En los laberintos de la memoria, lo que recordamos y lo que olvidamos configuran nuestra identidad de manera tan profunda que, a menudo, no somos conscientes del peso de estas decisiones. Umberto Eco, explorador de los secretos de la historia y la cultura, nos invita a cuestionar no solo qué retenemos, sino también cómo el olvido, ese vacío silencioso, actúa como un catalizador en la construcción de nuestra realidad colectiva.


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La construcción de la memoria y el olvido en la obra de Umberto Eco: una reflexión crítica sobre la historia y la identidad


La obra de Umberto Eco, tanto en su faceta académica como en su producción literaria, constituye un espacio privilegiado para reflexionar sobre los procesos de memoria y olvido en la construcción histórica. Eco, semiólogo y filósofo de la cultura, aborda estas cuestiones desde una perspectiva que combina el rigor teórico con una profunda sensibilidad hacia las tensiones que estructuran la conciencia histórica. Su enfoque no se limita a analizar cómo las sociedades recuerdan, sino que profundiza en los mecanismos que determinan qué se olvida y por qué. Este ensayo explora la contribución de Eco a la comprensión de la memoria y el olvido como fenómenos no solo individuales, sino también colectivos, políticos y culturales, y cómo estos procesos influyen en la formación de las identidades sociales.

En The Mysterious Flame of Queen Loana (2004), Eco utiliza la figura de un protagonista con amnesia para explorar la naturaleza fragmentaria de la memoria. El personaje, que pierde la capacidad de recordar su vida personal pero conserva sus conocimientos culturales, se convierte en una metáfora de cómo la memoria colectiva opera de manera selectiva. A través de esta narrativa, Eco sugiere que la identidad no es un conjunto fijo de recuerdos, sino un tejido de fragmentos, vacíos y reconstrucciones. Esta idea resuena con las teorías de Maurice Halbwachs, quien argumentó que la memoria es siempre social, ya que se construye en el marco de grupos y contextos específicos. Sin embargo, Eco va más allá al subrayar que lo que se olvida es tan constitutivo de la identidad como lo que se recuerda. Los vacíos en la memoria no son meras ausencias, sino espacios que estructuran la forma en que las sociedades se entienden a sí mismas.

La reflexión de Eco sobre el olvido adquiere una dimensión política en El cementerio de Praga (2010), donde examina cómo las falsificaciones documentales y los mitos conspirativos han sido utilizados para construir narrativas de exclusión y odio. El caso de los Protocolos de los Sabios de Sión, un texto falsificado que pretendía exponer un supuesto plan judío para dominar el mundo, ilustra cómo el olvido puede ser instrumentalizado para borrar huellas incómodas y fabricar tradiciones ficticias. Eco no solo denuncia la falsificación histórica, sino que también analiza los mecanismos sociales y políticos que permiten que estas narrativas se legitimen. En este sentido, el olvido no es un fenómeno pasivo, sino una herramienta activa en la construcción de la historia. Aquí, Eco dialoga con las ideas de Paul Ricoeur, quien en La memoria, la historia, el olvido (2000) explora cómo el olvido puede ser tanto un acto de represión como una condición necesaria para la reconciliación. Sin embargo, Eco enfatiza el papel del poder en la selección de lo memorable y lo olvidable, destacando que el olvido no es un accidente, sino una estrategia política.

Esta perspectiva crítica se extiende a la labor del historiador, a quien Eco concibe como un detective que no solo reconstruye eventos, sino que desentraña los mecanismos que determinan qué versiones del pasado se legitiman. En Cómo se hace una tesis (1977), Eco insiste en la importancia del escepticismo metodológico y la confrontación rigurosa de las fuentes. Para él, toda selección de evidencia implica una jerarquización de valores, lo que significa que el historiador debe ser consciente de sus propios sesgos y de las limitaciones de su enfoque. Esta advertencia es particularmente relevante en un contexto donde el presentismo —la tendencia a juzgar el pasado con criterios contemporáneos— puede distorsionar la comprensión histórica. Eco argumenta que, para entender fenómenos como la Inquisición medieval, es necesario analizarlos dentro de su propio marco epistemológico, en lugar de condenarlos desde una moral moderna. Este enfoque no implica justificar las injusticias del pasado, sino comprender las lógicas que las hicieron posibles.

La ética del historiador, según Eco, consiste en reconocer que la historia no es un tribunal que emite veredictos definitivos, sino un diálogo incesante entre las voces del pasado y las preguntas del presente. Esta idea tiene implicaciones pedagógicas profundas, especialmente en una era de sobreabundancia informativa y manipulación digital. Eco advierte que las conmemoraciones oficiales, los museos e incluso los algoritmos que filtran el acceso al conocimiento heredado son dispositivos que necesitan ser interrogados no solo por lo que muestran, sino por lo que omiten. En este sentido, la historia no es un registro objetivo de hechos, sino un campo de tensiones entre lo que se preserva y lo que se suprime.

La obra de Eco también invita a reflexionar sobre el papel de la ficción en la construcción de la memoria histórica. A través de novelas como El nombre de la rosa (1980) y Baudolino (2000), Eco explora cómo las narrativas literarias pueden cuestionar las versiones oficiales del pasado y revelar las fisuras en la memoria colectiva. En El nombre de la rosa, por ejemplo, la biblioteca laberíntica del monasterio se convierte en una metáfora de los archivos históricos, donde el conocimiento y el olvido coexisten en un equilibrio precario. La novela no solo reconstruye un momento histórico específico, sino que también cuestiona las formas en que ese momento ha sido recordado e interpretado. De manera similar, en Baudolino, Eco utiliza la figura de un narrador poco fiable para explorar cómo las mentiras y las invenciones pueden convertirse en parte de la memoria colectiva.

En última instancia, la reflexión de Eco sobre la memoria y el olvido nos desafía a reconsiderar nuestra relación con el pasado. Su obra nos recuerda que la historia no es un conjunto de hechos inmutable, sino un proceso dinámico en el que las sociedades negocian continuamente su identidad. Este proceso no está exento de conflictos, ya que implica decisiones sobre qué recuerdos se valoran y cuáles se descartan. Eco nos invita a ser conscientes de estas decisiones y a cuestionar las narrativas que se nos presentan como verdades incuestionables. En un mundo donde la información es abundante pero la comprensión es escasa, su llamado a la honestidad intelectual y al escepticismo metodológico resuena con una urgencia particular.

La historia, en su visión, no es solo un registro del pasado, sino un espejo en el que las sociedades pueden contemplar sus propias contradicciones y desafíos.


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