Entre los mitos fundacionales que han dado forma a nuestra comprensión de la civilización, pocos son tan persistentes como la idea de un Occidente exclusivo, forjado únicamente por Grecia y Roma. Sin embargo, la historiadora Josephine Quinn desafía este relato, revelando una historia mucho más compleja y global. En su obra How the World Made the West, nos invita a repensar las raíces de Occidente, proponiendo una narrativa interconectada que trasciende fronteras y desafía el eurocentrismo.


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Repensando Occidente: La Crítica de Josephine Quinn a la Noción Tradicional de Civilización


La historia de Occidente, tal como se ha narrado tradicionalmente en ámbitos académicos y culturales, a menudo se presenta como una trayectoria lineal y endógena, un legado singular que fluye desde las cumbres de la Grecia clásica y la majestad de Roma, a través de la cristiandad medieval y el Renacimiento, hasta culminar en la modernidad europea y norteamericana. Sin embargo, esta visión teleológica y a menudo autocomplaciente ha sido objeto de una profunda revisión crítica. La historiadora Josephine Quinn, en su influyente obra “How the World Made the West. A 4,000-Year History” (“Cómo el mundo creó Occidente. 4.000 años de Historia”), argumenta de manera contundente que esta narrativa es un mito historiográfico, y que el propio concepto de civilización, tal como lo hemos empleado, “nos ha engañado”.

Quinn inicia su argumentación cuestionando la idea misma de una “civilización occidental” coherente y autónoma que se remonta ininterrumpidamente a la antigüedad clásica. Sostiene que esta construcción es en gran medida una invención posterior, particularmente del siglo XIX, impulsada por agendas nacionalistas y colonialistas que buscaban legitimar la hegemonía europea. El énfasis desmedido en Grecia y Roma como puntos de origen exclusivos ignora o minimiza las profundas y continuas influencias no europeas en Occidente. Este enfoque, cargado de Eurocentrismo, no solo distorsiona el pasado, sino que también perpetúa una visión jerárquica de las culturas, donde “Occidente” se sitúa en la cúspide de un supuesto desarrollo civilizatorio. Quinn propone reemplazar esta visión por un análisis centrado en la conectividad y la fluidez de las identidades culturales a lo largo de 4.000 años de historia interconectada.

La autora dedica una parte significativa de su obra a demostrar la profunda imbricación del mundo griego y romano con las culturas circundantes del Mediterráneo, el Cercano Oriente y el norte de África mucho antes y durante su apogeo. Lejos de ser una cuna aislada de genialidad, la Grecia antigua fue un participante activo en una vibrante red de intercambio cultural que incluía a Egipto, Mesopotamia, Anatolia y, crucialmente, a los Fenicios. Elementos fundamentales atribuidos a la “genialidad griega”, como el alfabeto (adaptado del fenicio), avances en matemáticas y astronomía (con raíces mesopotámicas y egipcias), y numerosos motivos artísticos y mitológicos, son testimonio de esta prolongada interacción cultural. Reconocer estas deudas no disminuye los logros griegos, sino que los sitúa en un contexto histórico más preciso y menos exclusivista, desmantelando la idea de un origen puramente “occidental”.

De manera similar, el Imperio Romano es reevaluado no como un mero transmisor de la cultura helénica hacia Europa, sino como una entidad política y cultural intrínsecamente conectada y multiétnica, cuya fuerza residía precisamente en su capacidad para integrar y adaptarse a diversas tradiciones. Roma mantuvo intensas relaciones comerciales, diplomáticas y militares con Partia y Persia en el este, con pueblos germánicos y nómadas en el norte, y con reinos e imperios en África (como Kush y Axum). La conectividad global del Imperio Romano facilitó la circulación de bienes, ideas y personas a una escala sin precedentes, creando un crisol cultural que desafía cualquier noción simplista de una identidad “occidental” homogénea. La caída del Imperio en Occidente tampoco significó un corte abrupto en estas redes de interacción.

Quinn subraya la falacia de los “Años Oscuros” como un período de aislamiento y declive total en Europa occidental. Mientras algunas conexiones se debilitaban, otras persistían y se transformaban. El Imperio Bizantino continuó siendo un centro cultural y político crucial, preservando gran parte del legado clásico. Más importante aún para la transmisión del conocimiento clásico hacia Europa fue el florecimiento del mundo islámico. Durante la Edad de Oro Islámica, eruditos en ciudades como Bagdad, Córdoba y El Cairo no solo tradujeron y conservaron textos filosóficos y científicos griegos que se habían perdido en Europa, sino que los comentaron, criticaron y expandieron significativamente, incorporando además saberes de Persia, India y otras regiones. Esta rica síntesis intelectual eventualmente reingresaría a Europa a través de España y Sicilia, catalizando desarrollos clave en el Renacimiento y la Revolución Científica.

La afirmación central de Josephine Quinn de que “nos ha engañado el concepto de civilización” apunta a la naturaleza problemática de este término. Históricamente, “civilización” se ha utilizado para trazar fronteras rígidas entre grupos (“nosotros” versus “ellos”, “civilizados” versus “bárbaros”), a menudo justificando la dominación y el desprecio hacia otras culturas. Quinn aboga por abandonar este marco conceptual cargado de juicios de valor y adoptar un enfoque basado en la interconexión, la hibridación y las redes de intercambio. En lugar de buscar esencias culturales puras y linajes directos, propone analizar cómo las identidades y las sociedades se han formado y reformado continuamente a través del contacto, el conflicto y la cooperación a lo largo de la historia. Esta perspectiva relacional ofrece una comprensión más dinámica y precisa de la complejidad del pasado humano.

Por lo tanto, “Occidente”, según la tesis de Quinn, no es una entidad preexistente con una esencia inmutable, sino el resultado contingente y en constante evolución de 4.000 años de historia de interacciones globales. La construcción de Occidente es un proceso continuo, moldeado por encuentros con el mundo islámico, las exploraciones transoceánicas, el impacto del colonialismo (que también implicó una absorción bidireccional de ideas y prácticas, aunque asimétrica), y las dinámicas de la globalización contemporánea. No se trata de negar la existencia de tradiciones o identidades que podríamos etiquetar como “occidentales”, sino de comprender que estas siempre han sido porosas, híbridas y profundamente influenciadas por el “resto” del mundo. El replanteamiento de la historia occidental que propone Quinn es, en esencia, un llamado a una historia global conectada.

La obra de Josephine Quinn representa una intervención historiográfica fundamental que desafía el mito fundacional de una civilización occidental autónoma y superior originada exclusivamente en Grecia y Roma. Al poner el foco en la interconexión cultural, la transmisión del conocimiento y las influencias múltiples a lo largo de milenios, “How the World Made the West” ofrece una narrativa más inclusiva y precisa. Este enfoque no solo corrige distorsiones eurocéntricas del pasado, sino que también tiene implicaciones significativas para cómo entendemos las identidades culturales y las relaciones globales en el presente. Al aceptar que Occidente fue, y sigue siendo, moldeado por el mundo, podemos avanzar hacia una comprensión histórica menos jerárquica y más integrada, reconociendo la profunda historia conectada que une a toda la humanidad.


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