Entelando el velo de lo divino, el Isra y Mi’raj se erige como un faro de luz en la tradición islámica. Este viaje nocturno de Mahoma, que lo llevó desde la Meca a los cielos, no solo revela la profundidad de la fe, sino que también conecta lo humano con lo celestial. A través de encuentros con profetas y la recepción de la obligación de la oración, este acontecimiento transforma la espiritualidad musulmana. En esta exploración, desentrañaremos los significados ocultos y las repercusiones culturales que este viaje sagrado ha dejado en el tiempo.
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El Viaje Nocturno y la Ascensión Celestial: Un Análisis del Isra y Mi’raj en la Tradición Islámica
El viaje nocturno del profeta Mahoma, conocido en la tradición islámica como al-Isra wal-Mi’raj, constituye uno de los acontecimientos más trascendentales y místicos en la historiografía religiosa musulmana. Este extraordinario suceso, acaecido aproximadamente en el año 621 de la era común, durante el período mecano del profeta, representa una experiencia de carácter tanto físico como espiritual que ha sido objeto de profundas reflexiones teológicas e interpretaciones exegéticas a lo largo de los siglos. El Corán hace referencia a este acontecimiento en las primeras aleyas de la sura 17, denominada precisamente Al-Isra, así como en diversos pasajes de la sura 53, An-Najm, estableciendo el fundamento escritural de este portentoso viaje celestial.
La narrativa del Isra describe el trayecto horizontal del profeta Mahoma desde la Meca hasta Jerusalén, montado sobre Al-Buraq, una criatura celestial descrita tradicionalmente como un equino alado de extraordinaria velocidad y naturaleza sobrenatural. Las fuentes tradicionales indican que este viaje milagroso comenzó cuando el profeta se encontraba en estado de semi-vigilia en las proximidades de la Kaaba, específicamente en el Hijr Ismail o en la casa de Umm Hani, su prima. El arcángel Gabriel se le apareció y, tras purificar su corazón, le presentó a Al-Buraq como montura para su extraordinario periplo, que lo llevaría hasta el al-Masjid al-Aqsa (la mezquita más lejana), identificada por la tradición con el Monte del Templo en Jerusalén.
En el Templo de Jerusalén, culminación del Isra, Mahoma asumió el papel de imán (líder espiritual) y dirigió una plegaria colectiva en la que participaron los espíritus de numerosos profetas anteriores, incluyendo figuras tan prominentes como Abraham, Moisés y Jesús. Este episodio reviste una importancia singular en la teología islámica, pues establece la preeminencia de Mahoma como “sello de los profetas” y consolida la continuidad de la revelación divina desde las tradiciones abrahámicas precedentes hasta el islam. La elección de Jerusalén como escenario de este encuentro subraya asimismo la conexión intrínseca entre las tres grandes religiones monoteístas y la relevancia de esta ciudad santa en la cosmología islámica.
El Mi’raj, segunda fase del viaje nocturno, constituye la dimensión vertical o ascensional de la experiencia, durante la cual Mahoma, siempre guiado por el arcángel Gabriel, emprendió un ascenso a través de los siete cielos o esferas celestiales. En cada uno de estos niveles cósmicos, el profeta se encontró con diferentes figuras proféticas que lo recibieron como hermano espiritual: Adán en el primer cielo, Jesús y Juan el Bautista en el segundo, José en el tercero, Enoc en el cuarto, Aarón en el quinto, Moisés en el sexto y Abraham en el séptimo. Estos encuentros simbolizan la incorporación del islam en la tradición profética universal y la culminación de un mensaje divino que atraviesa la historia de la humanidad.
La experiencia mística alcanzó su punto culminante cuando Mahoma trascendió el séptimo cielo y accedió al Sidrat al-Muntaha (el Loto del Límite), un árbol cósmico que demarca la frontera entre lo creado y lo increado, lo finito y lo infinito. Según las narraciones tradicionales, incluso Gabriel se detuvo en este punto, incapaz de proseguir hacia los dominios de la presencia divina, mientras que el profeta avanzó solo hacia un encuentro directo con Alá. Este momento de intimidad trascendental, en el que Mahoma se comunicó directamente con la divinidad sin intermediarios, representa la culminación de la experiencia espiritual humana en la tradición islámica.
