Entre los ecos de la Edad Media y las vastas tierras de Asia, la figura de Odorico de Pordenone emerge como un faro de curiosidad y valentía. Este fraile franciscano, viajero incansable, no solo cruzó continentes, sino que también desafió las percepciones de su tiempo, documentando culturas y prácticas desconocidas para Europa. Su “Itinerarium” no es solo un relato de aventuras, sino un puente entre civilizaciones. ¿Qué misterios y maravillas encontró Odorico en su travesía? ¿Cómo su legado ha moldeado nuestra comprensión del mundo oriental?


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Odorico de Pordenone: Pionero Franciscano en las Rutas de Asia Oriental


En el vasto panorama de los viajeros medievales que expandieron el horizonte geográfico y cultural de la Europa del Medievo tardío, la figura del fraile franciscano Odorico de Pordenone emerge con singular relevancia histórica. Nacido aproximadamente en 1286 en la región del Friuli, en el noreste de Italia, y bautizado como Odorico Mattiuzzi, este religioso perteneciente a la Orden Franciscana emprendió uno de los periplos más extraordinarios de la Edad Media, recorriendo extensas regiones del continente asiático durante más de una década, entre 1318 y 1330. Su itinerario, documentado en el valioso manuscrito conocido como “Relatio” o “Itinerarium”, constituye no solo una de las primeras descripciones occidentales detalladas de numerosos territorios y culturas orientales tras Marco Polo, sino también un documento clave para comprender las complejas relaciones interculturales y las percepciones europeas sobre la alteridad asiática en el siglo XIV.

La formación religiosa e intelectual de Odorico se desarrolló en el contexto del vigoroso movimiento misionero franciscano que, bajo el impulso inicial de San Francisco de Asís, había comenzado a extenderse hacia tierras lejanas con el doble propósito de la evangelización y el establecimiento de contactos diplomáticos con civilizaciones no europeas. Tras ingresar en la orden a temprana edad, Odorico habría recibido una educación centrada en la teología, las escrituras y posiblemente rudimentos de lenguas orientales, preparación común entre los frailes destinados a misiones en el extranjero. Las misiones franciscanas en Asia habían comenzado décadas antes de su viaje, con figuras pioneras como Giovanni da Pian del Carpine y Guillermo de Rubruck, quienes habían establecido los primeros contactos con el imperio mongol, abriendo rutas que posteriormente seguirían otros religiosos europeos hacia el corazón de Asia.

El contexto geopolítico que enmarcó los viajes de Odorico resulta fundamental para comprender su significado histórico. La expansión del Imperio Mongol había creado un vasto espacio de relativa estabilidad política conocido como Pax Mongolica, que facilitaba las comunicaciones y el comercio a través de Eurasia. El establecimiento de la dinastía Yuan en China bajo Kublai Khan había abierto nuevas posibilidades para los contactos entre Europa y el Extremo Oriente. Los poderes europeos, particularmente el Papado y las repúblicas marítimas italianas, buscaban establecer alianzas con los gobernantes mongoles frente a la amenaza del avance musulmán, además de ampliar sus horizontes comerciales. En este escenario de intereses entrecruzados, las órdenes mendicantes, especialmente franciscanos y dominicos, constituyeron la avanzadilla de la presencia europea en territorios hasta entonces escasamente explorados por occidentales.

El itinerario de Odorico, reconstruido a partir de su propio relato, revela un periplo de extraordinaria amplitud geográfica. Partiendo probablemente de Venecia, habría atravesado Constantinopla y el Mar Negro, seguido la Ruta de la Seda a través de Asia Central, para luego descender hacia el subcontinente indio. Su descripción de Thana (actual Mumbai) incluye detalles sobre el martirio de cuatro franciscanos allí ocurrido, evento que Odorico afirma haber investigado personalmente y cuyos restos trasladó posteriormente a China. Su recorrido incluyó las costas de Malabar, la isla de Ceilán (actual Sri Lanka), y posteriormente territorios del sudeste asiático como Sumatra, Java y el reino de Champa (actual Vietnam). La culminación de su viaje fue su estancia en la China de la dinastía Yuan, donde visitó ciudades como Quanzhou (que denominó “Zayton”), Hangzhou (“Cansay” en su relato) y, finalmente, Khanbalik (la actual Pekín), sede de la corte imperial del Gran Kan.

Las observaciones etnográficas y culturales registradas por Odorico constituyen uno de los aspectos más valiosos de su legado documental. Con una mirada a menudo más abierta que otros contemporáneos suyos, el franciscano describe prácticas religiosas, estructuras sociales, costumbres alimentarias y tecnologías de las diversas poblaciones con las que entró en contacto. Sus descripciones de las prácticas funerarias indias, incluido el sati o inmolación de viudas, revelan tanto su capacidad de observación como los límites interpretativos impuestos por su formación religiosa occidental. Particularmente notables resultan sus descripciones de la China Yuan, donde documenta la opulencia de las ciudades, la eficiencia administrativa, las tecnologías avanzadas y la diversidad cultural del imperio mongol-chino. Su testimonio sobre el funcionamiento del sistema postal imperial (yam) o las dimensiones colosales de urbes como Hangzhou complementa y en ocasiones supera en precisión a los relatos de Marco Polo, con quien su obra sería frecuentemente comparada por generaciones posteriores.

