En el invierno de 1823, Hugh Glass se enfrentó a una lucha épica por la supervivencia en las implacables Montañas Rocosas. Tras ser atacado brutalmente por un oso grizzly y abandonado por sus compañeros, Glass soportó el frío extremo, hambre y aislamiento durante semanas. Su increíble viaje de regreso a la civilización se ha convertido en una leyenda de resistencia y determinación. Este ensayo explora su odisea, revelando cómo su historia trasciende el tiempo y se erige como un símbolo de la tenacidad humana.



Imágenes Leonardo AI
La Odisea de Hugh Glass: Supervivencia y Resiliencia en el Invierno de las Montañas Rocosas
La historia de Hugh Glass, un trampero y frontiersman estadounidense del siglo XIX, se erige como un testimonio extraordinario de la capacidad humana para desafiar las fuerzas implacables de la naturaleza. En el invierno de 1823, atrapado en una tormenta de nieve en las inhóspitas Montañas Rocosas, Glass no solo sobrevivió a un ataque brutal de un oso grizzly, sino que también soportó semanas de aislamiento, frío extremo y hambre, convirtiéndose en un símbolo de resistencia que trasciende su tiempo. Su relato, inmortalizado en crónicas de la frontera y adaptado en obras como The Revenant de Michael Punke, revela no solo una hazaña física, sino una lección profunda sobre la interacción entre el hombre y un entorno indiferente.
El contexto de la supervivencia de Glass comienza en agosto de 1823, cuando, como parte de una expedición de la Rocky Mountain Fur Company liderada por Andrew Henry, fue atacado por una osa grizzly cerca del río Grand, en lo que hoy es Dakota del Sur. Las heridas fueron devastadoras: laceraciones en la espalda, el cuero cabelludo arrancado y una pierna fracturada. Abandonado por sus compañeros, John Fitzgerald y Jim Bridger, quienes lo creyeron moribundo, Glass quedó solo en un paisaje salvaje al borde del invierno. Su viaje de regreso, una travesía de unos 320 kilómetros hasta Fort Kiowa, se vio agravada por una tormenta de nieve que lo atrapó en las Montañas Rocosas, probablemente en noviembre o diciembre de 1823. Este episodio, documentado en cartas de la época y recopilado por historiadores como Hiram M. Chittenden en The American Fur Trade of the Far West (1902), pone de manifiesto las estrategias que Glass empleó para sobrevivir en condiciones extremas, estrategias que reflejan tanto su experiencia como trampero como un instinto primal de autoconservación.
La primera medida de Glass para enfrentar la tormenta fue construir un refugio improvisado, una decisión que resultó crucial para su supervivencia. Cavando lateralmente en un banco de nieve, probablemente en una ladera protegida del viento, creó una cueva que lo aisló de las ráfagas heladas y le permitió conservar el calor corporal. Esta técnica, conocida hoy como “refugio de nieve” en manuales de supervivencia moderna, aprovecha las propiedades aislantes de la nieve compacta, que puede mantener una temperatura interna cercana a los 0°C incluso cuando el exterior desciende a -30°C o menos, según estudios de la Universidad de Alaska sobre termodinámica en entornos árticos. Glass, sin herramientas sofisticadas, habría usado sus manos o un palo para excavar, un esfuerzo agotador que evidencia su determinación. El refugio no solo lo protegió del viento, sino que redujo la pérdida de calor por convección, un factor crítico en un invierno montañoso donde las temperaturas podían caer por debajo del umbral de la hipotermia en cuestión de horas.
Encender un fuego fue el siguiente paso esencial en la lucha de Glass contra el frío. Equipado con pedernal y acero —herramientas estándar entre los tramperos de la época—, logró generar chispas para encender yesca, posiblemente musgo seco o corteza de abedul recolectada bajo la nieve. Las crónicas de la frontera, como las de John Myers Myers en The Saga of Hugh Glass (1963), sugieren que Glass llevaba consigo un pequeño kit de supervivencia, una práctica común entre los hombres de la montaña que dependían del fuego para cocinar, calentarse y ahuyentar depredadores. En un entorno donde la madera húmeda era la norma tras una tormenta, su habilidad para encontrar combustible seco —quizás ramas internas de árboles caídos— y mantener una llama viva bajo la nieve refleja un conocimiento práctico que los manuales modernos, como el SAS Survival Handbook de John Wiseman, consideran esencial. Sin fuego, el frío de las Rocosas, con sus vientos cortantes y su humedad penetrante, habría sido letal en días, si no en horas.
