Entre el estruendo de la hiperconexión y la dictadura del rendimiento, la humanidad ha perdido uno de sus dones más sagrados: la capacidad de escuchar. Vivimos rodeados de voces, pantallas y notificaciones, pero sin oyentes reales. ¿Es posible que el futuro dependa de una nueva figura: el oyente profesional? En la sociedad del cansancio, la escucha activa se ha vuelto un lujo, una rebelión silenciosa contra la indiferencia global. ¿Quién nos escucha de verdad? ¿Dónde quedaron el diálogo, la empatía y el silencio que entiende?
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Imágenes SeaArt AI
«En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente... Acudiremos al oyente porque, a parte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar... Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar». _
La expulsión de lo distinto_ de, Byung-Chul Han
La Profesión del Oyente: Un Análisis sobre la Pérdida de la Escucha en la Sociedad Contemporánea
En su obra La expulsión de lo distinto, el filósofo Byung-Chul Han plantea una reflexión profunda sobre la creciente incapacidad de la sociedad moderna para escuchar. Advierte que, en un futuro, la figura del oyente profesional podría emerger como una necesidad ante la ausencia de interlocutores genuinos. Esta idea no solo revela una crisis en las relaciones humanas, sino también un síntoma de la sociedad del cansancio, donde la hipercomunicación paradójicamente ahoga la verdadera conexión. La pérdida de la escucha no es un fenómeno aislado; está ligado a la saturación de estímulos, la cultura del rendimiento y la soledad digital.
La escucha activa es un acto de generosidad que requiere presencia, paciencia y empatía. Sin embargo, en la era de las redes sociales y la inmediatez, predomina el monólogo sobre el diálogo. Las personas buscan ser escuchadas, pero rara vez ofrecen la misma atención al otro. Según estudios de psicología social, el tiempo promedio que una persona espera antes de interrumpir a su interlocutor es de apenas tres segundos. Este dato ilustra cómo la falta de escucha se ha normalizado, erosionando la calidad de las interacciones humanas. La propuesta de Han sobre el oyente profesional no es descabellada; ya existen servicios de terapia conversacional y coaching emocional que cumplen roles similares.
La tecnología ha exacerbado este problema. Aunque las plataformas digitales prometen conexión, fomentan la comunicación superficial. Un informe de la OMS señala que el aislamiento social y la soledad no deseada han aumentado un 30% en la última década, a pesar de la hiperconectividad. Las personas están rodeadas de voces, pero carecen de oídos atentos. En este contexto, la figura del oyente adquiere un valor terapéutico y social. No se trata solo de oír, sino de validar, comprender y acompañar. La escucha empática es un antídoto contra la crisis de sentido que caracteriza a la posmodernidad.
Byung-Chul Han vincula esta problemática con el capitalismo emocional, donde hasta las relaciones humanas son mercantilizadas. En una sociedad que privilegia la productividad, la escucha profunda se vuelve un lujo. Las personas ya no tienen tiempo para detenerse y atender al otro; todo debe ser rápido, eficiente y medible. Esto explica por qué servicios como los chatbots terapéuticos o las apps de bienestar mental están en auge. Sin embargo, estas soluciones tecnológicas no pueden reemplazar la calidez de un oyente humano. La paradoja es evidente: mientras más herramientas tenemos para comunicarnos, más se debilita el arte de escuchar con atención.
La cultura del like y la búsqueda de validación instantánea refuerzan este fenómeno. Las interacciones en redes sociales están diseñadas para ser efímeras, reduciendo la comunicación a gestos vacíos. Según un estudio de la Universidad de Harvard, el 70% de las conversaciones en línea carecen de profundidad emocional. Esto refleja una sociedad que ha perdido la capacidad de escuchar sin juicios, de recibir al otro en su singularidad. La propuesta de Han invita a recuperar la alteridad, es decir, la apertura a lo distinto, a lo que no puede ser reducido a algoritmos o categorías prefijadas.
En el ámbito laboral, la falta de escucha también tiene consecuencias. Un informe de Gallup revela que empleados que se sienten escuchados son un 50% más productivos y comprometidos. Esto demuestra que la escucha activa no es solo un acto ético, sino también una competencia clave en entornos profesionales. Empresas como Google y Microsoft han incorporado programas de mindfulness y comunicación no violenta para fomentar esta habilidad. Sin embargo, en un mundo dominado por reuniones virtuales y correos electrónicos masivos, el verdadero diálogo sigue siendo esquivo.
La educación tampoco escapa a esta crítica. Los sistemas escolares priorizan la transmisión de contenidos sobre el desarrollo de habilidades socioemocionales. Según la UNESCO, solo el 20% de las escuelas a nivel global incluyen la escucha activa en sus currículos. Esto perpetúa una generación que sabe hablar, pero no escuchar. Filosóficamente, Han argumenta que la verdadera comunicación exige silencio, paciencia y vulnerabilidad. Sin estos elementos, el lenguaje se reduce a un intercambio instrumental, vaciado de significado.
¿Cómo recuperar el arte de escuchar en una sociedad fragmentada? La respuesta puede estar en prácticas ancestrales, como la meditación o los círculos de diálogo indígenas, donde la palabra es sagrada. También en iniciativas contemporáneas, como los clubs de conversación o las terapias grupales. Lo esencial es reconocer que la crisis de la escucha es, en el fondo, una crisis de humanidad. Byung-Chul Han nos alerta sobre un futuro donde el oyente profesional será necesario, pero también nos invita a evitar ese destino reconectando con lo más básico: la capacidad de prestar atención al otro.
En un mundo que glorifica la voz propia, quizá el acto más revolucionario sea aprender a callar para escuchar.
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