En un rincón del sur de México, donde el viento del Istmo susurra historias milenarias, florece una identidad que desafía las normas impuestas por el tiempo y el género. Los muxes, guardianes de una tradición que trasciende el binarismo occidental, son testimonio viviente de una cultura que celebra la diversidad desde sus raíces. No son excepción: son centro, símbolo y fuerza de una cosmovisión profundamente zapoteca.
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“Imagen generada con inteligencia artificial (IA) por Canva AI para El Candelabro”
Las Muxes de México: Trascendencia Cultural e Identitaria en la Sociedad Zapoteca
En el intrincado tejido social de México, particularmente en la región del Istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca, existe una manifestación identitaria que ha desafiado las conceptualizaciones occidentales sobre el género y la sexualidad: los muxes. Este fenómeno sociocultural, arraigado en la cosmogonía zapoteca, representa una de las expresiones más singulares de diversidad en el contexto latinoamericano, proporcionando un contrapunto histórico a los paradigmas binarios que predominan en sociedades contemporáneas. Los muxes, individuos nacidos con características biológicas masculinas que adoptan roles tradicionalmente asociados con lo femenino, constituyen un tercer género reconocido y respetado dentro de la estructura social zapoteca desde la época prehispánica.
La etimología del término muxe deriva presumiblemente del vocablo español “mujer”, adaptado fonéticamente al zapoteco como “mushe”. Esta adaptación lingüística refleja el sincretismo cultural característico de la región, donde elementos indígenas y españoles se han entrelazado a lo largo de siglos. El reconocimiento social de los muxes dentro de las comunidades del istmo trasciende la mera tolerancia, manifestándose como una integración funcional en diversos ámbitos comunitarios. Históricamente, los muxes han desempeñado funciones cruciales como artesanos, comerciantes, organizadores de festividades religiosas y preservadores de tradiciones ancestrales, contribuyendo significativamente a la economía local y a la cohesión del tejido comunitario.
Las investigaciones antropológicas sugieren que la aceptación de esta identidad se remonta a la cosmovisión zapoteca precolonial, donde la dualidad complementaria entre principios masculinos y femeninos no excluía manifestaciones intermedias o combinadas. Los registros históricos del periodo colonial documentan la presencia de individuos que no se ajustaban a las categorías binarias impuestas por los colonizadores europeos, aunque estos testimonios están inevitablemente filtrados por la perspectiva occidental de los cronistas. El encuentro entre la cosmogonía indígena y la moral cristiana generó tensiones que persisten hasta la actualidad, aunque en menor medida en regiones donde las tradiciones zapotecas mantienen mayor vigencia.
En localidades como Juchitán de Zaragoza, epicentro cultural de esta manifestación identitaria, los muxes ocupan espacios sociales específicos y gozan de reconocimiento público. La dimensión económica resulta fundamental para comprender su posición social: tradicionalmente se han dedicado a actividades como la elaboración textil, el bordado, el comercio, la gastronomía y la organización de eventos, particularmente las velas o festividades comunitarias. Este rol económico ha garantizado históricamente su autonomía y ha facilitado su integración social, estableciendo una dinámica de interdependencia con otros sectores de la comunidad.
La vestimenta tradicional constituye un elemento definitorio en la expresión identitaria de muchos muxes. El uso del huipil (blusa bordada), la enagua (falda larga) y los elaborados tocados para ocasiones festivas representa no sólo una elección estética, sino una reivindicación de la feminidad zapoteca y un mecanismo de afirmación identitaria. El dominio de técnicas artesanales como el bordado de trajes regionales ha convertido a muchos muxes en guardianes de estos saberes tradicionales, contribuyendo a la preservación del patrimonio cultural inmaterial de la región istmeña.
Es crucial señalar que la experiencia muxe no es monolítica ni homogénea. Existen diversas formas de vivir esta identidad, desde quienes adoptan permanentemente una apariencia femenina, hasta quienes mantienen elementos visuales masculinos mientras desempeñan roles tradicionalmente femeninos. Esta diversidad interna desafía los intentos de categorización simplista y evidencia la complejidad del fenómeno. Algunos muxes se identifican exclusivamente con lo femenino, mientras otros habitan conscientemente un espacio intermedio o fluido, rechazando la necesidad de definirse dentro de parámetros binarios.
Una manifestación cultural emblemática vinculada a la comunidad muxe es la celebración anual conocida como la Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, iniciada en la década de 1970 y convertida desde entonces en un evento de proyección internacional. Esta festividad, que conjuga elementos de la tradición zapoteca con expresiones contemporáneas, constituye un espacio de visibilidad, afirmación y celebración comunitaria. Durante tres días, los participantes realizan desfiles, ceremonias y bailes ataviados con elaborados trajes regionales, creando un espacio temporal donde las jerarquías sociales convencionales se suspenden y la diversidad se celebra públicamente.
El impacto de la globalización y los medios de comunicación ha transformado paulatinamente la percepción y expresión de la identidad muxe. La creciente exposición a discursos internacionales sobre derechos LGBT+, estudios de género y teoría queer ha generado reinterpretaciones y negociaciones identitarias, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Algunos muxes contemporáneos han adoptado terminologías como transgénero o no binario para describir su experiencia, mientras otros insisten en la especificidad cultural del término muxe, resistiéndose a equiparaciones que consideran reduccionistas.
La tensión entre tradición y modernidad se manifiesta también en las aspiraciones y proyecciones vitales de los muxes contemporáneos. Si bien históricamente han ocupado roles específicos dentro de sus comunidades, las nuevas generaciones buscan expandir estos horizontes hacia ámbitos como la educación formal, el activismo político, las artes o profesiones liberales. Este proceso de ampliación de posibilidades coexiste con esfuerzos por preservar elementos tradicionales que definen la especificidad cultural de la identidad muxe frente a otras expresiones de diversidad sexual y de género.
El interés académico y mediático internacional en torno a los muxes se ha intensificado en las últimas décadas, generando tanto oportunidades de visibilidad como riesgos de exotización. Documentales, investigaciones antropológicas y reportajes periodísticos han contribuido a difundir esta manifestación cultural más allá de las fronteras oaxaqueñas, aunque frecuentemente desde miradas que simplifican su complejidad o la presentan como un paraíso de aceptación que contrasta con la intolerancia occidental. Esta representación idealizada oscurece las múltiples formas de discriminación y violencia que muchos muxes enfrentan, particularmente quienes habitan fuera de los centros urbanos del istmo o migran a entornos donde carecen de las redes comunitarias tradicionales.
El análisis contemporáneo del fenómeno muxe requiere considerar las intersecciones entre identidad indígena, clase social, ruralidad y estructuras de género. La experiencia de ser muxe está profundamente imbricada con la pertenencia a la cultura zapoteca y con las dinámicas sociales específicas del istmo oaxaqueño. Las aproximaciones teóricas que pretenden universalizar conceptos como identidad de género o expresión sexual resultan insuficientes para comprender la complejidad de esta manifestación cultural que emerge de una cosmovisión específica y se desarrolla en un contexto socioeconómico particular.
Los muxes representan una expresión cultural que desafía las conceptualizaciones binarias del género desde una tradición milenaria. Su existencia y evolución continua ilustra cómo las sociedades humanas han desarrollado diversas formas de comprender y organizar las expresiones de género más allá del paradigma occidental contemporáneo. El estudio de esta manifestación cultural ofrece valiosas perspectivas para repensar las categorías identitarias como construcciones histórica y culturalmente situadas, invitándonos a ampliar nuestra comprensión de la diversidad humana en sus múltiples manifestaciones.
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