Entre la comodidad de las sillas y el avance implacable de la tecnología, el sedentarismo se ha convertido en una amenaza silenciosa para la salud cerebral. Aunque pareciera inofensivo, pasar largas horas inmóvil está relacionado con la atrofia cerebral, el aumento del riesgo de Alzheimer y el acelerado deterioro cognitivo. ¿Estamos conscientes del costo real que tiene para nuestra memoria y funciones mentales? ¿Qué cambios podemos hacer hoy para proteger nuestro cerebro mañana?


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¿Están las sillas atrofiando tu cerebro? Así es como el sedentarismo debilita la mente


La evolución humana nos moldeó para el movimiento constante. Nuestros ancestros cazadores-recolectores caminaban entre 12 y 14 kilómetros diarios en busca de alimento. Esta actividad sostenida impulsó el desarrollo de un cerebro más complejo. No obstante, la modernidad ha impuesto un estilo de vida diametralmente opuesto: pasamos horas frente a pantallas, en oficinas, vehículos o sofás, inmóviles. Este cambio radical no es inocuo. De hecho, la falta de movimiento afecta gravemente la salud cerebral.

Estudios recientes revelan una verdad inquietante: el sedentarismo está asociado con una progresiva atrofia cerebral, incluso en individuos que practican ejercicio regularmente. Investigadores de las universidades de Vanderbilt y Pittsburgh, a través de un estudio publicado en Alzheimer’s & Dementia, siguieron durante siete años a 404 adultos mayores de 50 años. Los resultados son alarmantes: quienes permanecían sentados por largos periodos presentaban un volumen cerebral significativamente reducido, en especial en áreas relacionadas con la memoria.

Lo más revelador es que el daño neurológico no se vio mitigado por rutinas diarias de actividad física. La creencia de que una hora de ejercicio puede contrarrestar los efectos de horas de inactividad se desmorona. La doctora Marissa Gogniat, autora principal del estudio, lo resume con claridad: “Prevenir el Alzheimer no depende solo de hacer deporte una vez al día. Es imprescindible reducir el tiempo que pasamos inmóviles, incluso si entrenamos con regularidad. La actividad cerebral necesita constancia en el movimiento”.

En personas con predisposición genética a enfermedades neurodegenerativas, como portadores del alelo APOE-e4, el impacto es aún más grave. La investigación identificó que este grupo experimentaba una acelerada pérdida de funciones cognitivas y un deterioro más severo en regiones cerebrales clave. Estas observaciones subrayan el papel del sedentarismo como un factor de riesgo modificable. Evitar la inactividad podría marcar la diferencia entre conservar o perder capacidades mentales esenciales en edades avanzadas.

Los cambios estructurales en el cerebro causados por la inactividad afectan zonas críticas, especialmente el hipocampo, núcleo central en la formación de la memoria. Según la doctora Angela Jefferson, directora del Vanderbilt Memory and Alzheimer’s Center, “necesitamos replantearnos cómo nuestras rutinas cotidianas modelan el envejecimiento cerebral”. La degeneración neuronal inducida por la inmovilidad afecta no solo la memoria, sino también la fluidez verbal, la velocidad de procesamiento y la atención sostenida.

La Organización Mundial de la Salud ubica el sedentarismo como el cuarto factor de riesgo de muerte a nivel mundial, superado únicamente por la hipertensión, el tabaquismo y la hiperglucemia. Además, lo señala como uno de los principales desencadenantes de enfermedades cerebrovasculares y neurodegenerativas. El Dr. José Luis Trejo, del Instituto Cajal (CSIC), advierte: “La falta de movimiento es el enemigo número uno del cerebro”. La razón es sencilla: un sistema nervioso saludable depende de una buena circulación sanguínea.