La dimensión religiosa del viaje de Odorico resulta innegable, reflejando los objetivos evangelizadores de la misión franciscana en Asia. Su relato documenta encuentros con comunidades cristianas nestorianas ya establecidas en Asia Central y China, así como sus propios esfuerzos proselitistas. Particularmente significativa es su mención del monasterio fundado por Juan de Montecorvino, primer arzobispo de Khanbalik, donde habría residido durante su estancia en la capital imperial. Esta presencia franciscana en la corte del Gran Kan constituía un hito en los intentos de la Iglesia Católica por establecer contactos con las élites gobernantes asiáticas. Odorico describe también sus encuentros con budistas, hindúes y musulmanes, ofreciendo interpretaciones de sus prácticas religiosas filtradas inevitablemente por su formación teológica cristiana, pero mostrando ocasionalmente una curiosidad etnográfica que trasciende el mero rechazo apologético.

La composición del “Itinerarium” presenta características particulares que han generado debates entre los especialistas. Al retornar a Italia hacia 1330, presumiblemente debilitado por las penurias del viaje, Odorico dictó sus memorias a fray Guglielmo da Solagna en el convento de San Antonio en Padua. Esta mediación en la transmisión textual plantea interrogantes sobre la fidelidad del texto a las experiencias originales del viajero. Además, el relato contiene elementos que los lectores modernos clasificarían como fantásticos: descripciones de seres monstruosos, valles embrujados o fenómenos sobrenaturales. Sin embargo, estas inclusiones no resultaban anómalas en la literatura de viajes medieval, donde la frontera entre observación empírica y tradición maravillosa resultaba permeable. El “Itinerarium” debe comprenderse dentro de las convenciones literarias de su tiempo, donde lo maravilloso constituía una categoría cognoscitiva legítima para abordar lo desconocido.

La recepción e influencia posterior del texto de Odorico resulta notable. Traducido a numerosas lenguas vernáculas europeas, el “Itinerarium” circuló ampliamente, alimentando el imaginario occidental sobre Asia durante siglos. Su influencia más directa se manifestó en obras como el célebre “Libro de las Maravillas” de Jean de Mandeville, que incorporó pasajes enteros del relato del franciscano italiano. Más significativa aún fue su contribución a la cartografía: el mapa catalán de 1375 y otros mapamundis medievales posteriores integraron informaciones derivadas de sus descripciones geográficas. El relato de Odorico constituyó, junto con el de Marco Polo y las cartas de misioneros contemporáneos como Jordán Catalán de Séverac, uno de los pilares del conocimiento europeo sobre Asia hasta bien entrada la era de las exploraciones portuguesas del siglo XV.

La muerte de Odorico en enero de 1331 en el convento de Udine dio inicio a un proceso de veneración local que culminaría con su beatificación en 1755 bajo el papado de Benedicto XIV. Aunque nunca fue canonizado formalmente, el culto al Beato Odorico arraigó profundamente en la región del Friuli, donde sus reliquias son conservadas en la iglesia de Santa Maria del Carmine en Udine. Este reconocimiento eclesiástico tardío contrasta con la inmediata apreciación de sus contemporáneos por su labor misionera y exploratoria, evidenciada en las numerosas copias y traducciones de su relato que circularon ya en las décadas posteriores a su muerte. La figura de Odorico representa así una convergencia entre las dimensiones religiosa y exploratoria que caracterizaron la expansión europea medieval hacia territorios asiáticos.

La historiografía contemporánea ha revalorado las aportaciones de Odorico al conocimiento intercultural, situándolo como precursor de los estudios etnográficos y figura clave en el desarrollo de las percepciones occidentales sobre las civilizaciones asiáticas. Investigaciones recientes sobre los diversos manuscritos existentes del “Itinerarium” han permitido identificar interpolaciones posteriores y reconstruir con mayor precisión el texto original. El análisis comparativo con fuentes chinas, persas e indias contemporáneas confirma la fiabilidad de muchas de sus observaciones, mientras que estudios interdisciplinarios iluminan los procesos de traducción cultural que operan en su descripción de realidades asiáticas a través de categorías conceptuales europeas.

Este renovado interés académico sitúa a Odorico de Pordenone como figura fundamental en el largo proceso histórico de construcción de conocimiento transcultural y en las complejas dinámicas de encuentro entre civilizaciones durante la baja Edad Media.


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