Entre las vastas llanuras del Viejo Oeste y la infinita Pampa rioplatense, emergen dos figuras míticas que cabalgan el imaginario de sus naciones: el cowboy y el gaucho. Forjados en el crisol de la expansión territorial, estos jinetes se convirtieron en íconos de la identidad nacional americana, símbolo de libertad y dominio, pero también de desplazamiento indígena y violencia fundacional. ¿Qué verdades ocultan estos mitos? ¿Qué historia se esconde tras sus espuelas y sombreros?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES


Imágenes Canva AI
Paralelismos del Destino: La Construcción Mítica del Cowboy y el Gaucho en las Américas
La conquista territorial de las grandes extensiones americanas engendró dos figuras icónicas que, separadas por la geografía pero unidas por un destino común, se transformaron en símbolos nacionales con trayectorias divergentes: el cowboy norteamericano y el gaucho sudamericano. Estos jinetes, surgidos en contextos de expansión fronteriza durante el siglo XIX, representan la compleja relación entre la construcción de identidades nacionales y los procesos de desplazamiento de los pueblos originarios. Mientras el cowboy fue elevado a la categoría de héroe nacional e incorporado exitosamente al imaginario estadounidense como símbolo de libertad y individualismo, el gaucho transitó un camino más ambiguo: primero marginado como elemento “bárbaro”, luego idealizado en la literatura gauchesca, y finalmente fosilizado como reliquia folklórica desprovista de su dimensión histórica y política.
La construcción mítica del cowboy está indisolublemente ligada a la doctrina del Destino Manifiesto, esa narrativa providencialista que justificó la expansión territorial estadounidense como designio divino. Este discurso, formalizado por el periodista John O’Sullivan en 1845, proporcionó el andamiaje ideológico para la apropiación de tierras indígenas bajo la premisa de una misión civilizatoria. El cowboy, como agente de esta expansión, encarnaba los valores anglosajones de autosuficiencia, masculinidad y dominio sobre la naturaleza. La industria cultural norteamericana, primero a través de las dime novels y posteriormente mediante el western cinematográfico, consolidó una imagen romántica del vaquero como portador de justicia en un territorio salvaje que requería ser domesticado, omitiendo convenientemente la violencia inherente a este proceso de colonización.
En contrapartida, el gaucho rioplatense emergió como producto del mestizaje cultural y biológico en las llanuras pampeanas y los territorios que hoy conforman Argentina, Uruguay y el sur de Brasil. A diferencia del cowboy, el gaucho desarrolló una relación simbiótica con su entorno, adaptando técnicas y conocimientos indígenas en su modo de vida nómada. Sin embargo, el proyecto de estado-nación impulsado por la élite liberal argentina lo posicionó como obstáculo para la modernización. Domingo Faustino Sarmiento, en su influyente obra “Facundo: Civilización y Barbarie” (1845), caracterizó al gaucho como representante de la barbarie que debía ser superada. La posterior Campaña del Desierto (1878-1885) liderada por Julio Argentino Roca no solo diezmó a las poblaciones indígenas, sino que también marginó definitivamente al gaucho como sujeto político, convirtiéndolo en peón rural subordinado a la estancia latifundista.
La literatura jugó un papel fundamental en la mitificación de ambas figuras, aunque con resultados disímiles. En Estados Unidos, autores como Owen Wister con “The Virginian” (1902) consolidaron el arquetipo del cowboy heroico, sentando las bases para su posterior explotación comercial en la cultura de masas. En Argentina, la gauchesca encontró su expresión culminante en el “Martín Fierro” (1872) de José Hernández, obra que denuncia la injusticia contra el gaucho mientras construye una épica de resistencia. Sin embargo, la apropiación posterior del gaucho como símbolo nacional por parte del mismo Estado que lo había perseguido, especialmente durante el centenario de la independencia argentina, significó su despolitización y reducción a estereotipo folklórico, proceso que Ezequiel Martínez Estrada denunciaría en su obra “Muerte y transfiguración de Martín Fierro” (1948).
Las políticas de desplazamiento indígena subyacentes a la emergencia de ambas figuras revelan paralelismos inquietantes. Si en Estados Unidos el sistema de reservas indígenas confinó a los pueblos originarios en territorios marginales bajo la Indian Appropriations Act de 1851, en Argentina la estrategia combinó el exterminio directo con la reclusión en reducciones y la dispersión de los sobrevivientes como mano de obra subordinada. Ambos procesos se justificaron mediante discursos de progreso y civilización que legitimaban la violencia estatal como necesaria para la consolidación nacional. La diferencia fundamental radica en que la narrativa estadounidense incorporó la conquista del oeste como epopeya constitutiva de su identidad, mientras que Argentina construyó su relato nacional sobre la negación y el silenciamiento de este genocidio, denominando significativamente esta campaña militar como conquista del “desierto”, término que invisibilizaba la presencia indígena.
La mercantilización cultural de estas figuras evidencia trayectorias divergentes pero complementarias. El cowboy, tras la clausura de la frontera histórica en 1890, fue rápidamente absorbido por la industria del entretenimiento, transformándose en protagonista de espectáculos como el Wild West Show de Buffalo Bill y, posteriormente, en icono del cine hollywoodense. Esta transición preservó su estatus heroico mientras lo desvinculaba de las contradicciones históricas que lo originaron. El gaucho, por su parte, sufrió un proceso de folklorización que lo confinó a manifestaciones culturales controladas como la celebración patriótica, el artesanado turístico y la gastronomía regional, despojándolo de su dimensión como sujeto histórico conflictivo y reduciéndolo a vestigio de un pasado idealizado pero superado.
La persistencia contemporánea de estas figuras en el imaginario colectivo americano no es casual. Ambas representan la tensión irresuelta entre la celebración de cierta forma de libertad primigenia y la nostalgia por un mundo pre-industrial, por un lado, y la legitimación de proyectos de dominación territorial y cultural, por otro. El cowboy y el gaucho personifican así la contradicción fundamental de las naciones americanas: la construcción de identidades nacionales sobre la base de la apropiación de tierras y la subordinación o eliminación de pueblos originarios, proceso que se pretende naturalizar mediante la mitificación de estas figuras intermedias, híbridas, que facilitan la digestión de una historia violenta al presentarla como inevitable avance de la civilización.
En última instancia, tanto el cowboy como el gaucho representan cicatrices históricas compartidas en el continente americano, heridas que revelan procesos paralelos de colonización interna y construcción identitaria basada en la exclusión. Su diferente fortuna en el imaginario cultural contemporáneo —el primero como héroe global, el segundo como reliquia local— también ilustra las asimetrías de poder en la producción y circulación de narrativas históricas y símbolos culturales a escala global. Recuperar la dimensión política de estas figuras implica desmontar los mitos nacionales que han servido para naturalizar procesos de despojo y violencia, reconociendo que, más allá del romanticismo que los envuelve, cowboy y gaucho fueron piezas fundamentales en el tablero de ajedrez de la expansión capitalista y la consolidación de los estados nacionales americanos sobre territorios previamente habitados.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
