En un mundo marcado por la transitoriedad, Platón nos invita a descubrir una paradoja fascinante: la inmortalidad no reside en la permanencia, sino en el cambio constante. En El Banquete, el filósofo revela que lo mortal encuentra su trascendencia a través de la generación y la renovación perpetua. Esta reflexión no solo desafía nuestra comprensión de la identidad y el conocimiento, sino que abre un camino hacia una visión más dinámica y profunda de la existencia humana.


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La naturaleza mortal busca, en la medida de lo posible, existir por siempre; es decir, busca ser inmortal. Y sólo puede alcanzar esto mediante la generación. Porque al generar deja siempre algo nuevo en lugar de algo viejo; puesto que aún en el lapso de tiempo en que se dice que un ser viviente vive y constituye un mismo ser (tal como se dice, por ejemplo, que uno es el mismo desde la infancia hasta la vejez), nunca mantiene en sí las mismas cualidades, no obstante se diga que conserva su identidad. En cierto sentido, uno está siempre rejuveneciendo; y, en otro, siempre muriendo, sin cesar. Me refiero a los cabellos, las carnes, los huesos, la sangre; el cuerpo en general. Y esto ocurre tanto con el cuerpo como con el alma. Los modos, las costumbres, las opiniones, los deseos, los placeres, las penas, los miedos... nunca estás cosas permanecen inalteradas en un individuo. Unas se generan, otras mueren. Y mucho más extraño todavía es que algo semejante acontece con los conocimientos. No es sólo que unos se generan y otros se nos mueren y que nunca somos los mismos ni siquiera en el caso de nuestros conocimientos, sino que esto mismo le ocurre incluso a cada conocimiento en particular. En efecto, lo que llamamos ejercicio existe porque el conocimiento tiende a desaparecer. El olvido es la desaparición del conocimiento. Y como el ejercicio produce un conocimiento nuevo para reemplazar al recuerdo que se aleja, conserva el conocimiento; y, así, el conocimiento parece no alterarse. De esta manera, pues, todo lo mortal se conserva. No por conservar siempre su identidad, como lo divino, sino porque el ser que se aleja y envejece deja en su lugar otro ser, joven (tal como él lo fue antes). Mediante idéntica argucia, lo mortal participa de la inmortalidad...

El Banquete,
Platón

LA INMORTALIDAD A TRAVÉS DEL CAMBIO: EL LEGADO PLATÓNICO SOBRE LA RENOVACIÓN DEL SER


En el diálogo platónico “El Banquete“, se desarrolla una de las reflexiones más profundas sobre la naturaleza de la existencia humana y su relación con la inmortalidad. La paradoja fundamental que Platón articula a través de la voz de sus personajes plantea que la naturaleza mortal, en su anhelo por trascender sus limitaciones temporales, encuentra en la constante generación y renovación su única posibilidad de perpetuación. Esta concepción dinámica del ser constituye no solamente un pilar del pensamiento platónico, sino una perspectiva ontológica cuyas ramificaciones se extienden hasta las concepciones contemporáneas sobre la identidad y la permanencia.

La noción platónica de que el ser mortal “nunca mantiene en sí las mismas cualidades, no obstante se diga que conserva su identidad” anticipa con sorprendente claridad problemáticas filosóficas que serían posteriormente elaboradas por pensadores como Heráclito con su famoso aforismo “nadie se baña dos veces en el mismo río”, y en la modernidad por filósofos como Hume y Locke en sus discusiones sobre la identidad personal. El cambio continuo que caracteriza nuestra existencia corporal e intelectual plantea el interrogante fundamental acerca de qué constituye la esencia del ser a través del tiempo.

La perspectiva platónica sobre la continuidad a través del cambio trasciende el ámbito puramente físico para abarcar también la dimensión psíquica del ser humano. Cuando Platón afirma que “los modos, las costumbres, las opiniones, los deseos, los placeres, las penas, los miedos… nunca permanecen inalterados en un individuo”, establece los cimientos para una comprensión fluida de la psique humana, anticipando en más de dos milenios conceptos fundamentales de la psicología moderna como el desarrollo cognitivo y la plasticidad neuronal. Esta visión dinámica de la mente humana contrasta significativamente con otras concepciones filosóficas contemporáneas a Platón que privilegiaban una visión más estática de la naturaleza humana.

Particularmente reveladora resulta la reflexión platónica sobre el conocimiento como entidad sujeta también a los procesos de generación y corrupción. La afirmación de que “lo que llamamos ejercicio existe porque el conocimiento tiende a desaparecer” establece una relación dialéctica entre la memoria y el olvido que ilumina nuestra comprensión de los procesos de aprendizaje. Esta concepción platónica encuentra eco en investigaciones neurocientíficas contemporáneas sobre la consolidación de la memoria y la plasticidad sináptica, que demuestran cómo el conocimiento se mantiene precisamente a través de su constante renovación y reconfiguración neuronal.

