos discursivos que construyen nuestra percepción del mundo.

En este sentido, su “mentira verdadera” continúa interpelándonos desde la distancia de casi dos milenios, recordándonos que la imaginación literaria constituye, quizás, la más auténtica forma de verdad a la que podemos aspirar.


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