Entre las olas sonoras de la música española, surge la figura de Tino Folgar, un tenor cuya voz parecía tener el poder de transformar el aire en arte. Nacido en el vibrante corazón de Barcelona en 1892, Folgar no solo conquistó los escenarios operísticos, sino que también se convirtió en un embajador de la zarzuela, fusionando tradición y modernidad. Su travesía artística, marcada por desafíos y triunfos, dejó una marca imborrable en la lírica del siglo XX, resonando en las memorias de quienes tuvieron el privilegio de escuchar su canto.


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Tino Folgar: Trayectoria Artística de un Tenor Español del Siglo XX


La figura de Tino Folgar, nombre artístico de Juventino Folgar Ascaso (Barcelona, 25 de enero de 1892 – Buenos Aires, 31 de diciembre de 1982), representa un capítulo significativo en la historia de la lírica española del siglo XX. Su contribución al panorama operístico y a la zarzuela española merece un análisis profundo que trascienda la mera enumeración biográfica para adentrarse en las características vocales, el contexto histórico-musical y el legado artístico que este tenor catalán dejó en el patrimonio cultural hispánico. La trayectoria profesional de Folgar se desarrolló en un período de transformaciones sustanciales para las artes escénicas, coincidiendo con la transición del teatro lírico tradicional hacia nuevas formas de expresión musical, incluyendo las primeras incursiones del cine sonoro y la radio.

Nacido en el pintoresco barrio marinero de La Barceloneta, Juventino Folgar provenía de una familia humilde formada por Juan Folgar, oriundo de Salamanca, y Luisa Ascaso, natural de Huesca. Esta confluencia de raíces aragonesas y castellanas en territorio catalán configuraría, de manera simbólica, la versatilidad cultural que caracterizaría posteriormente su carrera artística. Su formación inicial transcurrió con los Hermanos de las Escuelas Cristianas, institución educativa donde comenzó a desarrollar sus aptitudes musicales como integrante del coro infantil. Este primer contacto con la interpretación vocal, aunque elemental, sentaría las bases de su futura dedicación profesional y constituiría el germen de una sensibilidad musical que lo acompañaría durante toda su vida.

La adolescencia de Folgar coincidió con el traslado familiar al entonces municipio independiente de Sarriá (posteriormente anexionado a Barcelona), donde su participación en agrupaciones teatrales aficionadas permitió el descubrimiento paulatino de sus cualidades vocales. La intervención providencial de un familiar, impresionado por sus dotes naturales, facilitó una audición decisiva con el profesor Joaquín Vidal Nunell, docente del prestigioso Conservatorio del Teatro del Liceo. Este primer encuentro profesional resultó determinante, pues Vidal identificó en el joven Juventino una voz de características singulares: un instrumento de dimensiones reducidas pero dotado de excepcional musicalidad, timbre aterciopelado y emisión suave, atributos que lo situaban en la categoría de tenor lírico-ligero con potencial para abordar el repertorio belcantista.

El proceso formativo de Folgar continuó con clases particulares que culminaron en su debut operístico el 19 de febrero de 1922 en el teatro del Orfeón Graciense, interpretando el papel de Rodolfo en La bohème de Giacomo Puccini. Esta primera aparición, seguida por su interpretación del conde Almaviva en El barbero de Sevilla de Gioachino Rossini el 3 de junio en el Teatro Tívoli junto a Filomena Suriñach, evidenció ya las características fundamentales de su estilo interpretativo: elegancia en el fraseo, dicción impecable y facilidad para los pasajes de agilidad. El éxito de estas primeras actuaciones confirmó su potencial para desarrollar una carrera profesional en el ámbito de la ópera italiana, particularmente en el repertorio belcantista y verista temprano.

Siguiendo los consejos de su mentor, en 1922 Folgar emprendió viaje a Italia, epicentro mundial del arte lírico, para perfeccionar su técnica vocal. Su experiencia en Milán con un maestro apellidado Bellini resultó contraproducente, provocando problemas técnicos que comprometieron seriamente su instrumento vocal hasta el extremo de imposibilitar cualquier emisión controlada. Este episodio crítico encuentra paralelismos en las biografías de otros cantantes líricos que vieron peligrar sus carreras por métodos pedagógicos inadecuados. La intervención posterior del maestro Esteban Pascual, aplicando los principios del histórico método Porpora —desarrollado por el célebre pedagogo napolitano del siglo XVIII—, no solo permitió la recuperación de su voz sino que amplió su registro hasta alcanzar el fa sostenido sobreagudo, nota extraordinaria para un tenor que evidenciaba una técnica vocal depurada.

La verdadera carrera internacional de Tino Folgar comenzó en 1925 con su presentación en el teatro de Acqui Terme, seguida por actuaciones en diversos coliseos italianos donde abordó títulos como Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti, obra que exige del tenor no solo agudos brillantes sino también sensibilidad dramática. Entre 1927 y 1928 participó en un hito discográfico: la primera grabación completa de Rigoletto de Giuseppe Verdi para el sello La Voce del Padrone (posteriormente EMI), interpretando el papel del Duque de Mantua junto a figuras de la talla de Lina Pagliughi y Salvatore Baccaloni bajo la dirección de Carlo Sabajno. Esta grabación histórica, realizada con la orquesta y coros de La Scala de Milán, constituye un documento sonoro valiosísimo que permite apreciar las características vocales de Folgar en su plenitud: agilidad, extensión, timbre nacarado y refinamiento estilístico.

