En un mundo donde la fragmentación parece ser la norma, la filosofía de Georg Simmel nos invita a recuperar una unidad originaria, un estado pre-reflexivo donde ser y mundo se fusionan sin divisiones. A través de la experiencia primitiva del niño, Simmel sugiere que esta totalidad unitaria no es un ideal distante, sino una realidad inmediata que, aunque perdida, sigue presente en los momentos fugaces de nuestra existencia cotidiana. ¿Es posible redescubrirla en medio de la modernidad?
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"La metafísica sostiene, a veces, que la esencia trascendental del ser es absolutamente unitaria, más allá de la contradicción sujeto-objeto, y la variante psicológica de esto se puede encontrar en la plenitud simple y primitiva, de un contenido de representación, como se da en el niño, quien aún no habla de sí como Yo y en el que, de modo rudimentario, quizá pueda observarse la totalidad de la vida. Esta unidad, de la que se derivan las categorías de sujeto y objeto en acción mutua y por medio de un proceso que aún hemos de examinar, se nos antoja subjetiva porque nos acercamos a ella provistos del concepto de objetividad, que es de fabricación posterior, y porque carecemos de expresión adecuada para estas unidades y acostumbramos a darles nombre según uno de sus elementos particulares, cuando su efecto conjunto se manifiesta en el análisis posterior".
Simmel, Georg, Filosofía del dinero.
La unidad trascendental del ser y su manifestación en la experiencia primitiva: una reflexión a partir de Simmel
En el ámbito de la filosofía, la metafísica ha sido un campo fértil para la exploración de las estructuras fundamentales de la realidad y del ser. Georg Simmel, en su obra Filosofía del dinero, aborda de manera tangencial una cuestión que trasciende lo económico y se adentra en lo ontológico: la idea de una esencia trascendental unitaria del ser, más allá de la dicotomía sujeto-objeto. Esta noción, que Simmel vincula con la experiencia primitiva del niño, nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la unidad originaria y su descomposición en categorías que estructuran nuestra comprensión del mundo. A partir de esta idea, es posible desarrollar un análisis profundo sobre cómo la unidad primordial del ser se manifiesta en la experiencia humana, cómo se fragmenta en la conciencia moderna y qué implicaciones tiene esta fragmentación para nuestra comprensión de la realidad.
La metafísica tradicional ha sostenido que la esencia del ser es unitaria, una totalidad indivisible que precede a las categorías de sujeto y objeto. Esta unidad trascendental no es simplemente una abstracción filosófica, sino que tiene su correlato en la experiencia humana más primitiva. Simmel señala que en el niño, antes de que surja la autoconciencia y la distinción entre el Yo y el mundo exterior, existe una plenitud simple y primitiva en la que la vida se experimenta como una totalidad indiferenciada. Esta experiencia, que podríamos denominar “unidad pre-reflexiva”, es anterior a la división entre sujeto y objeto, y en ella la vida se manifiesta como un flujo continuo y coherente, sin las distinciones que posteriormente impondrá la conciencia reflexiva.
Esta unidad primitiva no es meramente un estado psicológico, sino que tiene profundas implicaciones ontológicas. En ella, el ser se presenta como una totalidad que engloba tanto al sujeto como al objeto, y que precede a su separación conceptual. Esta idea encuentra resonancia en diversas tradiciones filosóficas y espirituales, desde el Advaita Vedanta de la India hasta el misticismo cristiano, que han postulado la existencia de una realidad última que trasciende las dualidades y que solo puede ser captada en estados de conciencia no ordinarios. Sin embargo, lo que Simmel aporta a esta discusión es la idea de que esta unidad no es simplemente un estado místico o trascendente, sino que está presente en la experiencia humana más básica y cotidiana, aunque de manera rudimentaria.
El proceso mediante el cual esta unidad primitiva se descompone en las categorías de sujeto y objeto es, según Simmel, un proceso que aún debemos examinar. Este proceso no es meramente intelectual, sino que está profundamente arraigado en la estructura misma de la experiencia humana. A medida que el niño desarrolla la capacidad de lenguaje y de autoconciencia, comienza a distinguirse a sí mismo como un Yo separado del mundo exterior. Esta distinción, que es fundamental para la formación de la identidad personal, implica también una pérdida: la pérdida de la unidad originaria. La conciencia reflexiva, al dividir la experiencia en sujeto y objeto, introduce una escisión en la totalidad primitiva, y con ello surge la posibilidad de la objetivación y la conceptualización del mundo.
Sin embargo, esta escisión no es completa ni irreversible. A lo largo de la vida, el ser humano experimenta momentos en los que la unidad originaria se hace presente, aunque de manera fugaz y fragmentaria. Estos momentos pueden manifestarse en la experiencia estética, en el amor, en la contemplación de la naturaleza o en estados de meditación profunda. En ellos, la distinción entre sujeto y objeto se desvanece, y la experiencia se vive como una totalidad integrada. Estos momentos, que podríamos denominar “experiencias de unidad”, son recordatorios de la plenitud primitiva que precede a la división reflexiva, y que subyace a toda experiencia humana.
No obstante, la conciencia moderna, influenciada por el pensamiento científico y racional, tiende a privilegiar la objetividad y a marginar estas experiencias de unidad como meramente subjetivas. Simmel señala que esta tendencia se debe en parte a que nos acercamos a la unidad originaria provistos del concepto de objetividad, que es de fabricación posterior. La objetividad, entendida como la capacidad de representar el mundo de manera independiente del sujeto, es un logro de la conciencia reflexiva, pero también una limitación. Al privilegiar la objetividad, la conciencia moderna pierde de vista la unidad originaria que subyace a toda experiencia, y con ello pierde también la posibilidad de una comprensión más profunda y holística de la realidad.
Esta pérdida tiene consecuencias no solo para la filosofía, sino también para la vida práctica. La fragmentación de la experiencia en sujeto y objeto, y la consiguiente objetivación del mundo, han llevado a una relación instrumental con la naturaleza y con los demás seres humanos. En lugar de experimentar el mundo como una totalidad integrada, lo experimentamos como un conjunto de objetos separados y manipulables. Esta actitud ha contribuido a la crisis ecológica y a la alienación social que caracterizan a la modernidad. Frente a esta situación, la recuperación de la unidad originaria, aunque sea de manera parcial y fragmentaria, se presenta como una tarea urgente y necesaria.
La filosofía, en este sentido, tiene un papel crucial que desempeñar. Al explorar la naturaleza de la unidad originaria y su descomposición en categorías, la filosofía puede ayudarnos a recuperar una comprensión más integrada de la realidad. Esto no implica rechazar la objetividad ni la racionalidad, sino más bien integrarlas en un marco más amplio que reconozca la unidad subyacente a toda experiencia. En este sentido, la filosofía puede ser vista como un esfuerzo por recuperar la plenitud primitiva sin renunciar a los logros de la conciencia reflexiva.
En última instancia, la unidad trascendental del ser no es algo que deba ser buscado en un más allá místico, sino algo que está presente en la experiencia humana más básica. Aunque la conciencia reflexiva tiende a oscurecer esta unidad, también tiene la capacidad de redescubrirla y de integrarla en una comprensión más profunda de la realidad. Este redescubrimiento no es solo una tarea filosófica, sino también una tarea existencial, que implica una transformación de nuestra manera de ser en el mundo.
En este sentido, la filosofía de Simmel nos invita a reconsiderar nuestra relación con el ser y con el mundo, y a buscar una manera de vivir que reconcilie la unidad originaria con las exigencias de la vida moderna.

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