Entre el fulgor de la Ilustración y los albores del siglo XX, la idea de progreso se alzó como la fuerza más poderosa del pensamiento occidental. Fue más que un ideal: se convirtió en una brújula intelectual que guio revoluciones, cimentó teorías y transformó la visión del cambio social. Este concepto reconfiguró la historia moderna, impulsando nociones como la justicia, la libertad y el desarrollo científico. ¿Qué originó esta fe inquebrantable? ¿Aún guía nuestros pasos hoy?


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«La idea de progreso alcanzó su cénit en el período que va de 1750 a 1900, tanto en la mentalidad popular como en los círculos intelectuales. De ser una de las ideas importantes de la civilización occidental pasó a convertirse en la idea dominante, incluso teniendo en cuenta la creciente importancia de ideas como las de igualdad, justicia social y soberanía popular, que también fueron focos directrices durante ese período. Pero el concepto de progreso es claramente central porque es el contexto en el que esas otras ideas viven y se desarrollan. Gracias a la idea de progreso, las ideas de libertad, igualdad y soberanía popular dejaron de ser anhelos para convertirse en objetivos que los hombres querían lograr aquí en la tierra. Es más, estos objetivos acabaron apareciendo como necesarios e históricamente inevitables. Turgot, Condorcet, Saint-Simon, Comte, Hegel, Marx y Spencer, entre otros muchos, mostraron que toda historia podía ser interpretada como un lento, gradual ascenso necesario e ininterrumpido del hombre hacia cierto fin. Es evidente que todo valor que puede ser hecho aparecer como históricamente necesario adquiere un relieve inmediato en el campo de la acción política y social. Los pasos relativamente escasos que puede dar una generación hacia ese objetivo parecen en este contexto mucho más importantes y trascendentes pues empiezan a interpretarse como pasos de la inexorable marcha de la humanidad. Probablemente no hay ningún hombre del siglo XIX tan consciente de este factor como Marx, pero estaba lejos de ser el único en tenerlo presente.»

Fragmento del libro “Historia de la idea de progreso” de Robert Nisbet, sociólogo norteamericano, en donde apunta la importancia que tuvo la idea de progreso entre los años 1750 y 1900, lo que generó un contexto conceptual bajo el que diversos autores desarrollaron sus ideas, entre los que destaca Marx.

El Apogeo de la Idea de Progreso: Un Motor de Transformación (1750-1900)


La idea de progreso, tal como Robert Nisbet subraya en su obra “Historia de la idea de progreso”, experimentó una hegemonía sin precedentes en el pensamiento occidental entre mediados del siglo XVIII y finales del XIX. Este periodo no solo la vio consolidarse, sino transformarse en el paradigma dominante, un faro que guio tanto la mentalidad popular como las más elevadas reflexiones intelectuales. Su preeminencia fue tal que actuó como el crisol conceptual donde otras nociones fundamentales, como la igualdad, la justicia social y la soberanía popular, cobraron un nuevo y vigoroso impulso, evolucionando de meras aspiraciones a metas tangibles.

El Siglo de las Luces, con su énfasis en la razón, la ciencia y la perfectibilidad humana, sentó las bases para esta explosión del optimismo progresista. Filósofos como Immanuel Kant ya planteaban la historia universal con un propósito cosmopolita, sugiriendo una marcha de la humanidad hacia una mayor racionalidad y paz. Este fermento intelectual, combinado con los avances científicos y tecnológicos que comenzaban a transformar visiblemente el mundo, alimentó la convicción de que la humanidad no solo podía mejorar, sino que estaba destinada a hacerlo de forma continua y ascendente.

La singularidad del concepto de progreso en esta era radica en su capacidad para recontextualizar otras ideas cardinales. La libertad, la igualdad y la soberanía popular, anhelos ancestrales, se vieron imbuidas de una nueva legitimidad al ser enmarcadas dentro de una narrativa de avance histórico inevitable. Ya no eran utopías distantes, sino estaciones previsibles en el viaje de la humanidad hacia un futuro mejor, cuya consecución en la tierra se volvía no solo deseable, sino una exigencia de la propia marcha de la historia, un elemento crucial para entender la sociedad del siglo XIX.

Esta perspectiva teleológica fue abrazada y desarrollada por una pléyade de pensadores influyentes. Anne Robert Jacques Turgot, con sus tempranas reflexiones sobre los sucesivos avances del espíritu humano, y el Marqués de Condorcet, con su “Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano”, trazaron un camino de perfeccionamiento casi ilimitado. Estas visiones, aunque variadas en sus matices, compartían una fe inquebrantable en la capacidad del ser humano para superar la ignorancia, la tiranía y la miseria a través del conocimiento y la razón, definiendo el pensamiento ilustrado sobre el progreso.

