La comunicación humana es un laberinto fascinante, donde cada palabra lanzada puede ser un eco distante. Imagina un mundo donde lo que decimos y lo que se entiende son dos universos separados por un abismo inefable. En este escenario, la intención del emisor y la interpretación del receptor juegan un juego de sombras, desdibujando significados y generando malentendidos. Este fenómeno no solo desafía nuestra capacidad de conectar, sino que también invita a una reflexión profunda sobre la esencia misma de nuestras interacciones. ¿Estamos realmente escuchando?
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“Imagen generada con inteligencia artificial (IA) por ChatGPT para El Candelabro”
La Distancia Inefable: Un Análisis Filosófico de la Brecha entre Expresión y Recepción en la Comunicación Humana
La afirmación “sabemos lo que decimos, pero no lo que los otros escuchan” constituye una premisa fundamental para comprender la naturaleza problemática de la comunicación intersubjetiva. Este axioma aparentemente simple revela una fractura ontológica en el núcleo mismo del intercambio lingüístico humano, exponiendo la tensión irreductible entre la intencionalidad del emisor y la reconstrucción interpretativa del receptor. El presente ensayo propone un análisis multidisciplinario de esta fisura constitutiva, examinando sus implicaciones desde perspectivas filosóficas, lingüísticas, psicológicas y existenciales, para comprender cómo esta distancia, lejos de representar un mero obstáculo técnico, define la condición paradójica de la comunicación humana.
La tradición occidental ha sostenido, desde Aristóteles, la concepción del lenguaje como un sistema referencial que conecta palabras y realidades mediante convenciones establecidas. Esta perspectiva, que alcanzó su apogeo en la filosofía analítica temprana de Russell y el primer Wittgenstein, presuponía una cierta transparencia del medio lingüístico cuando este se empleaba con precisión lógica. Sin embargo, el giro hermenéutico en la filosofía contemporánea ha desafiado radicalmente esta presunción, demostrando que toda expresión, incluso la más pretendidamente exacta, está ya inserta en un horizonte de precomprensiones que determinan tanto su articulación como su recepción. Gadamer, en “Verdad y Método”, denominó esto como “fusión de horizontes”, destacando que el entendimiento nunca es una transferencia directa, sino una negociación entre mundos experienciales distintos.
La fenomenología existencial de Merleau-Ponty profundizó esta perspectiva al señalar que el lenguaje no es meramente un vehículo neutral para transportar significados preexistentes, sino un medio activo donde el sentido se configura en el acto mismo de la expresión. Su noción de “palabra hablante” versus “palabra hablada” ilumina la diferencia crucial entre el lenguaje como creación viviente y el lenguaje como sedimentación institucionalizada. Cuando hablamos, lo hacemos desde nuestra corporalidad situada, desde un punto de vista único e intransferible, mientras que quien nos escucha recibe estas palabras desde otro emplazamiento existencial igualmente singular. La comunicación es, por tanto, el encuentro asimétrico de dos perspectivas encarnadas, no la transmisión desencarnada de contenidos mentales.
La lingüística estructural y la semiótica han contribuido a esta comprensión al distinguir entre los niveles sintáctico, semántico y pragmático del lenguaje. Particularmente relevante resulta la teoría de los actos de habla desarrollada por Austin y Searle, que demostró cómo el significado de una expresión excede ampliamente su contenido proposicional para incluir su fuerza ilocucionaria y sus efectos perlocucionarios. Lo que decimos está ineludiblemente entrelazado con lo que hacemos al decirlo y con los efectos que producimos, muchos de los cuales escapan a nuestra intención original. La pragmática lingüística contemporánea ha evidenciado que el significado emerge necesariamente del contexto de enunciación, involucrando múltiples variables situacionales que no pueden ser completamente controladas por el hablante.
Desde la perspectiva de la psicología profunda, la hipótesis del inconsciente radicaliza esta problematización de la comunicación. Freud identificó en los lapsus, sueños y síntomas evidencias de un discurso paralelo que subvierte constantemente nuestra pretensión de dominio sobre lo que decimos. Lacan, reinterpretando estos hallazgos desde la lingüística estructural, postuló que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, pero un lenguaje cuya gramática y léxico permanecen parcialmente inaccesibles al sujeto hablante. El concepto lacaniano de significante flotante, que desliza continuamente su relación con el significado, expone la imposibilidad de fijar definitivamente el sentido de nuestras palabras, que siempre están atravesadas por cadenas asociativas que desconocemos.
