Enfrentar una opinión contraria puede despertar enojo, pero ¿es este enojo un reflejo de certeza o de inseguridad? Bertrand Russell propone que cuando reaccionamos con ira ante creencias ajenas, nuestra propia convicción puede estar más allá de lo que la evidencia respalda. Esta intrigante idea nos invita a reflexionar sobre el vínculo entre emoción y conocimiento, cuestionando no solo nuestras creencias, sino también la forma en que nos relacionamos con la verdad y la evidencia.


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«Si una opinión contraria a la tuya te hace enfadar, es señal de que inconscientemente eres consciente de que no tienes ninguna buena razón para pensar como lo haces. 

Si alguien sostiene que dos y dos son cinco, o que Islandia está en el ecuador, deberías sentir lástima en lugar de enfado, a menos que sepas tan poco de aritmética o geografía que su opinión haga tambalear tu propia convicción contraria. Las controversias más salvajes son aquellas sobre asuntos sobre los que no hay pruebas fehacientes de ningún tipo. La persecución se utiliza en teología, no en aritmética, porque en aritmética hay conocimiento, pero en teología sólo hay opinión.

Así que, siempre que te encuentres enfadado por una diferencia de opinión, permanece alerta; probablemente descubras que tu creencia va más allá de lo que justifica la evidencia».

-Bertrand Russell,
“Bosquejo sobre la basura intelectual”.

La Relación entre la Emoción, la Evidencia y la Opinión: Un Análisis Crítico a Partir de Bertrand Russell


La reflexión de Bertrand Russell en su ensayo “Bosquejo sobre la basura intelectual” plantea una tesis profundamente reveladora sobre la psicología de las creencias y el papel que juega la emoción en nuestra relación con las opiniones divergentes. Su argumento central sugiere que el enojo provocado por una opinión contraria no es un simple reflejo de desacuerdo, sino una señal subyacente de inseguridad epistemológica. Cuando una persona se enfada ante una afirmación como “dos y dos son cinco” o “Islandia está en el ecuador”, Russell propone que dicho enfado no surge de la certeza, sino de una duda latente sobre la propia posición. Esta idea, que vincula la reacción emocional con la solidez de la evidencia, invita a un análisis exhaustivo que trasciende la mera introspección y se adentra en los terrenos de la epistemología, la psicología cognitiva y la sociología del conocimiento.

La premisa de Russell parte de una distinción fundamental entre dominios del saber donde existen pruebas fehacientes y aquellos donde predominan las opiniones subjetivas. En la aritmética, por ejemplo, la certeza de que dos más dos equals cuatro no depende de interpretaciones personales, sino de un sistema lógico-matemático universalmente aceptado. Del mismo modo, la ubicación geográfica de Islandia, cerca del Círculo Polar Ártico, es un hecho verificable mediante observaciones empíricas y datos cartográficos. En estos casos, una afirmación contraria no debería generar enojo, sino compasión o indiferencia, porque la evidencia es tan abrumadora que el desacuerdo resulta irrelevante. Sin embargo, Russell observa que en ámbitos como la teología, donde las pruebas objetivas son escasas o inexistentes, las diferencias de opinión tienden a desencadenar pasiones intensas, persecuciones e incluso violencia. Esta observación no solo subraya la fragilidad de las creencias no fundamentadas, sino que también apunta a un fenómeno humano más amplio: nuestra tendencia a aferrarnos a ideas con una vehemencia inversamente proporcional a su respaldo empírico.

Desde una perspectiva psicológica moderna, el argumento de Russell encuentra eco en investigaciones sobre el sesgo de confirmación y la disonancia cognitiva. Leon Festinger, en su teoría de la disonancia cognitiva desarrollada en 1957, argumentó que los seres humanos experimentan malestar cuando se enfrentan a información que contradice sus creencias preexistentes. Este malestar puede manifestarse como irritación o enojo, especialmente si la persona percibe que su identidad o su visión del mundo está siendo amenazada. En el contexto de Russell, el enfado ante una opinión contraria podría interpretarse como una reacción defensiva para evitar el esfuerzo cognitivo de reevaluar las propias convicciones. Estudios recientes, como los de Nyhan y Reifler (2010) sobre el “efecto backlash”, han demostrado que, lejos de rectificar creencias erróneas, la presentación de hechos contrarios puede reforzar las posturas iniciales, especialmente en temas cargados de emotividad como la política o la religión. Este fenómeno sugiere que el enojo no solo señala una falta de evidencia, como propone Russell, sino también una resistencia activa a confrontar esa carencia.

