En un mundo donde la frontera entre lo real y lo imaginario se difumina, La noche boca arriba de Julio Cortázar nos sumerge en un laberinto de tiempos y realidades entrelazadas. A través de la historia de un hombre moderno atrapado entre un accidente y un ritual ancestral, Cortázar revela que, aunque la civilización avance, las raíces primitivas siguen latiendo en lo más profundo de nuestra psique. Un relato que desafía nuestra comprensión del tiempo, el destino y la identidad.


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La dualidad entre lo contemporáneo y lo ancestral en “La noche boca arriba” de Julio Cortázar


El cuento “La noche boca arriba”, escrito por Julio Cortázar y publicado en 1956 en la colección Final del juego, se erige como una obra maestra de la literatura latinoamericana que explora la dualidad entre el mundo contemporáneo y el ancestral. A través de una narrativa que entrelaza dos realidades aparentemente inconexas —la de un hombre moderno víctima de un accidente de motocicleta y la de un guerrero indígena en una cacería ritual—, Cortázar construye un relato que desafía las nociones de tiempo, identidad y percepción. Este ensayo analiza de manera detallada cómo el autor argentino emplea esta alternancia para generar una tensión sutil, desorientar al lector y sumergirlo en un territorio narrativo donde lo real y lo onírico se funden, invitando a reflexionar sobre la fragilidad de la realidad y la persistencia de lo primitivo en la psique humana.

La trama inicia con un hombre anónimo que, tras sufrir un accidente de motocicleta en una ciudad moderna, es trasladado a un hospital. Este escenario, cargado de detalles cotidianos como el ruido del tráfico y la intervención de los médicos, ancla al lector en un contexto reconocible. Sin embargo, pronto la narración se desplaza hacia una realidad alterna: un guerrero moteca huye a través de selvas y ciénagas, acosado por los aztecas en un ritual de sacrificio. La transición entre ambos mundos no es abrupta, sino que se desarrolla mediante un juego de sueños y delirios que el protagonista experimenta bajo los efectos de la anestesia o la fiebre. Cortázar utiliza esta estructura para sembrar una ambigüedad que se intensifica conforme avanza el relato, dejando al lector en un estado de incertidumbre sobre cuál de las dos realidades es la verdadera.

Un elemento clave en esta dualidad es la representación del tiempo. En el mundo contemporáneo, el tiempo es lineal y mecánico, regido por la lógica de la modernidad: el accidente ocurre en un instante preciso, y el tratamiento médico sigue un protocolo racional. En contraste, el tiempo en el mundo ancestral es cíclico y mítico, dominado por el ritmo de la naturaleza y los rituales. Esta oposición refleja una preocupación más amplia de Cortázar por la coexistencia de lo racional y lo irracional en la experiencia humana. La selva, con su densidad y caos, se opone al orden estéril del hospital, mientras que la amenaza de los cuchillos sacrificiales contrasta con los instrumentos quirúrgicos, sugiriendo que la violencia y el peligro trascienden las épocas.

La tensión sutil que Cortázar crea no reside solo en la alternancia de escenarios, sino en la progresiva disolución de las fronteras entre ellos. A medida que el protagonista se sume en la inconsciencia, los detalles sensoriales —el olor a humedad de la selva, el sonido de los pasos de los perseguidores— invaden la sala de operaciones, mientras que el olor a desinfectante y el frío de la camilla se filtran en la huida del guerrero. Esta fusión sensorial culmina en el giro final, cuando se revela que el hombre moderno podría ser el sueño del moteca, y no al revés. Este desenlace subvierte las expectativas del lector y plantea una interrogante filosófica: ¿es la modernidad una ilusión que encubre la permanencia de lo ancestral en el inconsciente colectivo?

Desde una perspectiva psicológica, el relato puede leerse como una exploración del concepto de arquetipo propuesto por Carl Jung. El guerrero moteca, inmerso en un ritual de vida o muerte, encarna lo primitivo que habita en el ser humano, mientras que el hombre moderno representa la conciencia racional que reprime esos instintos. Cortázar, influido por las corrientes surrealistas y existenciales de su tiempo, parece sugerir que estas dos dimensiones no son excluyentes, sino complementarias. La cacería ritual, con su carga de terror y fatalidad, resuena como un eco de los temores más profundos que la civilización no logra erradicar, un tema que conecta con otras obras del autor, como Rayuela, donde también se indaga en los límites de la identidad.

El uso del lenguaje contribuye a esta desorientación. Cortázar emplea una prosa precisa pero cargada de imágenes que evocan tanto lo tangible como lo intangible: la motocicleta como símbolo de progreso, los cuchillos de obsidiana como vestigios de un pasado brutal. La alternancia entre descripciones clínicas y pasajes líricos intensifica la sensación de estar atrapado entre dos mundos. Además, el autor evita explicaciones explícitas, dejando que el lector interprete las conexiones entre el accidente y la cacería, lo que refuerza el carácter incierto del relato y su capacidad para generar múltiples lecturas.

En el contexto de la literatura latinoamericana, “La noche boca arriba” se inscribe en la tradición del realismo mágico, aunque con matices propios. A diferencia de autores como Gabriel García Márquez, que integran lo fantástico en un marco cotidiano, Cortázar juega con la dualidad realidad-sueño para cuestionar la propia naturaleza de lo real. Publicado en 1956, el cuento refleja el clima intelectual de la posguerra, marcado por la desconfianza en los grandes relatos de progreso y un renovado interés por las culturas ancestrales como fuente de significado. En este sentido, la figura del moteca no solo remite a los pueblos originarios de América, sino que actúa como un símbolo universal de lo reprimido que retorna.

La relevancia de esta obra trasciende su época. En un mundo contemporáneo dominado por la tecnología y la hiperconectividad, “La noche boca arriba” invita a reconsiderar la relación entre el hombre y sus raíces. El accidente de motocicleta, interpretado como una ruptura con la rutina moderna, abre la puerta a un regreso simbólico al pasado, sugiriendo que la civilización no elimina lo primitivo, sino que lo oculta bajo capas de artificialidad. Esta idea resuena en debates actuales sobre la sostenibilidad, la memoria histórica y la identidad cultural en un continente como América Latina, donde lo indígena y lo moderno siguen en tensión.

Así pues, “La noche boca arriba” es un relato que trasciende la mera narración para convertirse en una meditación sobre la dualidad humana. A través de la alternancia entre el hospital y la selva, Cortázar no solo desorienta al lector, sino que lo confronta con la fragilidad de sus certezas. La tensión sutil entre lo contemporáneo y lo ancestral, sustentada en una prosa magistral y un manejo impecable de la ambigüedad, convierte este cuento en una obra atemporal que sigue interpelando a quienes se adentran en sus páginas. Lejos de ofrecer respuestas, Cortázar nos arrastra a un territorio incierto donde la realidad se fractura, revelando que, quizás, el verdadero sueño sea el que creemos vivir despiertos.


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