Entre las montañas de Galicia y las costas de Portugal, dos lenguas emergen de un pasado compartido: el gallego y el portugués. A pesar de sus raíces comunes en el galaicoportugués, han seguido caminos divergentes marcados por la historia, la cultura y la política. Este fascinante viaje lingüístico revela no solo la evolución de dos idiomas, sino también el reflejo de identidades en constante transformación. ¿Cómo han influido los contextos históricos en su desarrollo? ¿Puede la intercomprensión entre ambas lenguas ofrecer nuevas perspectivas sobre su futuro?
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“Imagen generada con inteligencia artificial (IA) por ChatGPT para El Candelabro”
La Convergencia Histórica y Divergencia Evolutiva del Gallego y el Portugués
La historia lingüística de la Península Ibérica constituye un fascinante mosaico de evoluciones, contactos y transformaciones que han configurado el panorama idiomático contemporáneo. Entre los fenómenos más destacables de esta historiografía lingüística se encuentra la relación entre el gallego y el portugués, dos lenguas que comparten un mismo origen pero que experimentaron trayectorias evolutivas diferenciadas, determinadas por factores políticos, geográficos y socioculturales. El presente ensayo examina con rigor académico la génesis común de ambas lenguas en el galaicoportugués medieval, así como los procesos de divergencia que culminaron en la configuración de dos sistemas lingüísticos autónomos con distintos estatus y proyecciones internacionales.
El galaicoportugués, también denominado gallego-portugués antiguo, surgió como una evolución natural del latín vulgar en el noroeste peninsular, concretamente en el territorio correspondiente a la antigua provincia romana de Gallaecia. Esta región comprendía los territorios de la actual Galicia, el norte de Portugal y zonas limítrofes de Asturias y León. La romanización de este territorio se inició en el siglo I a.C. y se consolidó durante los siglos posteriores, implantando progresivamente el latín como lengua vehicular. Sin embargo, este latín no era homogéneo ni estático, sino que experimentó importantes transformaciones influenciadas por el sustrato prerromano, principalmente de origen celta, que dejó su impronta en el léxico, la fonética y ciertos aspectos morfosintácticos de la incipiente lengua romance.
El período de fragmentación lingüística del latín, que comenzó aproximadamente en el siglo V d.C. con la caída del Imperio Romano de Occidente, se intensificó en la Península Ibérica con la llegada de pueblos germánicos como los suevos y visigodos. Particularmente relevante fue el establecimiento del Reino Suevo (409-585 d.C.) en Gallaecia, que contribuyó a la configuración de una unidad política y cultural diferenciada en el noroeste peninsular. Durante este período, las hablas románicas de la región comenzaron a adquirir rasgos distintivos que las distinguirían de otras variedades peninsulares, aunque todavía no existía una clara conciencia de diferenciación lingüística respecto al latín, percibido aún como la lengua de cultura y administración.
La invasión musulmana de la Península Ibérica en el año 711 tuvo un impacto desigual en el territorio galaicoportugués. A diferencia de otras regiones peninsulares, Gallaecia experimentó una presencia islámica menos intensa y prolongada, lo que limitó la influencia del árabe en la configuración lingüística del territorio. Este relativo aislamiento contribuyó a la preservación de ciertos arcaísmos latinos y a la consolidación de innovaciones propias. Simultáneamente, el inicio de la Reconquista y la emergencia de los reinos cristianos del norte favorecieron la cristalización de las hablas romances locales como instrumentos de comunicación cotidiana, mientras el latín quedaba relegado a funciones eclesiásticas, jurídicas y eruditas.
Los primeros testimonios escritos del galaicoportugués datan de finales del siglo XII y principios del XIII, vinculados principalmente a documentos notariales y jurídicos que comenzaban a incorporar formas romances junto al latín formulario. Sin embargo, fue en el ámbito literario donde esta lengua alcanzó su máximo esplendor durante la época medieval, especialmente a través de la lírica trovadoresca. Las cantigas galaicoportuguesas —clasificadas en cantigas de amor, de amigo y de escarnio e maldizer— conformaron un corpus poético de extraordinaria riqueza que convirtió al galaicoportugués en la lengua poética por excelencia de toda la Península Ibérica durante los siglos XIII y XIV, siendo cultivada incluso por trovadores de origen castellano como el rey Alfonso X el Sabio.