Ampliando el análisis, cabe considerar cómo las dinámicas sociales y culturales influyen en esta relación entre emoción y evidencia. Pierre Bourdieu, en su concepto de “habitus”, describe cómo las estructuras sociales moldean las disposiciones individuales, incluyendo la forma en que reaccionamos ante el desacuerdo. En sociedades donde ciertas creencias —religiosas, políticas o morales— constituyen un capital simbólico, cuestionarlas no solo desafía una idea, sino el estatus y la cohesión del grupo que las sostiene. Esto explicaría por qué, históricamente, las disputas teológicas han derivado en persecuciones, mientras que los errores aritméticos rara vez generan más que una corrección amable. Un ejemplo paradigmático es el caso de Galileo Galilei en el siglo XVII, cuya defensa del heliocentrismo fue recibida con hostilidad por la Iglesia Católica no porque las pruebas fueran insuficientes —de hecho, Galileo aportó observaciones telescópicas—, sino porque amenazaba un sistema de creencias que carecía de fundamentos empíricos sólidos y dependía de la autoridad dogmática.

Russell también introduce una dimensión ética en su reflexión al sugerir que el enojo ante una opinión contraria debería servir como una señal de alerta. Esta idea tiene implicaciones profundas para el autoconocimiento y el desarrollo intelectual. En la filosofía clásica, Sócrates ya abogaba por una actitud de humildad epistemológica, instando a sus interlocutores a examinar sus creencias mediante el diálogo crítico. La propuesta de Russell se alinea con esta tradición al exhortarnos a transformar una reacción visceral en una oportunidad de introspección. Si el enojo indica que nuestra creencia “va más allá de lo que justifica la evidencia”, entonces el siguiente paso lógico es buscar esa evidencia o, en su ausencia, reconsiderar nuestra posición. Este enfoque no solo fomenta la tolerancia, sino que también eleva el estándar del discurso intelectual, alejándolo de las pasiones irracionales y acercándolo a la razón.

Un aspecto novedoso que puede enriquecer el argumento de Russell es el papel de las tecnologías contemporáneas en la amplificación del enojo ante las opiniones divergentes. En la era de las redes sociales, plataformas como X han convertido el intercambio de ideas en un espectáculo público donde las reacciones emocionales se viralizan rápidamente. Un estudio de 2021 publicado en Nature Communications por Brady et al. encontró que las publicaciones con contenido emocionalmente cargado, especialmente de indignación, tienden a generar mayor engagement que aquellas basadas en hechos neutrales. Este hallazgo sugiere que el diseño algorítmico de estas plataformas exacerba la dinámica que Russell describe, premiando la visceralidad sobre la reflexión. Así, el enojo no solo refleja una inseguridad epistemológica, sino que también se convierte en una moneda de cambio en la economía de la atención digital.

Por otro lado, la distinción de Russell entre conocimiento y opinión merece un escrutinio más detenido. Aunque la aritmética y la geografía ofrecen ejemplos claros de certeza, no todos los dominios del saber son tan inequívocos. Las ciencias sociales, por ejemplo, operan en un terreno intermedio donde la evidencia existe, pero su interpretación depende de marcos teóricos y contextos históricos. ¿Qué sucede entonces cuando el enojo surge en debates sobre economía o justicia social? Aquí, el desafío radica en discernir si la emoción refleja una falta de evidencia o simplemente la complejidad inherente al objeto de estudio. La filosofía de la ciencia, desde Thomas Kuhn hasta Bruno Latour, ha demostrado que incluso en las ciencias “duras” las certezas son provisionales y están sujetas a paradigmas cambiantes, lo que complica la dicotomía tajante de Russell entre hechos y opiniones.

A medida que exploramos estas ideas, emerge una tensión fascinante entre la claridad racional que Russell defiende y la realidad de la experiencia humana, donde las emociones y las creencias están inextricablemente entrelazadas. Su invitación a permanecer alerta ante el enojo no es solo un consejo práctico, sino un desafío filosófico que nos empuja a interrogar los límites de nuestro conocimiento. En un mundo saturado de información y polarización, esta reflexión adquiere una urgencia renovada, instándonos a distinguir entre la furia que protege nuestra ignorancia y la curiosidad que nos guía hacia la verdad.

La tarea, entonces, no es eliminar la emoción del discurso, sino comprender su origen y su significado, utilizando cada arrebato como un espejo que revele las fisuras de nuestras certezas.


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