En el abismo del alma humana se libra una batalla silente entre la abundancia y la carencia, entre el fulgor del narcisismo y la sombra de la autoestima herida. Esta dialéctica del ser, tan antigua como el pensamiento, resurge hoy con fuerza en una era donde la identidad humana se diluye en espejos digitales. Explorar esta tensión no es solo un acto reflexivo: es un salto al vacío de lo que somos, una búsqueda feroz de autenticidad en medio del ruido de una modernidad líquida que todo lo fragmenta.
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La Dialéctica del Ser: Entre la Abundancia y la Carencia
La existencia humana se caracteriza por una perpetua tensión entre polaridades constitutivas que definen nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo circundante. Esta dualidad fundamental se manifiesta en la oscilación entre la percepción de plenitud y vacío, entre la sobreabundancia y la insuficiencia que configura nuestra autopercepción y, consecuentemente, nuestro modo de habitar el mundo. La reflexión sobre “cuando el todo es mucho o poco” nos invita a explorar las dimensiones ontológicas y existenciales de esta tensión, desentrañando sus manifestaciones psicológicas, sus raíces filosóficas y sus consecuencias sociales. El dilema identitario contemporáneo encuentra su expresión más aguda en esta paradoja donde la sobrevaloración y la devaluación del yo constituyen dos caras de una misma crisis de sentido.
La hipertrofia del ego representa uno de los polos de esta dialéctica existencial. El sujeto que se percibe como “más” de lo que objetivamente es padece una inflación psíquica que distorsiona su relación con la realidad. Esta sobrestimación narcisista ha sido ampliamente estudiada desde la psicología profunda, particularmente por C.G. Jung, quien advertía sobre los peligros de la identificación con el arquetipo del héroe sin haber integrado adecuadamente la sombra. La cultura contemporánea exacerba esta tendencia mediante la glorificación de la imagen, la espectacularización de la vida cotidiana y la mercantilización de la identidad. El filósofo Guy Debord denominó esta condición como “sociedad del espectáculo”, donde el parecer sustituye al ser y la representación prevalece sobre la autenticidad.
El individuo atrapado en esta dinámica de autoengrandecimiento construye una fortaleza erigida sobre cimientos frágiles. La aparente seguridad que proyecta encubre, paradójicamente, una profunda vulnerabilidad ante cualquier amenaza a su imagen idealizada. Los trabajos de Heinz Kohut sobre el narcisismo patológico evidencian cómo esta estructura compensatoria surge frecuentemente como respuesta a heridas narcisistas tempranas, configurando personalidades que requieren constante validación externa. La necesidad compulsiva de reconocimiento revela, en su reverso, un vacío interior que ningún aplauso logra colmar. Esta configuración subjetiva encuentra terreno fértil en una economía de la atención donde el valor personal se mide en términos de visibilidad mediática, seguidores en redes sociales y capacidad para generar impacto inmediato.
En el extremo opuesto encontramos la autodisminución crónica, condición en la cual el sujeto se percibe sistemáticamente como insuficiente, incapaz o indigno. Esta experiencia de minusvalía existencial no debe confundirse con la humildad auténtica, virtud que presupone una adecuada valoración de las propias capacidades y limitaciones. La autodevaluación constituye, más bien, una forma de falsa modestia que encubre, frecuentemente, un profundo resentimiento hacia aquellos percibidos como superiores. Las investigaciones de Alfred Adler sobre el complejo de inferioridad demostraron cómo esta posición subjetiva puede generar tanto conductas de sumisión como compensaciones agresivas, ambas igualmente problemáticas para el desarrollo de relaciones interpersonales saludables.
La génesis de esta autolimitación impuesta puede rastrearse tanto en experiencias biográficas específicas como en determinaciones socioculturales más amplias. Pedagogías autoritarias, dinámicas familiares opresivas o sistemas sociales que promueven la internalización de jerarquías excluyentes contribuyen a la formación de subjetividades disminuidas. Particularmente reveladores resultan los análisis de Pierre Bourdieu sobre la violencia simbólica, proceso mediante el cual los dominados incorporan esquemas de percepción y valoración que naturalizan su propia subordinación. La infraestimación de las propias capacidades aparece así como producto de una colonización mental que limita el horizonte de lo posible y cercena las potencialidades del ser.
La trascendencia de esta dialéctica entre exceso y carencia requiere la recuperación del ideal clásico de equilibrio dinámico. La noción aristotélica de mesotes o justo medio no alude a una tibia mediocridad, sino a la excelencia que surge de la armonización de fuerzas contrapuestas. Esta sabiduría práctica implica un continuo ejercicio de autoconocimiento, un riguroso examen de las propias capacidades y limitaciones que permita establecer una relación adecuada consigo mismo y con el mundo. Michel Foucault recuperó esta tradición en sus últimos trabajos sobre la estética de la existencia, donde las prácticas de sí configuran un arte de vivir orientado a la conquista de la libertad interior frente a los determinismos psíquicos y sociales.
El desafío contemporáneo consiste en forjar una identidad auténtica en un contexto caracterizado por la multiplicación de referentes y la aceleración constante. La modernidad líquida teorizada por Zygmunt Bauman ha erosionado las estructuras tradicionales que proporcionaban anclajes identitarios estables, generando tanto oportunidades de reinvención como riesgos de fragmentación. En esta coyuntura, la tensión entre ser “mucho” o “poco” puede comprenderse como síntoma de una dificultad más profunda para establecer coordenadas de autorreconocimiento en un mundo donde los espejos sociales reflejan imágenes contradictorias y cambiantes.
La superación de esta disyuntiva requiere cultivar una conciencia crítica capaz de cuestionar tanto la tendencia al autoengrandecimiento narcisista como la propensión a la autodisminución paralizante. Este proceso implica deconstruir los ideales sociales interiorizados que distorsionan nuestra autoevaluación y recuperar la capacidad de autodeterminación existencial. La filosofía existencialista, particularmente en la versión sartreana, ofrece recursos conceptuales valiosos al recordarnos que la esencia humana no está predeterminada sino que se construye mediante elecciones sucesivas en situaciones concretas. La libertad, concebida como responsabilidad ineludible, nos confronta con la tarea de definirnos más allá de cualquier medida externa o prejuicio internalizado.
Desde una perspectiva existencial, la autenticidad personal no consiste ni en maximizar ni en minimizar artificialmente el propio valor, sino en asumir radicalmente la singularidad irreductible del propio ser. Esta posibilidad requiere lo que Heidegger denominaba resolución anticipatoria, disposición existencial que asume la finitud como condición constitutiva y, precisamente por ello, descubre la posibilidad de una vida significativa fundada en elecciones conscientes. La aceptación de la propia contingencia, paradójicamente, libera al sujeto tanto de la necesidad de afirmarse grandilocuente como de la tendencia a disculparse por existir.
El cultivo de una identidad equilibrada constituye, en definitiva, un proyecto ético-político con profundas implicaciones sociales. Una comunidad compuesta por individuos atrapados en dinámicas de sobrevaloración competitiva o infravaloración resignada difícilmente podrá articular relaciones basadas en el reconocimiento mutuo y la cooperación solidaria. La salud psíquica individual y el bienestar colectivo se entrelazan inextricablemente en la aspiración a una sociedad donde cada ser humano pueda desarrollar sus potencialidades sin necesidad de exaltarse ni disminuirse, reconociendo que la verdadera grandeza consiste, paradójicamente, en la capacidad para habitar serenamente la propia medida.
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