La evidencia científica es alentadora: nunca es tarde para revertir los efectos de la inactividad. Romper el ciclo sedentario con pausas activas breves a lo largo del día puede constituir una defensa poderosa contra el deterioro cognitivo. Una investigación publicada en el British Journal of Sports Medicine con más de 3.400 adultos sanos reveló que cuatro años de movimiento constante —aunque no necesariamente extenuante— multiplicaban por siete las probabilidades de lograr un envejecimiento saludable. El beneficio fue más notorio en mayores de 50 años.

Los mecanismos que vinculan el sedentarismo con el declive mental son múltiples. Investigadores de Harvard identificaron que el ejercicio de resistencia incrementa la producción de irisina, una proteína capaz de atravesar la barrera hematoencefálica. Este compuesto estimula la expresión del factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), un activador de genes vinculados a la plasticidad sináptica. De este modo, moverse no solo oxigena el organismo: también impulsa procesos neuroprotectores esenciales.

No obstante, no todo el ejercicio es igual de beneficioso. Como advierte el Dr. Trejo, una carga excesiva de actividad puede resultar contraproducente: el sobreentrenamiento anula los beneficios neurológicos. La recomendación de la OMS es clara: realizar al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, lo que equivale a media hora al día, cinco días por semana. Pero más allá de las rutinas, el secreto parece estar en incorporar el movimiento como hábito cotidiano, no solo como evento aislado.

En este contexto, las sillas se han convertido en símbolos de estancamiento. La comodidad aparente que ofrecen encubre una amenaza silenciosa. La atrofia cerebral inducida por la inactividad puede prevenirse con gestos simples pero constantes: levantarse cada media hora, caminar al atender una llamada, optar por escaleras en vez de ascensores, usar escritorios que alternen posiciones o realizar estiramientos durante la jornada laboral. Estas acciones, aunque pequeñas, tienen un impacto acumulativo en la conservación de las capacidades cognitivas.

La ciencia no deja dudas: el cerebro humano fue diseñado para un cuerpo en movimiento. Nuestra inteligencia no solo emergió con el lenguaje o el fuego, sino también con el acto de caminar, explorar, desplazarnos. Volver a integrar la movilidad en nuestras vidas es más que una cuestión física: es una necesidad neurológica, una estrategia vital para preservar la lucidez, la memoria y la autonomía mental. Moverse, entonces, no es solo vivir: es pensar mejor y más tiempo.


Índice temático del artículo

Sedentarismo — Salud cerebral — Pérdida de memoria — Atrofia del hipocampo — Ejercicio físico — Alzheimer — Neuroprotección — Circulación cerebral — Irisina — Deterioro cognitivo

Referencias

  1. Universidad de Vanderbilt y Universidad de Pittsburgh. (2025). Estudio sobre sedentarismo y pérdida de masa cerebral. Alzheimer’s & Dementia. https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2025-05-19/estudio-perdida-masa-cerebral-sentado-1qrt_4132071/
  2. Gogniat, M. & Jefferson, A. (2025). El sedentarismo se asocia al declive cerebral. Alzheimer’s & Dementia. https://blog.cognifit.com/es/estudio-el-sedentarismo-se-asocia-al-declive-cerebral-incluso-si-haces-ejercicio/
  3. Universidad de Pittsburgh. (2025). Estudio sobre sedentarismo y Alzheimer. Alzheimer’s & Dementia. https://urgente24.com/omni/estudio-sedentarismo-y-alzheimer-descubre-lo-que-nadie-se-esperaba-n601922
  4. Sociedad Española de Neurología. (2024). Salud cerebral: la actividad física es clave. Semana del Cerebro 2024. https://www.agenciasinc.es/Reportajes/Salud-cerebral-la-actividad-fisica-es-clave
  5. Canal Sur Media. (2025). Relacionan el sedentarismo con la pérdida de masa cerebral. https://www.canalsur.es/radio/programas/el-observatorio/noticia/2166460.html
  6. Organización Mundial de la Salud. (2023). Recomendaciones mundiales sobre actividad física para la salud. https://www.who.int/publications/i/item/9789240015128

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