El período de unidad lingüística del galaicoportugués comenzó a resquebrajarse a partir del siglo XIV, coincidiendo con profundas transformaciones políticas en la Península. La consolidación del Reino de Portugal como entidad política independiente, tras la victoria en la batalla de Aljubarrota (1385), supuso un punto de inflexión en la evolución lingüística divergente. Portugal desarrolló instituciones propias, una corte autónoma y una identidad nacional diferenciada, factores que propiciaron la progresiva estandarización de su variedad lingüística. Paralelamente, la integración de Galicia en la Corona de Castilla y el creciente protagonismo político, económico y cultural del castellano generaron un contexto de subordinación para el gallego, que inició un largo período de dialectalización y pérdida de prestigio social.
La denominada época oscura del gallego (siglos XVI-XVIII) se caracterizó por la ausencia casi total de producción escrita culta en esta lengua y por su confinamiento al ámbito rural y doméstico. El portugués, por el contrario, experimentó un proceso de estandarización y codificación gramatical que culminó con las primeras obras lexicográficas y gramaticales en el siglo XVI, como la Gramática da Linguagem Portuguesa de Fernão de Oliveira (1536) y la Gramática da Língua Portuguesa de João de Barros (1540). Además, la expansión ultramarina portuguesa propició la difusión internacional del idioma, que se implantó en territorios de América, África y Asia, adquiriendo el estatus de lengua global que mantiene en la actualidad.
El siglo XIX marcó el inicio del Rexurdimento gallego, un movimiento cultural y político de recuperación identitaria que reivindicó la dignificación del idioma y produjo obras literarias de gran calidad como Cantares Gallegos de Rosalía de Castro (1863). Este renacimiento cultural sentó las bases para la posterior normalización del gallego en el siglo XX, especialmente tras la aprobación del Estatuto de Autonomía de Galicia (1981) que reconoció la cooficialidad del gallego junto al castellano. Sin embargo, la fragmentación dialectal del gallego, su tardía estandarización y las controversias normativas entre tendencias reintegracionistas (que propugnan una aproximación al portugués) y autonomistas (que defienden una norma independiente) han condicionado su desarrollo contemporáneo.
En el plano estrictamente lingüístico, las diferencias entre gallego y portugués se manifestaron inicialmente en el ámbito fonético, con fenómenos como la diptongación de vocales medias breves latinas en gallego (terra/terra) pero no en portugués, o la caída de -n- y -l- intervocálicas en portugués (mão, dor) pero su mantenimiento en gallego (man, dolor). Posteriormente, la evolución fonética divergente se acentuó, con fenómenos como la reducción del sistema de sibilantes en gallego frente a su conservación en portugués. En el plano morfosintáctico, también surgieron diferencias significativas, como la conservación en gallego de la terminación -che para la segunda persona del pretérito perfecto (cantache) frente a su pérdida en portugués (cantaste).
El léxico constituye otro ámbito de diferenciación, con la introducción de numerosos castellanismos en gallego y la adopción de cultismos y neologismos propios en portugués. No obstante, pese a estas divergencias, el grado de intercomprensión entre hablantes de gallego y portugués sigue siendo elevado, especialmente en comparación con otras lenguas románicas, lo que evidencia la proximidad genética y estructural entre ambos idiomas. Esta realidad ha alimentado debates identitarios y políticos sobre la consideración del gallego como lengua independiente o como variedad del diasistema lingüístico gallego-portugués, posiciones que trascienden el ámbito estrictamente filológico para adentrarse en consideraciones sociolingüísticas e ideológicas.
En la actualidad, el portugués se configura como una lengua internacional con más de 250 millones de hablantes distribuidos en cuatro continentes y con reconocimiento oficial en organizaciones como la Unión Europea, la Unión Africana y la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP). El gallego, por su parte, mantiene su vitalidad como lengua cooficial en Galicia, donde cuenta con aproximadamente 2,5 millones de hablantes potenciales, aunque enfrenta desafíos de normalización social y transmisión intergeneracional. Las políticas lingüísticas desarrolladas por la Xunta de Galicia y el trabajo de instituciones como la Real Academia Galega y el Instituto da Lingua Galega han contribuido a la revitalización del idioma en las últimas décadas.
La historia compartida y divergente del gallego y el portugués ilustra magistralmente cómo los factores extralingüísticos —políticos, geográficos, sociales y culturales— pueden determinar la evolución de las lenguas más allá de su parentesco genético. Lo que en la Alta Edad Media constituía un continuum lingüístico relativamente homogéneo se transformó, bajo el influjo de diferentes circunstancias históricas, en dos sistemas lingüísticos diferenciados pero que conservan el testimonio indeleble de su origen común.
El estudio riguroso de esta evolución divergente no solo enriquece nuestro conocimiento filológico, sino que también proporciona claves interpretativas para comprender la compleja relación entre lengua, identidad y poder en la historia de la Península Ibérica.
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