La estrategia mediante la cual lo mortal participa de la inmortalidad, según Platón, consiste precisamente en esta capacidad para la renovación continua. Esta conceptualización tiene profundas implicaciones para la comprensión de la temporalidad humana. A diferencia de la temporalidad divina, caracterizada por una permanencia absoluta, la temporalidad mortal se articula como un continuo de renovación donde “el ser que se aleja y envejece deja en su lugar otro ser, joven (tal como él lo fue antes)”. Esta sucesión generativa constituye lo que podríamos denominar una inmortalidad procesual, distinta de la inmortalidad sustancial atribuida a lo divino.

Las reflexiones platónicas sobre la conservación a través del cambio encuentran resonancias significativas en el pensamiento biológico contemporáneo, particularmente en conceptos como la homeostasis y la autopoiesis. La capacidad de los organismos vivos para mantener su identidad funcional a pesar del recambio constante de sus componentes materiales representa una manifestación concreta del principio platónico según el cual “todo lo mortal se conserva no por conservar siempre su identidad, como lo divino, sino porque el ser que se aleja y envejece deja en su lugar otro ser, joven”. La biología celular contemporánea confirma que nuestras células se renuevan completamente varias veces durante nuestra vida, materializando literalmente la intuición platónica.

El proceso de renovación descrito en “El Banquete” constituye también una clave interpretativa fundamental para comprender la teoría platónica de las Ideas. Si nuestra existencia material está caracterizada por el cambio continuo, la posibilidad del conocimiento verdadero debe fundamentarse en entidades no sujetas a dicho cambio. Las Ideas o Formas platónicas representan precisamente ese ámbito de permanencia ontológica que sirve como fundamento y referencia para el mundo de la generación y la corrupción que habitamos. La tensión entre cambio y permanencia articula así uno de los ejes fundamentales del sistema metafísico platónico.

La dimensión ética de esta concepción ontológica se manifiesta en la valoración platónica de la procreación, tanto física como intelectual, como vía de participación en lo eterno. Dentro de esta perspectiva, la generación de descendencia, la creación artística y la producción filosófica constituyen modalidades diferentes pero complementarias mediante las cuales lo mortal aspira a trascender sus limitaciones temporales. Esta consideración elevada de la producción generativa como vehículo de inmortalidad establece un vínculo intrincado entre estética, ética y ontología en el pensamiento platónico.

La concepción platónica del ser como entidad en constante renovación plantea desafíos significativos para la noción de responsabilidad moral. Si somos seres en perpetuo cambio, ¿en qué medida podemos ser considerados los mismos agentes morales a través del tiempo? Esta problematización de la identidad personal como fundamento de la ética anticipa debates contemporáneos en filosofía de la mente y ética aplicada, particularmente en relación con condiciones que alteran radicalmente la personalidad, como ciertas enfermedades neurodegenerativas o intervenciones tecnológicas sobre el cerebro.

La “idéntica argucia” mediante la cual lo mortal participa de la inmortalidad puede interpretarse también desde una perspectiva epistemológica como la estrategia mediante la cual la tradición filosófica se perpetúa a través de la historia. Cada nueva generación de pensadores, al abordar los textos platónicos, genera interpretaciones renovadas que, sin embargo, mantienen vivo el núcleo del pensamiento original. Este proceso hermenéutico de constante reinterpretación constituye para la filosofía un mecanismo de inmortalidad análogo al que Platón describe para los seres vivos: no una permanencia estática, sino una continua renovación que preserva lo esencial a través del cambio.

En el ámbito de la psicología del desarrollo, la perspectiva platónica sobre el cambio como condición de permanencia ofrece un marco conceptual valioso para comprender la formación de la identidad personal a través de las distintas etapas vitales. La continuidad del yo a través de transformaciones tan radicales como las que experimentamos desde la infancia hasta la vejez puede entenderse precisamente en términos de esta capacidad regenerativa que Platón identifica como característica definitoria de lo mortal. La identidad narrativa que construimos a lo largo de nuestra vida representa el hilo conductor que integra estos múltiples estadios del ser en una totalidad coherente.

Asi, la reflexión platónica sobre la naturaleza del ser mortal como entidad que alcanza una forma paradójica de inmortalidad a través del cambio continuo constituye una de las contribuciones más profundas y perdurables del pensamiento occidental. Su conceptualización de la existencia como proceso de constante renovación, lejos de quedar obsoleta, adquiere renovada relevancia en el contexto de disciplinas contemporáneas tan diversas como la biología celular, la neurociencia cognitiva, la psicología del desarrollo y la filosofía de la identidad personal.

La “argucia” mediante la cual lo mortal participa de la inmortalidad continúa, así, iluminando nuestra comprensión de la condición humana en sus dimensiones ontológicas, epistemológicas y éticas fundamentales.


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