Más tarde, Henri de Saint-Simon y Auguste Comte sistematizaron estas nociones, proponiendo una reorganización de la sociedad basada en principios científicos y en la ley de los tres estadios de Comte, que veía la historia como una progresión hacia la etapa positiva o científica. Para ellos, el progreso social no era accidental, sino el resultado de leyes históricas subyacentes que podían ser descubiertas y aplicadas para guiar el desarrollo futuro. El positivismo se erigió así como una filosofía intrínsecamente ligada al avance de la civilización.

En el ámbito filosófico, Georg Wilhelm Friedrich Hegel ofreció una compleja metafísica del progreso histórico. Aunque su dialéctica del Espíritu Absoluto difiere de las visiones más lineales, su concepción de la historia como un proceso racional y necesario hacia la realización de la libertad influyó profundamente en la percepción de un desarrollo con propósito. Cada época, con sus contradicciones, era un paso necesario en el desenvolvimiento del Espíritu, reforzando la idea de una direccionalidad histórica fundamental.

Es en este contexto donde la figura de Karl Marx adquiere una relevancia capital, tal como advierte Nisbet. La teoría marxista está profundamente imbuida de la idea de progreso, aunque con una interpretación materialista y conflictiva. Para Marx, la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases, y esta lucha es el motor que impulsa a la sociedad a través de diferentes modos de producción, cada uno representando un avance sobre el anterior, en una clara manifestación del progreso como motor histórico.

El materialismo histórico de Marx y Engels postulaba que las condiciones materiales y las relaciones de producción determinan la superestructura social, política e intelectual. El progreso, por tanto, no era un mero desarrollo de ideas, sino el resultado de transformaciones en la base económica de la sociedad. La sucesión del comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo no era aleatoria, sino una serie de etapas necesarias que conducían, inevitablemente, al socialismo y al comunismo, la meta final del progreso humano según Marx.

La fuerza de la argumentación de Marx residía, en gran medida, en presentar esta transición no como un ideal deseable, sino como una necesidad histórica, científicamente demostrable. El capitalismo, a pesar de su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas a un nivel sin precedentes –un progreso en sí mismo–, contenía contradicciones internas que, inevitablemente, llevarían a su superación. Esta visión del progreso a través del conflicto era revolucionaria y ofrecía un poderoso marco para la acción política.

Herbert Spencer, desde una perspectiva diferente, también contribuyó a la hegemonía de la idea de progreso aplicando los principios de la evolución biológica a la sociedad. Su darwinismo social y su concepto de la evolución desde una homogeneidad incoherente hacia una heterogeneidad coherente, aunque hoy ampliamente criticados, en su momento ofrecieron otra validación “científica” a la noción de un desarrollo social progresivo y ascendente, influyendo en el liberalismo clásico y el progreso.

La consecuencia más trascendental de esta omnipresente creencia en un progreso necesario e ininterrumpido fue su impacto en la acción política y social. Si la historia tenía un fin predeterminado y benévolo, entonces cualquier esfuerzo, por modesto que pareciera, adquiría una significación mayor. Las luchas por la reforma social, las revoluciones y los movimientos de liberación nacional se interpretaban no como saltos en el vacío, sino como contribuciones conscientes a la marcha inexorable de la humanidad, acelerando el cambio social planificado.

Esta perspectiva imbuía a los actores históricos de un sentido de propósito y urgencia. Las generaciones que vivieron entre 1750 y 1900, especialmente aquellas involucradas en movimientos transformadores, se sintieron partícipes de un drama cósmico, donde sus acciones individuales o colectivas eran eslabones en la cadena del avance humano hacia la perfección. Marx, como señala Nisbet, fue particularmente agudo al reconocer y utilizar este factor, movilizando a sus seguidores con la convicción de estar del lado correcto de la historia.

La idea de progreso se convirtió, por tanto, en una poderosa ideología que legitimaba el cambio, a menudo radical, y desacreditaba la resistencia al mismo como una oposición fútil a las leyes de la historia. El optimismo inherente a esta visión del mundo impulsó grandes hazañas en la ciencia, la tecnología, el arte y la organización social, pero también justificó, en ocasiones, los costos humanos de dicho avance implacable, un aspecto que sería objeto de crítica en el siglo XX.

Aunque el siglo XX trajo consigo guerras mundiales, genocidios y la amenaza nuclear, que erosionaron severamente la fe ingenua en un progreso lineal y garantizado, la impronta dejada por el periodo 1750-1900 sigue siendo palpable. La búsqueda de la mejora social, la innovación tecnológica y la expansión de los derechos, aunque ahora despojada de su anterior certeza teleológica, continúa siendo un motor fundamental en muchas sociedades, un eco de esa era dorada en la que el progreso no era solo una idea, sino el destino manifiesto de la humanidad. El legado de la influencia de la idea de progreso en la modernidad es innegable.


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