Durante este encuentro místico, Alá impuso a la comunidad musulmana la obligación de realizar cincuenta oraciones diarias. Sin embargo, al descender, Mahoma se encontró nuevamente con Moisés, quien le aconsejó regresar y solicitar una reducción en el número de plegarias, considerando la fragilidad humana. Este proceso de negociación se repitió varias veces hasta que el número quedó establecido en cinco oraciones diarias, cantidad que constituye uno de los pilares fundamentales de la práctica religiosa islámica hasta nuestros días. Este episodio ilustra el papel intercesor del profeta ante la divinidad y su preocupación por el bienestar de su comunidad de creyentes.
La tradición teológica ha desarrollado diversas interpretaciones sobre la naturaleza de este viaje nocturno. Mientras algunas corrientes enfatizan su carácter literal y físico, fundamentándose en hadices que describen detalladamente las reacciones corporales del profeta y el testimonio de testigos como Umm Hani, otras vertientes exegéticas han privilegiado una lectura simbólica o espiritual, entendiendo el Isra y el Mi’raj como una experiencia visionaria o un transporte del alma. Esta diversidad hermenéutica refleja la riqueza y complejidad del pensamiento islámico ante los fenómenos de la revelación y la experiencia mística.
El impacto cultural del viaje nocturno trasciende el ámbito estrictamente teológico para permear numerosas manifestaciones artísticas y literarias en la civilización islámica. A pesar de las restricciones impuestas por la tradición iconoclasta predominante en el islam sunita, la representación pictórica del Mi’raj constituye un género significativo en la miniatura persa y turca, particularmente durante los períodos timúrida y otomano. Estas ilustraciones, que habitualmente muestran al profeta velado o rodeado de llamas para indicar su naturaleza luminosa, cabalgando sobre Al-Buraq y escoltado por ángeles, han contribuido a la visualización popular de este episodio trascendental a lo largo de los siglos.
En el ámbito de la mística sufí, el viaje nocturno ha sido interpretado como un arquetipo del itinerario espiritual del creyente hacia la unión con lo divino. Figuras prominentes como Ibn Arabi desarrollaron elaboradas exégesis del Mi’raj como modelo del ascenso contemplativo a través de estados y moradas espirituales. Esta lectura esotérica convirtió el viaje celestial del profeta en una metáfora universal de la experiencia mística, inspirando innumerables composiciones poéticas y tratados filosóficos que exploran las dimensiones interiores de la religiosidad islámica y el potencial transformador del encuentro con lo divino.
La conmemoración del Isra y el Mi’raj constituye una festividad significativa en el calendario islámico, celebrándose el día 27 del mes de Rajab. Durante esta jornada, los fieles musulmanes recuerdan el viaje milagroso de su profeta a través de recitaciones coránicas, sermones especiales y vigilias nocturnas. En algunas regiones del mundo islámico, particularmente en las comunidades con influencia sufí, la ocasión se acompaña de cantos devocionales y danzas rituales que buscan evocar la ascensión espiritual experimentada por Mahoma. Esta celebración anual mantiene viva la memoria de un acontecimiento que sintetiza elementos cruciales de la cosmovisión islámica: la proximidad entre lo divino y lo humano, la continuidad de la tradición profética y la posibilidad de trascender, aunque sea momentáneamente, las limitaciones de la existencia terrenal.
El viaje nocturno y la ascensión celestial del profeta Mahoma constituyen un complejo narrativo de honda significación en la tradición islámica, un episodio que articula dimensiones históricas, teológicas, místicas y culturales del legado religioso musulmán. A través de los siglos, el Isra y el Mi’raj han nutrido la imaginación espiritual de generaciones de creyentes, ofreciendo un poderoso símbolo de la capacidad humana para trascender sus limitaciones y acceder, por gracia divina, a las esferas más elevadas de la realidad cósmica.
La persistencia de este relato en la conciencia colectiva islámica testimonia su valor como vehículo de significados trascendentales que continúan interpelando a la humanidad contemporánea sobre las posibilidades de comunión con lo divino y el sentido último de la existencia.
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