En las brumosas colinas de la Selva Negra alemana nació Martin Heidegger, un pensador cuya obra transformaría para siempre la filosofía del siglo XX. Su texto Ser y tiempo no solo cuestionó la esencia misma de la existencia humana, sino que también reveló la tensión entre la búsqueda del ser y las sombras de la política. Desde su génesis humilde hasta su controversia con el nazismo, la vida de Heidegger es un reflejo de la genialidad y complejidad del pensamiento humano.



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Martin Heidegger: El Filósofo del Ser entre la Existencia y la Controversia
Martin Heidegger (1889-1976), una de las figuras más imponentes y enigmáticas de la filosofía del siglo XX, emergió desde las brumosas colinas de la Selva Negra alemana para transformar la manera en que el pensamiento occidental concibe la existencia, el ser y la relación del hombre con el mundo. Nacido el 26 de septiembre de 1889 en Messkirch, en el seno de una familia católica humilde —su padre era sacristán—, Heidegger llevó consigo las raíces de una vida rural y religiosa que impregnarían su obra de un lirismo telúrico y una profundidad ontológica sin precedentes. Su obra cumbre, Ser y tiempo (1927), no solo marcó un hito en la fenomenología y el existencialismo, sino que redefinió los contornos de la filosofía al plantear una pregunta tan antigua como audaz: ¿qué significa “ser”?
La trayectoria intelectual de Heidegger comenzó en un ambiente impregnado de tradición teológica. Tras estudiar en el seminario de Friburgo y luego en la universidad de la misma ciudad, su interés inicial por la escolástica medieval —influido por Tomás de Aquino y Duns Escoto— dio paso a un encuentro decisivo con la fenomenología de Edmund Husserl, bajo cuya tutela se doctoró en 1914 con una tesis sobre la teoría del juicio en el psicologismo. Sin embargo, Heidegger pronto trascendió el marco husserliano, que se centraba en la descripción de la conciencia, para dirigir su mirada hacia la pregunta fundamental del ser, una inquietud que lo acompañaría toda su vida. En 1923, asumió una cátedra en Marburgo, donde comenzó a gestar Ser y tiempo, publicada cuatro años después bajo presión para asegurar su puesto en Friburgo como sucesor de Husserl. Este texto, aunque inacabado —solo se completó la primera parte de un proyecto más ambicioso—, irrumpió como una revolución filosófica, desplazando el foco de las abstracciones metafísicas hacia la experiencia concreta del ser humano en el mundo.
En Ser y tiempo, Heidegger introduce el concepto de Dasein (“ser-ahí”), una noción que encapsula la existencia humana como un estar arrojado en el mundo, inseparable de su temporalidad y su entorno. A diferencia de la subjetividad cartesiana, que separa al “yo” del mundo externo, el Dasein es un ser-en-el-mundo, definido por su relación con las cosas, los otros y, sobre todo, su propia finitud. Para Heidegger, la existencia no es un estado estático, sino un acontecer dinámico marcado por la Sorge (cuidado), una disposición fundamental que nos vincula al mundo a través de proyectos y posibilidades. Sin embargo, esta apertura al ser se ve amenazada por la inautenticidad del “uno” (das Man), el anonimato de la sociedad que nos sumerge en la banalidad cotidiana y nos aleja de nuestra esencia. La angustia (Angst), lejos de ser un mero estado psicológico, emerge como una revelación existencial: al confrontar la certeza de la muerte —el “ser-para-la-muerte”—, el Dasein puede elegir vivir auténticamente, asumiendo su libertad y su destino único.
El giro de Heidegger hacia la modernidad y la tecnología revela otra faceta de su pensamiento, marcada por una crítica profética. En ensayos posteriores como “La pregunta por la técnica” (1954), advierte que la tecnología no es un simple instrumento, sino un modo de desocultamiento (aletheia) que reduce el mundo y al hombre a meros recursos explotables. Este Gestell (encuadre) cosifica la existencia, alejándola de la apertura poética al ser que Heidegger asocia con los presocráticos y poetas como Hölderlin. Su nostalgia por un pensamiento originario, anterior a la metafísica platónica, lo llevó a buscar en el lenguaje y la poesía —”el lenguaje es la casa del ser”, afirmó en Carta sobre el humanismo (1947)— una vía para recuperar la dimensión olvidada del ser, un tema que dominó su obra tardía tras el llamado Kehre (giro) de los años 30.
La vida de Heidegger, sin embargo, no puede narrarse sin abordar la mancha indeleble de su afiliación al Partido Nacionalsocialista en 1933, un episodio que ha ensombrecido su legado y generado debates éticos y filosóficos. Nombrado rector de la Universidad de Friburgo en abril de ese año, poco después de la ascensión de Hitler, Heidegger pronunció un discurso rectoral, “La autoafirmación de la universidad alemana”, que algunos interpretan como una adhesión al espíritu nazi, con su exaltación del destino histórico del pueblo alemán. Aunque renunció al rectorado en 1934 y se distanció del partido, nunca ofreció una disculpa explícita ni un análisis crítico de su involucramiento, un silencio que ha alimentado acusaciones de oportunismo o simpatía ideológica. Los Cuadernos negros, publicados póstumamente entre 2014 y 2018, han reavivado el debate al revelar pasajes con tintes antisemitas, aunque contextualizados en una crítica más amplia a la modernidad. Filósofos como Emmanuel Levinas y Hannah Arendt —esta última, su alumna y amante en los años 20— oscilaron entre condenar su conducta y defender la autonomía de su pensamiento, dejando abierta la cuestión de hasta qué punto su filosofía está contaminada por su política.
Pese a esta controversia, la influencia de Heidegger en el siglo XX es innegable. Su relectura del ser inspiró a Jean-Paul Sartre, quien adaptó el existencialismo heideggeriano en El ser y la nada (1943), aunque con un enfoque más individualista. Michel Foucault y Jacques Derrida, desde la filosofía posmoderna, tomaron su deconstrucción de la metafísica como punto de partida para sus propias críticas al poder y al lenguaje. Incluso en campos como la teología (Rudolf Bultmann) y la psicología (Medard Boss), su ontología resonó profundamente. Tras la guerra, Heidegger vivió retirado en Todtnauberg, en una cabaña rústica donde escribió sus últimos textos, como Caminos de bosque (1950), hasta su muerte el 26 de mayo de 1976. Su tumba, en el cementerio de Messkirch junto a sus padres, simboliza un retorno a las raíces que tanto moldearon su visión.
La vida de Heidegger encarna una paradoja: un pensador que iluminó las profundidades de la existencia humana con una lucidez sin igual, pero cuya sombra política desafía cualquier canonización fácil. Su pregunta por el ser no fue solo un ejercicio abstracto, sino una invitación a habitar el mundo con asombro y responsabilidad, un llamado que resuena en su frase de Ser y tiempo: “El ser es lo más próximo y, sin embargo, lo más lejano”. En su genialidad y sus contradicciones, Heidegger nos lega un espejo en el que se reflejan tanto la grandeza como la fragilidad del pensamiento humano, un legado que, como el claro del bosque que tanto amaba, sigue invitando a la reflexión en medio de la oscuridad. Su obra, a la vez monumento y enigma, permanece como un testimonio de la lucha por comprender lo que significa, en última instancia, estar vivos.

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