El Teatro Adriano de Roma fue escenario de su colaboración con la eminente mezzo-soprano española Conchita Supervía en La italiana en Argel de Rossini, título que inauguró una serie de actuaciones por diversas capitales europeas donde interpretó obras de su repertorio habitual. Durante este periodo, Folgar consolidó su especialización en la escuela belcantista, particularmente en roles rossinianos como el mencionado conde Almaviva, pero también abordando con solvencia personajes del repertorio romántico francés como el caballero Des Grieux en Manon de Jules Massenet, demostrando la versatilidad estilística que lo caracterizaba.

El regreso de Folgar a España marcó una inflexión significativa en su trayectoria artística. Tras sus actuaciones en San Sebastián y diversos conciertos en el Palacio de la Música Catalana de Barcelona, el 5 de diciembre de 1928 estrenó en el Teatro Victoria la zarzuela Martierra del compositor Jacinto Guerrero, iniciando así una fecunda relación con el género lírico español. Esta transición del repertorio operístico internacional al nacional, lejos de representar un retroceso artístico, evidenció su capacidad para adaptar su técnica y expresividad a las particularidades estilísticas de la zarzuela, género que exige del intérprete no solo cualidades vocales sino también dominio actoral y dicción castellana impecable.

El año 1929 resultó especialmente prolífico para Folgar en el ámbito zarzuelístico, participando en dos estrenos absolutos de obras que alcanzarían notable popularidad: Los claveles del maestro José Serrano, presentada el 29 de abril en el Teatro Fontalba de Madrid junto a Matilde Vázquez, y La ventera de Alcalá de Rafael Calleja y Pablo Luna, estrenada el 29 de noviembre en el Teatro de la Zarzuela con Pilar Aznar y Perlita Greco. Paralelamente, formó compañía propia dedicada al género de la opereta, interpretando títulos emblemáticos del repertorio vienés y centroeuropeo como La viuda alegre y El conde de Luxemburgo de Franz Lehár, así como Eva y La mujer divorciada de otros compositores, obras que requerían un equilibrio entre refinamiento vocal y gracejo escénico.

La proyección internacional de Folgar continuó en 1930 con su viaje a Argentina como parte de la compañía de Jacinto Guerrero, presentándose en el Teatro Onrubia de Buenos Aires y en Montevideo con un repertorio centrado en obras del propio Guerrero. Este mismo año participó en un acontecimiento pionero para la cinematografía española: el rodaje de La canción del día, considerada la primera película sonora producida íntegramente en español, aunque grabada en Londres. En este film, junto a Carlos del Pozo y Consuelo Valencia, interpretó números musicales compuestos por Jacinto Guerrero, contribuyendo así a la naciente industria del cine musical hispanohablante y anticipando la convergencia entre las artes escénicas tradicionales y los nuevos medios audiovisuales.

La versatilidad de Folgar se manifestó nuevamente en 1932 cuando inauguró la primera temporada operística del Teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria, alternando posteriormente estas actuaciones con una gira por Londres al frente de una compañía de zarzuela, contribuyendo así a la internacionalización del género lírico español. Durante la década de 1940, ya en la etapa de madurez de su carrera, continuó presentándose regularmente en diversos teatros barceloneses como el Tívoli y el Victoria, abordando títulos como La montería de Guerrero, La generala de Amadeo Vives y Gigantes y cabezudos de Manuel Fernández Caballero, demostrando la perdurabilidad de sus facultades vocales más allá de la habitual brevedad de las carreras tenoriles.

La etapa final de su trayectoria profesional, hasta su retiro de los escenarios en 1952, estuvo dedicada fundamentalmente al género lírico español, con incursiones ocasionales en la opereta y la comedia musical. Finalizada su carrera interpretativa, Folgar optó por establecerse definitivamente en Buenos Aires, ciudad que había conocido durante sus giras y que ofrecía un ambiente cultural efervescente. En la capital argentina abrió una academia de canto donde transmitió su experiencia y conocimientos técnicos a nuevas generaciones de cantantes, consolidando así su legado pedagógico. Simultáneamente, desarrolló actividad como intérprete en emisoras radiofónicas, medio que permitía aprovechar la intimidad y el refinamiento de su instrumento vocal sin las exigencias físicas del escenario.

El fallecimiento de Tino Folgar el 31 de diciembre de 1982 en Buenos Aires, donde sus restos reposan en el Cementerio de la Chacarita, clausuró una vida dedicada intensamente al arte lírico en sus múltiples manifestaciones. Su legado artístico, preservado parcialmente en grabaciones históricas, representa un testimonio valioso de la escuela de canto española de la primera mitad del siglo XX y de la versatilidad estilística que caracterizó a los intérpretes de su generación. La figura de Folgar, injustamente relegada en comparación con otros tenores contemporáneos de mayor proyección mediática, merece una revalorización crítica que reconozca su contribución al patrimonio musical hispánico y su papel como embajador internacional del arte lírico español durante un período crucial para la configuración de la identidad cultural moderna.


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