Entre el eco del pasado y la promesa incierta del futuro, se erige el presente como el único terreno verdaderamente nuestro. Un instante fugaz, pero absoluto, que contiene la semilla de nuestra libertad. En él, no solo habitamos, sino que tomamos las riendas de nuestra existencia. Este ensayo desvela cómo el presente se convierte en un dominio de soberanía, donde las decisiones humanas y el tiempo se entrelazan en una danza constante de posibilidades y elecciones.


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El presente como soberanía absoluta: la intersección entre el pasado, el futuro y la agencia humana


La reflexión sobre el tiempo y su relación con la agencia humana ha sido un tema recurrente en la historia del pensamiento filosófico y literario. Desde las antiguas tradiciones griegas hasta las corrientes contemporáneas, la tensión entre el pasado, el presente y el futuro ha sido explorada como un eje central para comprender la condición humana. Sin embargo, en medio de esta tríada temporal, es el presente el que emerge como el dominio más crucial, el espacio en el que se ejerce la verdadera soberanía del ser.

El pasado, como bien se ha señalado, ejerce una influencia innegable sobre nuestras vidas. Es el depósito de nuestras experiencias, decisiones y errores, un archivo que, aunque inmutable, continúa informando nuestras acciones y percepciones. La filosofía existencialista, particularmente en la obra de Jean-Paul Sartre, ha subrayado cómo el pasado nos define en la medida en que lo asumimos y lo integramos a nuestra narrativa personal. Sin embargo, esta definición no es estática ni determinista. El pasado no es más que una serie de eventos que han perdido su dinamismo, convertidos en huellas que solo adquieren significado a través de la interpretación que hacemos de ellos en el presente. En este sentido, el pasado no nos posee; somos nosotros quienes, a través de nuestra conciencia actual, le otorgamos poder sobre nuestras vidas.

Por otro lado, el futuro, aunque cargado de promesas y posibilidades, es igualmente inasible. Las proyecciones que hacemos sobre lo que está por venir son, en última instancia, construcciones mentales, productos de nuestra imaginación y de nuestros deseos. La filosofía estoica, con su énfasis en la aceptación del destino y la concentración en el momento presente, nos recuerda que el futuro es, por naturaleza, incierto. Epicteto, en sus Discursos, advierte que la ansiedad por lo que está por venir es una fuente de sufrimiento innecesario, pues el futuro escapa a nuestro control directo. Lo único que tenemos, lo único que podemos moldear, es el presente. Es aquí donde radica la paradoja temporal: aunque el futuro parece ofrecer un campo infinito de posibilidades, solo el presente tiene la capacidad de concretarlas.

La noción del presente como el locus de la agencia humana encuentra un eco profundo en la filosofía contemporánea, particularmente en la fenomenología de Martin Heidegger. En Ser y tiempo, Heidegger introduce el concepto de Dasein (ser-ahí), que describe la existencia humana como un estar-en-el-mundo que se despliega en el tiempo. Para Heidegger, el presente no es un mero punto en una línea temporal, sino un espacio de apertura en el que el ser humano se enfrenta a sus posibilidades y toma decisiones que definen su existencia. El presente, en este sentido, es el ámbito de la auténtica libertad, el momento en el que el individuo puede trascender las determinaciones del pasado y las incertidumbres del futuro para actuar de manera auténtica.

Esta idea se ve reforzada por los hallazgos de la psicología cognitiva y las neurociencias, que han demostrado cómo la atención plena al presente puede tener efectos profundos en la salud mental y el bienestar emocional. La práctica de la mindfulness, por ejemplo, se basa en la capacidad de concentrarse en el momento actual, liberándose de la rumiación sobre el pasado y la ansiedad por el futuro. Estudios recientes han mostrado que esta práctica no solo reduce el estrés y la depresión, sino que también mejora la capacidad de toma de decisiones y la claridad mental. Esto sugiere que, más allá de su relevancia filosófica, la administración consciente del presente tiene implicaciones prácticas concretas para la vida cotidiana.

Sin embargo, la soberanía del presente no debe entenderse como una negación del pasado o del futuro. Por el contrario, es en el presente donde estos dos dominios temporales adquieren sentido. El pasado, como ya se ha mencionado, solo existe en la medida en que lo recordamos y lo interpretamos en el ahora. Del mismo modo, el futuro solo puede ser imaginado y planificado desde el presente. En este sentido, el presente actúa como un puente entre lo que fue y lo que será, un espacio de mediación en el que se reconcilian las tensiones temporales.

La literatura, por su parte, ha explorado esta idea de manera profunda y poética. En En busca del tiempo perdido, Marcel Proust nos muestra cómo el pasado puede ser rescatado y revivido a través de la memoria, pero solo en el momento presente. La famosa escena de la magdalena, en la que el sabor de una galleta sumerge al narrador en un torrente de recuerdos, ilustra cómo el pasado solo puede ser experimentado en el ahora. De manera similar, en El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald explora la obsesión por el futuro y la imposibilidad de escapar del pasado, sugiriendo que la única manera de encontrar significado es abrazar el presente.

En el ámbito de la filosofía política, la idea del presente como soberanía absoluta tiene implicaciones radicales. Si aceptamos que el poder real reside en el ahora, entonces la lucha por la libertad y la justicia debe centrarse en la transformación del presente. Las revoluciones sociales, los movimientos de resistencia y las luchas por los derechos humanos son, en última instancia, esfuerzos por redefinir el presente, por crear un ahora más justo y equitativo. Esto no significa ignorar las lecciones del pasado o las aspiraciones futuras, sino reconocer que es en el presente donde se libran las batallas decisivas.

En última instancia, la conciencia del presente como soberanía absoluta nos invita a reconsiderar nuestra relación con el tiempo y con nosotros mismos. No se trata de negar la importancia del pasado o del futuro, sino de reconocer que es en el ahora donde se ejerce nuestra capacidad de acción y transformación. El pasado, con todo su peso, no puede ser cambiado; el futuro, con toda su incertidumbre, no puede ser controlado. Pero el presente, ese instante fugaz y eterno, es nuestro para moldear.

Es aquí donde podemos elegir, donde podemos actuar, donde podemos ser. Y es en esta elección, en esta acción, en este ser, donde reside la esencia de la libertad humana.


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