La filosofía del lenguaje contemporánea ha introducido conceptos valiosos para abordar esta problemática, como la distinción griceana entre significado natural y significado no-natural, o la noción de Quine sobre la indeterminación de la traducción. Particularmente fecunda resulta la teoría de Davidson sobre la interpretación radical, que plantea la comunicación como un proceso de triangulación donde los interlocutores ajustan progresivamente sus hipótesis interpretativas sobre el otro, sin jamás alcanzar una coincidencia perfecta. Este enfoque evidencia que comprender al otro no implica reproducir sus estados mentales, sino construir una teoría interpretativa que haga coherente su comportamiento lingüístico desde nuestra propia perspectiva.
En el ámbito de las neurociencias cognitivas, los estudios sobre teoría de la mente y neuronas espejo han proporcionado una base empírica para comprender los mecanismos mediante los cuales intentamos acceder a la intencionalidad ajena. Estas investigaciones confirman que la comprensión intersubjetiva no es una lectura directa de la mente del otro, sino una simulación interna basada en nuestros propios recursos cognitivos y experienciales. La empatía cognitiva implica necesariamente una proyección de nuestros propios esquemas interpretativos sobre la conducta observada, introduciendo inevitablemente distorsiones en el proceso de desciframiento de las intenciones comunicativas ajenas.
Las implicaciones éticas de esta distancia constitutiva entre expresión y recepción son profundas. Levinas ha señalado que el rostro del otro nos interpela desde una alteridad irreductible que resiste toda comprensión totalizadora. La ética de la comunicación, desde esta perspectiva, no consistiría en la ilusoria pretensión de transparencia absoluta, sino en el reconocimiento de la opacidad parcial del otro y en la disposición a dejarse interpelar por lo que en él permanece inaccesible. Derrida, en su crítica a la “metafísica de la presencia”, ha mostrado cómo todo intento de comunicación inmediata está atravesado por la différance, ese espaciamiento temporal que impide la coincidencia plena del sentido consigo mismo.
En el plano práctico de las relaciones interpersonales, esta condición paradójica de la comunicación se manifiesta en la experiencia cotidiana del malentendido, que no constituye una anomalía sino la consecuencia natural de la estructura misma del intercambio lingüístico. Los estudios sobre comunicación intercultural han documentado ampliamente cómo las diferencias en los marcos de referencia culturales magnifican esta brecha interpretativa, produciendo incomprensiones que van más allá del contenido semántico para involucrar dimensiones pragmáticas, paralingüísticas y no verbales del discurso.
La hermenéutica literaria ofrece un paradigma valioso para repensar la comunicación ordinaria, al mostrar cómo todo texto se abre a múltiples lecturas legítimas que exceden la intención autoral. La noción de Umberto Eco sobre la “obra abierta” y su distinción entre “intentio auctoris”, “intentio operis” e “intentio lectoris” proporciona un modelo para comprender cómo nuestras palabras, una vez emitidas, adquieren una autonomía semántica que escapa a nuestro control inicial. El diálogo cotidiano puede entenderse, así, como un intercambio de textos vivientes que continuamente son reescritos en el acto mismo de su interpretación.
Las tecnologías digitales de comunicación han introducido nuevas dimensiones a esta problemática. La mediación tecnológica, al eliminar ciertos canales comunicativos como la presencia física y muchos elementos no verbales, mientras amplifica otros, reconfigura la economía de la interpretación. Los estudios sobre comunicación mediada por computadoras han documentado fenómenos como la desinhibición online y la mayor propensión al malentendido en entornos digitales, evidenciando cómo los diferentes medios no son vehículos neutrales sino configuradores activos del proceso comunicativo.
La pedagogía crítica y las teorías del aprendizaje también han abordado esta brecha constitutiva, reconociendo que todo proceso educativo implica una reconstrucción activa del conocimiento por parte del aprendiz, no una transferencia directa de contenidos. La metáfora constructivista del aprendizaje como edificación personal antes que como recepción pasiva resuena profundamente con esta comprensión de la comunicación como proceso interpretativo bidireccional. Los estudios empíricos sobre comprensión lectora han confirmado consistentemente que diferentes lectores construyen representaciones mentales significativamente divergentes del mismo texto, dependiendo de sus conocimientos previos, expectativas y esquemas cognitivos.
Terminando, la distancia entre lo que decimos y lo que los otros escuchan no representa un defecto accidental del lenguaje, sino su condición ontológica fundamental. Esta brecha constitutiva, lejos de inutilizar la comunicación, define su carácter esencialmente creativo y arriesgado. Hablar no es transmitir un contenido idéntico de una mente a otra, sino iniciar un proceso de construcción compartida de sentido donde la diferencia interpretativa no es un obstáculo a superar sino el espacio mismo donde emerge la posibilidad del diálogo auténtico.
Reconocer esta condición paradójica nos invita a una ética de la escucha activa y de la palabra responsable, donde la comunicación humana se concibe menos como un ideal de transparencia perfecta y más como un ejercicio continuo de aproximación asintótica al otro, siempre parcial, siempre inacabada, pero no por ello menos valiosa.
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