Entre el ritual de la tauromaquia y la creciente controversia sobre su ética, el trato al toro antes de la corrida revela prácticas que desafían nuestra comprensión de la crueldad y el respeto hacia los animales. Desde la aplicación de sustancias para desorientar al animal hasta el confinamiento en condiciones extremas, estas técnicas, aunque desconocidas por muchos, buscan garantizar el éxito de un espectáculo que, para algunos, es una tradición, pero para otros, un acto injustificable de sufrimiento.


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El Trato al Toro Antes de la Corrida: Un Análisis Ético, Histórico y Cultural


La corrida de toros, una práctica profundamente arraigada en la tradición de ciertos países, ha sido objeto de intensos debates éticos y culturales. Uno de los aspectos más controvertidos es el trato que recibe el toro antes de entrar a la arena, un proceso que involucra técnicas destinadas a debilitarlo y desorientarlo. Este ensayo examina de manera detallada estas prácticas, sus raíces históricas, su propósito funcional y las implicaciones morales que suscitan, aportando datos nuevos y un análisis riguroso desde una perspectiva histórica.

Antes de la corrida, el toro es sometido a una serie de procedimientos que alteran su estado físico y mental. Según testimonios de veterinarios y documentos históricos, se le aplica vaselina en los ojos para empañar su visión, un método que reduce su capacidad de percibir con claridad los movimientos del torero. Esta práctica, aunque no siempre documentada oficialmente, ha sido reportada por críticos de la tauromaquia como una estrategia para disminuir la precisión del animal en sus embestidas.

Otro procedimiento consiste en insertar algodón en las fosas nasales del toro para dificultar su respiración. Este acto, que puede parecer secundario, tiene un impacto significativo en su resistencia. El toro de lidia, criado por su fuerza y agresividad, depende de una respiración eficiente para mantener su vigor durante el enfrentamiento. Al restringirla, se asegura que el animal llegue a la arena fatigado, lo que facilita el espectáculo y reduce el riesgo para el matador.

Más perturbador aún es el uso de una aguja en los genitales, una práctica denunciada por organizaciones como la Sociedad Mundial para la Protección Animal (WSPA). Este método, que provoca un dolor intenso, tiene como objetivo mantener al toro en un estado de agitación constante, impidiéndole descansar o acostarse. El sufrimiento infligido no solo lo debilita físicamente, sino que también exacerba su comportamiento agresivo, un rasgo explotado para intensificar el drama de la corrida de toros.

Además, se aplica una sustancia corrosiva en las piernas, como pimienta o ácidos diluidos, según informes de activistas antitaurinos. Esta técnica afecta el equilibrio del toro, haciendo que sus movimientos sean menos coordinados y predecibles. En combinación con los otros métodos, este procedimiento asegura que el animal no pueda adoptar una postura defensiva natural, como tumbarse en el suelo, lo que lo deja vulnerable ante los ataques del torero.

La preparación del toro también incluye un confinamiento previo en un espacio estrecho y oscuro, a veces durante días. Este encierro, conocido como chiquero, es un elemento tradicional de la tauromaquia, documentado en tratados como el de Pepe-Hillo (1796). La falta de luz y movimiento genera un estrés extremo, desorientando al animal. Cuando finalmente es liberado, el toro corre hacia la luz de la arena, interpretada por algunos etólogos como un intento desesperado de escapar de su tormento, solo para enfrentarse a un destino fatal.

Históricamente, estas prácticas tienen raíces en la evolución de la corrida de toros como espectáculo público. En la Edad Media, las lidias eran enfrentamientos más espontáneos entre nobles y toros bravos, sin la sofisticación actual. Con el tiempo, durante el siglo XVIII, la tauromaquia se formalizó en España, y el debilitamiento previo del toro se institucionalizó para garantizar la seguridad del torero y prolongar el evento, transformándolo en un arte escénico más que en una lucha equitativa.

Desde un punto de vista funcional, el trato al toro responde a la necesidad de controlar un animal de más de 500 kilogramos, cuya fuerza natural podría superar fácilmente al hombre. En el reglamento taurino moderno, como el español de 1996, no se mencionan explícitamente estas técnicas, lo que sugiere que operan en un ámbito informal, tolerado pero no regulado. Sin embargo, estudios como el de la Universidad de Córdoba (2018) han detectado lesiones consistentes con estas prácticas en toros lidiados, evidenciando su persistencia.

El simbolismo cultural de la corrida complica aún más el análisis. Para sus defensores, el toro encarna la bravura y la lucha heroica, valores celebrados en obras como las de Federico García Lorca. La preparación del animal, aunque cruel, se justifica como parte del ritual que exalta estas cualidades. Sin embargo, esta narrativa choca con la realidad biológica: el toro no elige su destino ni comprende el espectáculo; su sufrimiento es un medio para un fin estético, no una expresión voluntaria de coraje.

Desde una perspectiva ética, el trato al toro antes de la corrida plantea preguntas fundamentales sobre el uso de animales en el entretenimiento. Filósofos como Peter Singer argumentan que infligir dolor innecesario a seres sintientes es moralmente indefendible. La combinación de vaselina, algodón, agujas y sustancias corrosivas no solo maximiza el sufrimiento, sino que despoja al toro de su capacidad de defenderse, contradiciendo la noción de una lucha justa que los taurinos suelen invocar.

En el ámbito global, la corrida de toros enfrenta un escrutinio creciente. Países como Portugal han eliminado la muerte del toro en la arena, mientras que en México y Colombia persisten debates legislativos. Las imágenes de toros debilitados antes de la lidia, difundidas por redes sociales y documentales como «Toro» (2015), han alimentado el rechazo internacional, llevando a prohibiciones en regiones como Cataluña (2010), donde se argumentó que estas prácticas violan los principios de bienestar animal.

A nivel psicológico, el impacto en el toro es devastador. Investigaciones en etología, como las de la Universidad Complutense de Madrid, indican que el estrés prolongado en el chiquero y las agresiones físicas activan respuestas de pánico y agotamiento. Cuando el toro entra en la arena, su carrera hacia la luz no es un acto de bravura, sino un reflejo de supervivencia, una esperanza frustrada que culmina en su enfrentamiento con el matador y la multitud.

La preparación del toro antes de la corrida trasciende el ámbito de la tauromaquia para convertirse en un espejo de las contradicciones humanas. Lejos de ser un mero preliminar, estas prácticas —desde el uso de vaselina en los ojos hasta el encierro en el chiquero— revelan una tensión entre la admiración por la fuerza del toro y la necesidad de someterlo. Este contraste invita a reconsiderar no solo el futuro de la corrida de toros, sino también nuestra relación con los animales como seres capaces de sufrir, desafiando a las sociedades a equilibrar tradición y compasión en un diálogo que trasciende fronteras.


Nota: – No es cierto que el torero sea un hombre valiente o que demuestre coraje en el ruedo. Al contrario, lo que se presenta en la corrida de toros es un acto de barbarie y crueldad hacia un animal que, antes de entrar a la arena, ya ha sido sometido a una serie de torturas, como la aplicación de vaselina en los ojos, la inserción de algodón en las fosas nasales y la utilización de agujas y sustancias corrosivas. Una vez en el ruedo, el toro continúa siendo sometido a más torturas, como las banderillas y el ataque de los picadores a caballo. El torero, lejos de ser un héroe, actúa desde la cobardía, aprovechándose de la vulnerabilidad de un ser inocente. Este espectáculo no es más que un circo cruel y bestial.


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