La gestión del agua y la comida presentó desafíos igualmente formidables. Aunque la nieve ofrecía una fuente abundante de agua, Glass sabía —por experiencia o instinto— que ingerirla directamente reduciría su temperatura corporal, acelerando la hipotermia. En cambio, la derritió junto al fuego, un proceso lento pero vital que le permitió hidratarse sin comprometer su calor interno. Estudios fisiológicos actuales, como los de la Escuela de Medicina de Harvard, confirman que comer nieve puede bajar la temperatura central en hasta 2°C por hora, un riesgo que Glass evitó con una disciplina notable. En cuanto a la comida, su situación era desesperada: semanas sin provisiones lo llevaron a subsistir con raíces comestibles, como las del lirio silvestre (Lilium philadelphicum), y bayas congeladas de enebro (Juniperus communis), ambas identificadas en la flora de las Rocosas por botánicos como Charles Parry en expediciones del siglo XIX. En los momentos más extremos, Glass recurrió a carroña —restos de animales muertos— e incluso, según algunas versiones, a la carne de su propia pierna herida, un acto de supervivencia que subraya la brutalidad de su lucha.
Mantenerse seco fue otra prioridad que Glass abordó con ingenio. La ropa mojada, saturada por la nieve o el sudor, extrae calor del cuerpo 25 veces más rápido que el aire seco, según datos del Instituto Nacional de Seguridad y Salud Ocupacional. Glass, vestido con pieles de búfalo y cuero curtido, habría escurrido sus prendas y usado hierba seca —quizás recolectada de debajo de la nieve o de cavidades naturales— como aislante entre las capas, una técnica que los indígenas de las Grandes Llanuras, como los sioux, empleaban para combatir el frío. Este método, descrito en diarios de tramperos contemporáneos como los de Osborne Russell, aumentaba la retención de calor al crear bolsas de aire atrapado, un principio que la ciencia moderna valida como eficaz en condiciones árticas.
Finalmente, Glass entendió que la paciencia era tan crucial como la acción. Moverse durante una tormenta invernal consumía calorías preciosas y lo exponía al viento y la desorientación, riesgos que podían haberlo condenado. En cambio, optó por esperar, acampado en su refugio, hasta que el clima amainara. Esta decisión refleja una sabiduría tácita: en las Montañas Rocosas, las tormentas, aunque feroces, son pasajeras, pero la montaña misma —con su vastedad indiferente— no concede segundas oportunidades a los imprudentes. Su inmovilidad estratégica, combinada con sus esfuerzos por mantenerse caliente, hidratado y mínimamente alimentado, le permitió sobrevivir hasta que pudo reanudar su marcha hacia Fort Kiowa, un viaje que completó arrastrándose durante seis semanas, según el relato de Philip St. George Cooke en 1824.
La odisea de Hugh Glass trasciende la mera supervivencia para convertirse en una meditación sobre la resiliencia humana frente a un cosmos que no ofrece consuelo. Su historia, enriquecida por detalles como los reportados en el Missouri Intelligencer de 1825 —que lo describe comiendo médula de huesos de búfalo hallados en la nieve—, no solo documenta una proeza física, sino que ilumina la capacidad del hombre para adaptarse a lo imposible. En un invierno que buscaba devorarlo, Glass se aferró a la vida con una mezcla de astucia, resistencia y voluntad inquebrantable, dejando un legado que resuena en la literatura, el cine y los estudios de supervivencia moderna.
Frente a la montaña, que no se inmuta por el destino de sus habitantes, Glass demostró que la supervivencia no es un regalo de la naturaleza, sino una conquista del espíritu humano, una verdad tan eterna como las cumbres heladas que lo desafiaron.

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